miércoles, 26 de junio de 2013

Excomunión




“Aquesto dixo el ebrio una vegada
Aquesto dixo con su voz cansada
Aquesto dixo por la madrugada.
Yo dello non sé nada”

León de Greiff


Ya no quiero salvar a este mundo desdeñoso,
de modo que libero a los incautos que gané para mi causa improbable.
No les conviene tener trato con un hereje
pero aun así les digo: desconfiad, como el maestro Estanislao Zuleta,
“de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino milenario”.
Fui abogado de negocios sin futuro
con el mismo candor de San Nicolás de Tolentino,
patrono de las almas en pena;
mas hoy mi inspiración se desparrama
como el mercurio de un termómetro roto.
Muté en un endriago inestable,
volátil y aleatorio como un dado,
con vocación de eremita en tránsito al purgatorio.
Hoy me entrego, sin más, a la blandura perniciosa del anatema
para escándalo de la grey y complacencia del maligno.
Al fin y al cabo
“lo que es esencialmente malo jamás dejará de serlo”,
Pontifican los curas.
Me excomulgarán entonces bajo pecado mortal
como a un fétido y contaminado personaje de carnaval,
me patearán con sus botas de montar unos heraldos vestidos con sotana
y peluqueados al rape, porque así lo manda María santísima;
me caerá encima un meteoro
o me pillará la peste como a ciertos pecadores de ultramar,
quizá me aplaste la torre de una iglesia en la mitad del terremoto
como generalmente les sucede a los impíos
o moriré de aburrimiento por exceso de kilometraje y falta de esperanza.
Pasará en cualquier momento
pero en fin, cuando llegue la hora señalada, ojalá me encuentre sin comulgar,
no vaya a ser que por un vislumbre de arrepentimiento postrero
tenga yo la mala pata de terminar en el paraíso
junto a los vicarios que me premiaron con la excomunión.

Créditos ilustración: www.flickr.com De Erickroer

lunes, 17 de junio de 2013

Cursilario II

(Niño cincuentón de más de 100 kilos de peso imaginando conducir "La 125". Foto de un buen samaritano)


Es verdad sabida (lamentablemente no recuerdo el autor de esta afirmación), que cuando se es adolescente no se tiene esa visión de conjunto que pueden tener, pongamos por caso, un filósofo o un científico. Simplemente se actúa conforme a los impulsos hormonales y, en el mejor de los casos, de acuerdo a los mandatos del corazón, pero siempre sin medir las consecuencias. Acaso sea ese el manantial de la fuerza vital de la juventud.

Lo cierto es que a los diez y seis años fui capaz de escribir sin ruborizarme lo que sigue:

En el Café Colonial (enero de 1978*)

Estabas sentada frente a mí en el Café Colonial
Y me gustó mirarte;
Eras como un sueño escondido
Detrás del humo bohemio
De los cigarros;
Bailaban tus palabras en mi mente
Y me gustó escucharte.
De golpe fuimos cómplices del silencio indiferente
De las sillas vacías y los ceniceros;
El tiempo palideció y se enfrió el café;
Una sonrisa bastó, una mirada
Y sentí la dulce puñalada de tus ojos
Clavarse en mi pecho a mansalva,
Sin darle tregua al corazón.
Y me gustó escribir este poema insulso
Sentado frente a ti
En el Café Colonial.


Y sin embargo hoy, después de treinta y cinco años, todavía lo encuentro simpático.

(* existía a la sazón el Café Colonial, para deleite de los intelectuales jóvenes, en la esquina nororiental de la Calle 56 con carrera 13) 

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...