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martes, 28 de julio de 2015

La Encíclica de Francisco para protección de peatones


 

«Todo está relacionado, y todos los seres humanos estamos juntos como hermanos y hermanas… y nos unimos también, con tierno cariño, al hermano sol, a la hermana luna, al hermano río y a la Madre Tierra» (n.92). 
Encíclica Laudato Si

 

Manifiesta el teólogo descalzo, Leonardo Boff, que la encíclica del Papa Francisco, Laudato Si o el cuidado de la casa común, coincide en gran parte con la declaración de principios de “La carta de la Tierra, nuestro hogar”, elaborada con mucho acierto por los ambientalistas del mundo. Subyacen en los documentos en cuestión los valores de empatía, solidaridad y tolerancia que deben gobernar nuestras relaciones entre humanos, especies y generaciones, dentro del nuevo paradigma relacional y  holístico a que alude el maestro Boff, el único, según él, capaz de darnos todavía esperanza.


La empatía, sin embargo, es planta escasa en ámbitos opulentos. Por su parte, la solidaridad es una matica exótica que sólo se cría en terrenos áridos, rodeados de carencias (“el pobre no repara”, etc). Lo grave es que la ausencia de tales valores deriva, cómo no, en la intolerancia. O dicho a la manera de las abuelas, para continuar con el refranero popular: “no sabemos (o no queremos saber) la sed con la que otros beben”, de modo que tampoco  nos interesa ser solidarios con el prójimo (considerado en el sentido holístico como cualquier ser vivo de esta o de futuras generaciones),  que muchas veces vemos como un objeto de uso y eventualmente como una amenaza.


No es sino salir a la calle para encontrarse de frente con la intolerancia, consecuencia lógica de la falta de empatía y solidaridad. Para ilustrar lo dicho traigo a colación esto: circulaba esta mañana a pie por la calzada de una calle cerrada en un barrio residencial, prácticamente sin tráfico vehicular, y a mi lado caminaba una venerable anciana junto al dependiente del supermercado que empujaba el carrito con la compra de la buena señora. Debido a las aceras plagadas de desniveles y trampas mortales para el peatón, resulta imposible circular por el andén sin riesgo de caída, más aún con un carrito de supermercado. Así que era preciso circular por la calzada. De repente nos asustó el pitazo estrepitoso e insistente de una camioneta muy lujosa conducida por una mujer que, no contenta con rompernos los tímpanos, se detuvo una vez nos apartamos de la calzada para insultar al dependiente del supermercado. La venerable anciana, repuesta del susto, apenas pudo musitar un dulce, “vieja histérica”; el muchacho en cambio guardó prudentísimo silencio para no arriesgar su congruo empleo, y yo, por respeto a la ancianita, me tragué un madrazo.


Sea como fuere, ojalá el confesor de la mujer de la camioneta, muy católica a juzgar por el rosario estampado en la carrocería, le recomiende la lectura de la Encíclica del Papa Francisco, para que la energúmena de marras se ponga en los zapatos de las especies “menores”, o sea, los peatones, y se apiade de nuestras vidas frágiles que no por transitar sin carrocería merecemos ser borrados de la faz de la calle.



Y disculpen mis ínfulas trascendentales por traer a colación la Encíclica Laudato Si a una anécdota tan peregrina. Pero, al fin y al cabo, nuestro entorno es relacional y holístico como quedó dicho, o sea, que todo tiene que ver con todo y además el cambio comienza por los pequeños detalles. Amén.

jueves, 9 de julio de 2015

Manual de uso de Facebook para padres intensos

(Peatón cosmonauta. Foto de Rafael Gómez B.)

Una explicación no pedida, como se sabe, es la aceptación de una culpa. Sin embargo, no es mi culpa tener una hija, que es la luz de mis ojos, viviendo a seis mil kilómetros de distancia. Ni que la red social de Facebook se haya convertido en mi mejor aliada para sentirla cerca. Si hay en ello alguna actitud reprochable, habría que achacarla al hecho de ser un padre intenso. Siendo así las cosas, acepto mi culpa en aras del cariño paternal.

Como sea, lo cierto es que a juicio de mi retoño hago uso indiscreto de tal herramienta informática. Parece, además, que teniendo la oportunidad de oro para opinar sobre sus  fotos, ocurrencias y actividades cotidianas, mis comentarios y likes son vistos por ella como una atrevida intromisión de carácter generacional.

El Facebook abre canales de comunicación masiva,  propicia actitudes, genera tendencias (para bien y para mal, como dice el bolero), promueve opiniones y movilizaciones en pro de causas variopintas, convoca reuniones, conspiraciones, en fin, gana seguidores para mayor ventura de sus usuarios; y, claro está, permite para vergüenza de los hijos, la participación de sus padres intensos.

Sólo hasta cuando le reproché a mi hija por no responder a mis comentarios del Facebook, ella me hizo caer en cuenta que de alguna manera estaba invadiendo su espacio vital. Porque (y hasta ahora vine a entenderlo) el Facebook es el ágora de los jóvenes, su punto de encuentro y de fuga. Es decir, lo que fue la esquina de la cuadra, el centro comercial o el parque para nosotros. Espacios donde, efectivamente, nunca tuvimos la intromisión de los mayores. Tiene sentido.

De suerte que mi hija aprovechó la coyuntura para poner las cosas en orden, y con esa claridad cartesiana típica de su formación científica dio en la flor de advertirme: "Padre, vamos a ponernos de acuerdo en el manual de uso del Facebook. De ahora en adelante tendrás un cupo semanal, no acumulable, de un comentario y dos likes. Tus comentarios no serán respondidos en principio, salvo que, a mi parecer, merezcan un guiño o una respuesta escueta. Por lo demás, interpreta mi silencio. Procura no escribir comentarios del tipo "progenitor cariñoso": si eso llegare a ocurrir, correrás el riesgo de no obtener ninguna respuesta o lo que es mucho peor, recibir emoticones con gestos que podrían herir tu sensibilidad de padre. Lo anterior, sin perjuicio de la inminente posibilidad de ser eliminado irrevocablemente de mi grupo de amigos (unfriend)

Y aquí me tienen frente al Facebook, con el corazón rebosante de likes, pletórico de comentarios melifluos y cursis que tendré que reservar para mi encuentro, ya no virtual, con mi adorada hija.


lunes, 6 de julio de 2015

Un mexicano colombiano le halla parcialmente la razón a Donald Trump



(Cantinflas bailando la canción colombiana "María Cristina")

"México (…) está enviando a gente con un montón de problemas (...). Están trayendo drogas, el crimen, a los violadores (…)” Donald Trump

“No esperes sino veneno en las aguas estancadas” William Blake. La cita, es claro, se aplica a Trump.


Con su ignorancia supina, el inefable magnate del espectáculo asume que todos los americanos desde el río Bravo hacia abajo, pasando por el Caribe y su rosario de islas, hasta las gélidas tierras australes, somos mexicanos. Por su parte, Eugenio Derbez (el comediante mexicano) respondiendo en un acto público llevado a cabo en los Estados Unidos a los señalamientos de Donald Trump, afirmó con su humor característico, que el tristemente célebre millonario “piensa que cada latino en este país es mexicano. Él (Trump) cree que hay diferentes clases de mexicanos. Los mexicanos colombianos, mexicanos puertorriqueños, mexicanos dominicanos (…)”  Y aunque parezca un chiste, quizás Trump tenga razón en su percepción de que todos los latinoamericanos somos mexicanos. México es, en efecto, nuestro indiscutible referente cultural. Su música, su literatura, su extraordinaria industria cinematográfica, su gastronomía, sus mariachis (resulta inconcebible una serenata sin ellos), así como sus telenovelas y doblajes han marcado la vida de cuatro generaciones de americanos.

Por supuesto no vale la pena referirse a la torpe generalización de Trump sobre nuestra virtual condición de ilegales, ladrones, narcotraficantes y violadores, porque con el mismo razonamiento que reduce a esquemas la diferencia, podríamos decir que todos los norteamericanos (incluyendo, cómo no, a los pobres canadienses), son intervencionistas, drogadictos, genocidas y torturadores. Y ninguna de las dos premisas es cierta.

Nos queda, entonces, nuestra condición de mexicanos.

Yo, personalmente, como mexicano colombiano no concibo mi infancia sin la presencia de Tin Tan, Cantinflas o Chespirito. Los doblajes de las series norteamericanas son creíbles sólo en las voces mexicanas que, las más de las veces, superan las originales de los actores doblados. Podría afirmarse asimismo que, tanto la música ranchera o norteña, como los boleros interpretados por sus bellas cantantes acompañadas de las orquestas de Luis Arcaraz, Rafael de Paz o Juan García Esquivel, sirvieron de leitmotiv para enamorar a nuestros abuelos. Y ni qué hablar de sus escritores que nos han deleitado e instruido con sus buenas letras. O de sus estupendas bandas contemporáneas como Maná y Molotov. Los mismos Tigres del Norte. Con esta mirada integradora todos los americanos, incluso los del norte, seríamos mexicanos. 

Como sea, tenemos mucho que agradecerle a la patria de Rulfo, de Arreola, de Paz, de Carlos Monsiváis, de Fuentes, de Elena Poniatowska, de José Emilio Pacheco, de Frida, de Diego, del inmenso Agustín Lara, de Toña la Negra, de Javier Solís, de Pedro Infante, de José Alfredo Jiménez, de Antonio Aguilar, de Alicia Juarez, del Indio Fernández, qué sé yo, hasta de la bella Angélica María, la novia de Mexico (o sea de América Latina). Desde luego el asunto también ha funcionado al contrario. La influencia de los demás países latinoamericanos ha marcado con tinta indeleble la cultura mexicana: el bolero antillano, la cumbia colombiana, el danzón cubano, el tango argentino, por citar sólo cuatro ejemplos.

Quién quita que un día Donald, el “red neck”, con toda su parafernalia de estulticia, amanezca siendo mexicano. Entre tanto, como dijo Derbez: “recuerde, señor Trump, que quienes cocinan sus alimentos en cualquiera de sus restaurantes predilectos pueden ser mexicanos”. Desde Alaska hasta la Tierra del Fuego.