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martes, 26 de julio de 2016

Para visitar a mi hija se requieren dos visas.



(En el tren de seis. Foto de Angela Gómez)

El amable lector que se acerca a este blog, más por solidaridad generacional que por gusto, es decir, para contribuir a que mi autoestima no se baje más ante la falta de “likes” en el Facebook (hay estudios que demuestran una clara relación de causalidad entre la depresión y la falta de likes), habrá notado que la mayor parte de las publicaciones que hago se refieren a viajes, generalmente hechos a pie, habida consideración de la escasez de recursos para realizarlos por otros medios de locomoción. Pero a veces realizo algunos periplos trasatlánticos para visitar a mi hija que es la luz de mis ojos, lo cual requiere algo más que buena voluntad, disposición física y unos buenos zapatos para caminar. Me refiero a las visas.

Sería interesante saber cuáles son los verdaderos criterios de las autoridades de inmigración de un país para otorgar o negar el permiso de entrada a su territorio. Evidentemente nadie es tan estúpido como para aceptar, por escrito, en un formulario oficial, que tiene intenciones de traficar substancias prohibidas o atentar contra la seguridad del país que concede la visa. De modo que los criterios deben ser otros, y siempre serán un misterio para el viajero en ciernes. Lo cierto es que por fortuna he gozado desde hace años de esa cortesía oficial que me ha permitido viajar sin contratiempos.

El curioso lector habrá notado asimismo que hice alusión a visas, en plural. La razón es muy sencilla: superado el primer escollo para encontrarme con mi hija en otro país, esto es, la visa oficial como dije, resulta que ahora es menester aplicar a otra visa, la que me concede mi retoño para poderla visitar. 

Ella, muy ejecutiva, me formula el siguiente cuestionario policial:

Yo: Mi amor, voy a viajar, posiblemente en octubre.

Ella: ¿Y para qué vienes?

Yo: pues para visitarte, mi amor. Me haces mucha falta.

Ella: ¿Y cuántos días vas a quedarte? Porque en octubre no tengo vacaciones y no podré atenderte.

Yo: no importa, mi amor, antes bien lo que yo quiero es atenderte, cocinar para ti que te alimentas tan mal.

Ella: Pero no vendrás a hacerme esa “sopita de pollo”

Mi hija llama despectivamente “sopita de pollo” a mi mejor esfuerzo por hacerle un puchero bogotano con los ingredientes sucedáneos que se consiguen allende el mar. Vale decir: un pollo con hormonas esotéricas que no tiene genéticamente nada en común con la gallinita que come piedras en la finca, unas papas superdotadas y desabridas de Idaho y unas malangas del caribe que suelen ser lo más parecido a una yuca. Del plátano, ni hablar.

Yo: No. Voy a hacerte otras cosas, pasta, un arrocito, qué sé yo.

Ella: sabes que no me gusta la pasta. Mejor yo dispongo el menú para que me cocines.

Yo: Bueno, mi amor.

Ella: Y no irás a traer esa pantaloneta de baño amarilla, horrorosa, toda desjaretada(1) que tiene como mil años, ¿no?

Yo: Pero mi amor, si tiene apenas unas cuatro posturas…

Ella: No importa, si vienes con eso, no te dejo entrar. (servicio de aduanas) Ah, y trae unos zapatos buenos para caminar, porque las chandas(2) que dejaste la vez pasada, las boté.

Yo: Pero si eran mis preferidos, los más cómodos para caminar…


En fin, la visa, ya se sabe, es un requisito indispensable para que lo reciban a uno los de mejor familia, de manera que humildemente me adhiero a las condiciones impuestas por mi retoño para visitarla, y aspiro a no encontrar en el congelador, cuando llegue a su apartamento (aunque mucho me temo que así será), un recipiente con la “sopita de pollo” que le preparé con cariño en octubre de 2014. 



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(1) desjaretado, en tanto adjetivo, es un hermoso bogotanismo que significa (para el caso de marras) que las costuras y acaso el elástico de la cintura de la pantaloneta han cedido, no ofrecen resistencia, con inminente peligro de escurrirse para vergüenza propia y ajena.

(2) chanda es una cosa vieja y deshecha que sólo merece ser botada, según el criterio de mi retoño.


jueves, 14 de julio de 2016

Misa de seis p.m. en La Candelaria (de pequeñas narraciones intrascendentes)

(Iglesia de La Candelaria, Bogotá. Foto de www.bogotatravelguide.com)

El Peatón cuenta que…

Aunque no soy un hombre religioso, me atrae el ambiente conventual de las iglesias, tan propicio para la reflexión en medio de la demencia colectiva de la ciudad. Consecuente con lo anterior, ayer entré a la Iglesia de la Candelaria (serían las cinco y cincuenta de la tarde) atraído por los cantos gregorianos que provenían de su interior. Era la música de fondo que ponen los padres Agustinos Recoletos Descalzos para que los feligreses y los turistas, cómo no, puedan apreciar mejor y en un contexto, digamos religioso, las obras de arte colonial que adornan el templo.

Me senté en una de las primeras bancas para admirar el espíritu barroco plasmado en las tallas de madera y en los frescos del techo, recién restaurados, cuando el vigilante, un muchacho peluqueado al estilo militar y con uniforme de gala, me interrumpió amablemente para pedirme el favor de hacer la primera lectura en la misa de seis, a punto de empezar. Me explicó, sin yo pedirlo, que requería mi apoyo ante la tardanza del lector habitual. Es digno de atención el hecho de que el buen hombre viera en mí un espíritu piadoso capaz de transmitir la palabra a los seis feligreses que a la sazón habían acudido a la misa, de modo que acepté de buen grado el encargo, más todavía cuando en el fondo siempre he tenido la secreta ilusión de hablar en público, ser locutor de radio o animador de programas de concurso.

A nadie extrañará, después de lo anterior, que me hubiera posesionado del encargo con la solemnidad requerida para la ocasión. El muchacho de marras me acompañó al atril y me indicó la primera lectura, que para ese día era del libro del Profeta Isaías (7, 1-9). Estaba memorizando en silencio los nombres (Acaz, hijo de Yotán, hijo de Ozías. Rasín, rey de Damasco, y Pecaj, hijo de Romelía, etc) para no tartamudear al momento de mi debut en voz alta, y ya me imaginaba al público (seis almas como quedó dicho) extasiado con el tono de mi voz grave y trascendente, cuando vi que entraba a grandes pasos, casi corriendo, un hombre mayor con aspecto abogadil, de traje y corbata que, sin lugar a dudas, se dirigía hacia mí. Cuando llegó hasta el atril, el sujeto me apartó sin mediar palabra, y sólo atinó a decir:

-venga acá ese libro, yo soy el lector de la palabra.

En otras circunstancias me hubiera retirado sin ofrecer resistencia, pero me ofendió tanto su grosería pestilente que decidí dar la pelea, como suele decirse. Además, la lectura del Profeta Isaías había inspirado mi espíritu batallador, como cuando llegó al heredero de David la noticia de que los sirios acampaban en Efraín, prestos a atacar a Jerusalén. Así que decidí creer en los designios del Señor: “Si no creéis no subsistiréis”. Y yo creí.

-ya tengo preparada la lectura, y procederé en consecuencia- le dije – usted puede leer el salmo responsorial, si quiere – concreté.

Y de inmediato recuperé el libro ante la mirada incrédula del lector oficial, que tampoco era una pera en dulce, acaso de la estirpe ultraconservadora de San Ezequiel Moreno Díaz, el Agustino Recoleto defensor de Cristo Rey, que en la Guerra de los mil días predicó de manera virulenta en contra de los liberales impíos. Lo grave del asunto es que siendo yo del linaje liberal de Rafael Uribe Uribe, prócer, paladín y mártir, el asunto del libro adquirió un tinte de guerra santa.

A esta altura del incidente (serían las seis en punto), el sacerdote no había salido aún a dar la misa, pero el pobre vigilante que me había pedido el favor de hacer la lectura se veía abochornado por la contienda bíblica, si cabe la analogía. El muchacho se me acercó y me rogó retirarme del atril para evitar que lo regañaran, o lo que es mucho peor, que lo sancionaran por el suceso.

ese señor es malgeniado y me puede acusar con el padre – reiteró angustiado.

Las razones del más débil, ya se sabe, deben ser tenidas en cuenta, de manera que en aras de proteger el empleo del muchacho decidí claudicar, renunciando así a mi futuro como lector sagrado.

Quién no puede decir que hubiera sido para mí el principio de una vida piadosa.



martes, 5 de julio de 2016

La experiencia que hace verdaderos sabios

(Humedal de la Conejera, Bogotá, D.C., Foto de H. Darío Gómez A)


Comparto con ustedes dos poemas que considero paralelos, aunque escritos en hemisferios diferentes.

Sus autores son dos poetas contemporáneos entre sí, que tienen en común la facultad de hallar en los seres aparentemente insignificantes y en las cosas pequeñas, la grandeza del universo: Atahualpa Yupanqui y Harry Martinson, argentino y sueco respectivamente.

Ambos poemas son, a mi juicio, el epítome de la sabiduría que regalan los años sólo a los hombres inteligentes. Juzguen ustedes el paralelo.

Los ejes de mi carreta, (A. Yupanqui)

"Porque no engraso los ejes
Me llaman abandona'o ...
Si a mi me gusta que suenen,
¿Pa qué los quiero engrasaos ?

E demasiado aburrido
seguir y seguir la huella,
demasiado largo el camino
sin nada que me entretenga.

No necesito silencio.
Yo no tengo en qué pensar.
Tenía, pero hace tiempo,
ahura ya no pienso mas.

Los ejes de mi carreta
nunca los voy a engrasar... "


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Así de sencillo, (H. Martinson)

"La gente estaba indignada con el viejo del molino por el musgo que cubría la rueda del molino.
Lo llamaban ruinoso verdor.
El viejo del molino los dejaba estar.
Pensaba: de todos modos pronto descansaré en mi tumba.
Y cada generación tiene su propio musgo
que sin embargo, al final, juzga inútil defender, como yo
" (...)

Si no, podría haberles dicho que es bueno que el musgo cubra una rueda de molino de madera,
eso impide que la sequedad la agriete y la raje.

Así de sencillas suelen ser las cosas, todas aquellas cosas que uno en silencio sabe, pero sobre las que considera inútil hablar."