martes, 15 de abril de 2014

Pequeñas narraciones intrascendentes

(Flores silvestres en la finca Versalles, Saboyá, Boyacá. Foto de H. Darío Gómez A.)




Florecita del campo

El peatón cuenta que……

Flor Burgos, cédula 5.678.876 de Macaravita, Santander, por buen mote “Florecita del campo” (como la llamábamos en la oficina), tenía dos cargos en el despacho: uno, el oficial, como operaria de cafetería y aseo. El otro, subrepticio, hacernos  mandados a los funcionarios. A cambio de una congrua propina, Florecita compraba esmaltes a las muchachas, cobraba cheques endosados, recibía encomiendas con nuestra autorización escrita y nos traía empanadas con ají. Quizá por su origen bucólico se amañaba más a la intemperie, bajo el rigor de los elementos, que al interior de un desapacible despacho gubernativo. Era feliz en la calle, al aire libre y contaminado de la ciudad (pero libre al fin de cuentas).

Un día la jefe de personal le informó que a partir de la fecha le quedaba terminantemente prohibido hacernos mandados a los funcionarios, y que sus salidas a la calle estarían limitadas a las compras necesarias para sus labores de cafetería y aseo. Siendo así las cosas, confinaron su espíritu libérrimo en los cuatro metros cuadrados de la cocina oscura y fría, sin el consuelo de una ventana que mitigara su nostalgia por la calle, acaso el espacio más parecido a su campo inmensurable en la provincia de Santander.

De modo que nuestra Florecita se fue marchitando. Su alegría silvestre se desvaneció. Y después de dos meses renunció al cargo.

Supimos que retornó  a su tierra natal. Hizo bien en escapar a tiempo de la tenebrosa burocracia oficial que todo lo marchita. Especialmente las flores silvestres.

Nosotros, sin embargo, recordamos con cariño, pero sobre todo con burocrática exactitud, el expediente de Burgos Flor, cédula 5.678.876 de Macaravita, Santander, por buen mote, “Florecita del campo”.

lunes, 14 de abril de 2014

Lola, la almojabanera


(Mujer, Escultura de Fernando Botero, Museo de Antioquia, Foto de H. Darío Gómez A.)


¿Quién es esa mujer que repite cada día  el milagro de la multiplicación de los panes en una ínfima fracción del planeta?

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más alegre de toda la galería.

Con sus manos regordetas y tostadas, como almojábanas recién horneadas, acomoda en la precaria vitrina su mercancía.  Mientras me sirve un vaso de avena helada se le escapa un rizo cimarrón de la cofia. Ella se apresura a retirar de su frente el pelo montaraz con los nudillos de la otra mano y me obsequia, de ñapa,  una sonrisa.

La mujer, guapa, robusta y entrada en sazón, habla duro y madrea con ganas a los patanes de la plaza de mercado que la llaman solterona. Se pelea a gritos con la marchanta del líchigo por unos centímetros cuadrados de espacio, y asimismo con la muchacha de las flores por unos cuantos piropos manidos. Todo en ella es excesivo, hasta la belleza. 

Lola ha de tener en su cuartito de pensión (es una hipótesis) un reloj de cucú marca Jawaco, heredado de su padre, un caballito de peluche y un canario.  Congruo patrimonio que  merece todo su cariño. Y acaso un fauno perdonavidas que la espera de vez en cuando para aplacar su ímpetu de amazona.

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más libre de toda la galería.

martes, 8 de abril de 2014

Twitter pasado por agua


(Morichales. Obra de Aristides Lira González, www.artelista.com)

Nunca imaginaron los antiguos achaguas del Casanare, que con el tiempo y por cuenta del invasor, su "catena manoa" se convertiría en un diluvio al revés.