miércoles, 13 de diciembre de 2017

No fue hurto agravado, fue un rapto de amor


Redacción El Espectador, 7 de diciembre de 2017 "En Melbourne, Australia, un sujeto ingresó a un local de venta de juguetes sexuales y raptó a la muñeca avaluada en 4.500 dólares. Las autoridades están en búsqueda del individuo"


El mundo está necesitado de amor.  Una verdad de Perogrullo que no tenemos tiempo de asimilar por estar navegando en ese mar espeso e inefable de la virtualidad. Pero cuando apagamos el dispositivo electrónico desaparece como por arte de birlibirloque el grupo de WhatsApp. Y nos quedamos completamente solos, sin amigos, sin un amor que nos comprenda como dice el bolero, es decir, en esa soledad esotérica de la tercera acepción del diccionario RAE: “Pesar y melancolía que se siente por la ausencia de  alguien”.  Ya no digamos carentes del cariño paliativo de una mascota, no por falta de disposición sino de espacio, en fin, huérfanos de afecto. 

Son muchas las razones para ser un marginado afectivo: ser pobre, feo, tímido, huraño, qué sé yo, todos los anteriores. Y ante la imposibilidad de acceder al amparo de una Teresa de Calcuta de los servicios sexuales que los provea por piedad (se han dado casos de entrega caritativa dignos de encomio), sólo queda la posibilidad de raptar una novia de hule para no llegar a la desesperación.

A riesgo de teorizar sin fundamento, barrunto que tal fue el caso del australiano que decidió hurtar una muñeca erótica en un negocio de Melbourne. Imagino que el pobre hombre se enamoró de la muchacha elástica de la vitrina del sex shop (acaso fue amor a primera vista) y planeó su delito con más pasión que inteligencia, a juzgar por su burda incursión en la tienda “sexi land”  de donde hurtó a Dorothy, “la muñeca sexual más costosa y famosa de Australia”, según señaló el despacho noticioso. En efecto, los medios de comunicación informaron que el hombre forzó la puerta del local con una cizalla, entró, y en menos de cinco minutos salió con la muchacha plástica en hombros, huyendo en una camioneta blanca. El hecho en sí, el asunto más del corazón que del código penal (aquí no sirve la criminología), quedó registrado en las cámaras de seguridad del sector, por lo que las autoridades esperan dar muy pronto con el amante desesperado.

Yo, francamente, espero que no den con él, al menos hasta que haya tenido la oportunidad de conocer mejor a Dorothy, su adorada novia de hule. En todo caso, si lo pillan, el hombre siempre podrá argüir a su favor, como atenuante, que no se trató de un hurto sino de un rapto de amor, sentimiento que, como se sabe, no tiene precio. Ni siquiera cuatro mil quinientos dólares australianos.

jueves, 7 de diciembre de 2017

“En los llanos del setenta”, patrimonio inmaterial de la humanidad


En buena hora Unesco declaró los cantos de vaquería de los llanos de Venezuela y Colombia como patrimonio inmaterial de la humanidad. El galerón llanero, que recoge en hermosos versos las rimas consonantes que terminan con la sílaba “ao” tiene, como afirmaba el maestro Guillermo Abadía Morales, la función de arrullar al ganado mientras es conducido por los vaqueros a través de las extensas llanuras cruzadas  por el Arauca, el Meta y el Orinoco, que no son ríos Venezolanos ni Colombianos sino llaneros. Porque la frontera en esa inmensidad es una convención inexistente.  Es una seguidilla de puntos y rayas en la abstracción de un mapa, innecesaria por demás para los bravos vaqueros que arrean ganado a uno y otro lado sin importar su nacionalidad.

Hay un hermoso galerón, de autor desconocido (colombiano o venezolano, lo mismo da) como corresponde consecuentemente con el entorno descrito, que tiene versiones diferentes a lo largo de   la llanura colombo-venezolana.  Se trata del canto denominado “En los llanos del setenta”, cuyos versos retratan de manera fiel la bravura del vaquero durante sus jornadas arriando ganado.  Por su extensión  me limito a transcribir de memoria los versos que aprendí  desde pequeño, acaso porque el disparate y la exageración que nos hacen reír son más elocuentes en la mente de un niño que la prosa aburrida y trascendente. El curioso lector sabrá perdonar alguna omisión o error de la memoria que, en todo caso, como dijera Borges, es una secreta corrección.

En los llanos del setenta
(Galerón llanero, fragmento)
(…)Yo le dije al mayordomo
que me tenía contratao:
écheme ese toro ajuera
del espinazo bragao
hijo de la vaca mora 
y el toro rabipelao
pa sacarle aquí una suerte
con esta señora al lao.
Al animal me le abrí
con el trapo desdoblao;
le saqué cuarenta lances
y lo dejé arrodillao (...)
Y el mayordomo me dijo:
Usté ya vendrá almorzao;
yo le dije al mayordomo:
Apenas desayunao:
Cuatro platos de cuchuco
Un almú de maíz tostao,
Tres tazas de güevos tibios
 una ración de pescao,
Tres costillas de marrano
Y una totuma e´cacao.
Si me lo dan lo trago
Y si no, aguanto callao,
Me llaman el cuarenta muelas
Y a nadien las he mostrao
Y si las llegare a mostrar
Juera el sol clisao,
la luna chorriando sangre
y el mundo todo trocao:
las nubes echando chispas,
los cerros envolcanaos,
las lagunas de parriba
y los ríos evaporaos,
los astros todos revueltos
y el mesmo Dios asustao
(…)"
Y estos son los versos que me vinieron a la memoria justo ahora que Unesco, en buena hora, declaró los cantos de vaquería de los llanos colombo-venezolanos como patrimonio inmaterial de la humanidad

martes, 28 de noviembre de 2017

Juego de palabras


Yo, francamente, supe hasta hace pocos años que el juego de palabras que  utilizaba mi padre por chacota, para ponernos a pensar, se llama jitanjáfora.  Es una figura gramatical que trastoca de manera deliberada las palabras que la conforman para obtener un significado absurdo. Este artificio retórico aprovecha convenientemente el disparate y, en tal virtud, es caro a los niños que lo disfrutan más que la aburrida gramática. Según los entendidos, “una variante de este recurso vanguardista, consiste en alterar la morfología de las palabras dislocando sus morfemas y pasándolos a otras palabras adyacentes”. ¡Ah, caramba!  

En nuestra querida patria, un viejito que como estadista fue buen escritor (en su gobierno perdimos a Panamá mientras el rimaba de lo lindo), por buen nombre José Manuel Marroquín (1827-1908),  cultivó el juego de palabras en la modalidad antedicha. De su puño y letra es conocida la siguiente jitanjáfora:

La Serenata

“ Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que, albando la toca,
las altas suenas campanan,

y que los rebuznos burran
y que los gorjeos pájaran  
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan,

y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidos viertas
cual yo lágrimo derramas,

yo, fritando de tirito,
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.

Tú, en tanto, duerma tranquiles
en tu camada regala,
ingratándote así, burla,
de las amas del que te ansia.

¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Oh, persiane un poco la abra,
y suspire los recibos
que este pecho exhalo amanta!

Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
y que un milicio de músicas
me flauta con su acompaña.

En tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada,
ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.

Estas tus arcas son cejos
con que, flechando disparas,
Cupido pecha mi hiero
y ante tus postras me planta;

tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son unas labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla;

tu cisno es como el de un cuelle
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de una anda.

Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas"


Así cantaba Calixto
a las ventanas de Carmen,
de Carmen, que, desdeñosa,
ni aun se acuerda de olvidarle....”

Esto de hablar trastocado resulta útil a los políticos para confundir a sus electores. Quizás el viejito Marroquín ya lo había descubierto hace más de un siglo. ¿Cuándo tendremos líderes diligentes y probos?


Quizás cuando los maullos gaten. Mientras tanto me quedaré acá panoreando el contemplama.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Los puntos susp......versivos



En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como una sucesión continua, grave y trascendente de puntos en una sola dirección inexorable no podían tolerar que existiesen puntos fuera de control. De manera que en la patria lineal, los diferentes puntos de vista eran inaceptables, ya que pecaban contra la homogeneidad y perfección de las líneas de conducta. Otro tanto sucedía con los puntos de reunión que eran considerados subversivos, más aún cuando se pasaban de la raya, (que es de la misma estirpe de la línea, sólo que con funciones policivas para delimitar las propiedades, las fronteras y los comportamientos inapropiados). Tampoco era lícito coincidir en algunos puntos con los puntos excluidos del debate; y estaban proscritos los puntos de fuga, a los que se aplicaba con frecuencia la ley del mismo nombre.

Se trazaban lineamientos para fijar el destino inmutable de los puntos que renunciaban a su individualidad para someterse a la seguridad y estabilidad que les brindaba la línea del establecimiento, de modo que estaba expresamente prohibido poner los puntos sobre las íes o ir directamente al punto. Entretanto se amaestraban los puntos suspensivos para que aprendieran a juntarse estrechamente en la misma dirección hasta formar una línea sin discernimiento; y a todo aquel que no accediera, le ponían punto final.

Pero estaban también los puntos de encuentro a donde acudían clandestinamente los puntos de apoyo que eran los más puntuales y solidarios; las que estaban en su punto, y las más dulces que estaban a punto de caramelo. Llegaban de uno en uno y a veces de dos en dos puntos: acudían asimismo los puntos de merengue, los más delicados; y también los puntos de partida de la mano de los puntos de referencia, los más orientados; y el punto y coma, coma que coma, alias el gordo, por más señas. Y eran tantos los puntos reunidos desordenadamente, a tal punto que, punto por punto, formaron una pelota gigante con la que metieron un gol en el rectángulo perfecto, inmutable, grave y trascendente formado por las líneas de acción, que al final no pudieron atajar una avanzada tan puntual.

Créditos de la foto: www.morguefile.com


Nota: Tuve la oportunidad de escuchar hace poco, en boca de un cuentero, un excelente relato llamado PUNTOS & CIA. del escritor J. Castaño, escrito hacia 1.987 según refirió el narrador. Sorprendentemente, el mío, escrito mucho después que el de Castaño (que yo desconocía completamente), tiene algunas (muy pocas) coincidencias con el de aquel, aunque los enfoques de los dos cuentos son completamente diferentes. Pero es que el tema de los puntos se presta para un encantador juego de palabras, que ambos encontramos en diferentes filones: el mío por el lado de las líneas de conducta; el de aquel, por el lado de la industria de los puntos.

miércoles, 12 de julio de 2017

El canario que descubrió que los trinos en twitter eran lo suyo


(Créditos foto: www.flickr.com)
“A la abeja semejante,
para que cause placer,
el epigrama ha de ser
pequeño, ágil, picante”
Adagio popular no tan conocido

Siempre ha habido jaulas. Y para que no estuvieran vacías y tristes, colgadas encima del lavarropas, se inventaron los canarios. O mejor, la costumbre de capturarlos y encarcelarlos para compañía emplumada de las personas solitarias. Los primeros fueron pájaros libres, eso es seguro, mas, con el tiempo, se convirtieron en seres cautivos, al punto que las nuevas generaciones salieron del huevo directamente a la jaula sin conocer durante toda su existencia el cielo que se asoma esquivo por la ventanita del patio de ropas, afuera de las rejas. De modo que el cautiverio es su estado natural.

Posiblemente algún niño dirá con razón que eso es una infamia, que va en contravía de los derechos de los pájaros, en fin, que la libertad es inviolable según le enseñaron en la cátedra de la paz.  Yo no me atrevería a contradecirlo; pero así son las cosas con los canarios.

Esta es la historia de un canario, por buen nombre Ámbar, llamado así por sus plumas de color amarillo oscuro con visos blancos tornasolados. Vivía  el pajarito de marras confinado en una jaula encima del lavarropas de la señorita Teresa, una maestra de escuela jubilada, algo taciturna pero estupenda lectora. Tenía, además la buena mujer, una pasión por las frases célebres de filósofos y literatos. Solía leer en voz alta en sus ratos de solaz, que eran casi todos, máximas de Horacio, Cicerón, Séneca (algunas en latín, cómo no), en fin, de autores más contemporáneos pero no menos incisivos como Ambroce Bierce, Fernando González o Nicolás Gómez Dávila. Era tan pequeño el apartamento de la señorita Teresa, que Ámbar alcanzaba a escuchar con nitidez las lecturas de su patrona, entonadas desde la alcoba. A fuer de escuchar buena prosa, Ámbar se aficionó al género epigramático y alcanzó una lucidez insospechada para un canario. “Lástima no ser un loro”, se dolía el avecilla, “porque  de serlo podría hablar como los humanos y así me convertiría en un orador proverbial”. Lo cierto es que no le gustaba trinar, para desconsuelo de su dueña. Sin embargo, Ámbar, que era un canario muy inteligente, no se echó a la pena y más bien se propuso aprender a leer los libros que con frecuencia dejaba olvidados las señorita Teresa encima del lavarropas. Con decirles que también aprendió a escribir en latín.

Quizá por una solidaridad mal entendida, o por pura mezquindad ante el silencio empecinado del canario, la señorita Teresa obligó a Ámbar a compartir su soledad, negándole la dicha de una compañera emplumada. De manera que el pajarito pasaba sus días escuchando la voz cada vez más quebrada de su patrona. El primer alpiste del día era amenizado por sentencias de Horacio en latín clásico. El baño con agua en la tapita de la caja de mentol, al medio día, coincidía con la lectura de Ambrose Bierce, cuyo humor negro hacía despelucar de la risa al canario. Al finalizar la jornada, Ámbar se arrellanaba en el columpio que pendía de un palito atravesado en lo alto de la jaula para escuchar con atención los escolios de Nicolás Gómez Dávila que, como entenderán los lectores, requerían de toda su inteligencia para poderlos asimilar.

Pero hete aquí que una mañana nadie retiró el trapo que cubría la jaula del canario durante las noches, ni éste oyó la voz de su patrona entonando máximas de Cicerón. Y así pasó algún tiempo, hasta que una hermosa muchacha destapó la jaula y le dirigió unas palabras de cariño a la criatura: “pobre canarito, menos mal estas vivo aún. ¡Ay!, si supieras que se murió tu mamá”. Mas, eso ya lo había presentido pajarillo en su pequeño corazón ambarino.

Conque la muchacha, que resultó ser la sobrina de la señorita Teresa, se llevó el canario con todo y jaula para su apartamento de universitaria. Y ya sabemos cómo puede ser un habitáculo estudiantil. Algo así como un campo minado con pedazos de pizza en descomposición, libros de texto, latas de gaseosa a medio consumir, zapatos sin par y prendas de vestir esparcidas sin concierto.

Ámbar, sin embargo, se acostumbró muy pronto a su nuevo entorno, y le satisfizo su nuevo acompañante diurno, que la muchacha llamaba televisor. Aunque disparatado en sus discursos y bastante prosaico, si se quiere, el canario le sacó provecho al aparato en cuestión, sobre todo a los noticieros que le sirvieron para estar al día en los asuntos de actualidad. La muchacha, por su parte, no hablaba mucho y en cambio permanecía varias horas enviando trinos a través de su teléfono celular. Ese fue el segundo aparato que cautivó la atención del canario. Ante la imposibilidad de hablar como el loro, Ámbar encontró que podía leer y escribir con fluidez en el twitter de la muchacha.

Una noche ella olvidó cerrar la puerta de la jaula después de alimentar al canario, de manera que el pajarito aprovechó la oportunidad para expresar a discreción su facilidad de palabra en el teléfono celular, mientras su protectora dormía. Con el ala izquierda (era zurdo) tecleaba graciosamente el aparato, escribiendo epigramas creativos para comentar las noticias del día. Tuiteaba por ejemplo:

La solidaridad es mata exótica que sólo crece en terrenos áridos, nunca en la abundancia. Pero cuando florece esparce generosamente su aroma.

Y escribía todas las noches ocurrencias por el estilo, que eran bien recibidas por los seguidores de la muchacha, que fueron creciendo en número por arte del canario, hasta contarse por miles.

De esta suerte la muchacha, que no tenía otra gracia más que su belleza, se convirtió de la noche a la mañana en una exitosa tuitera (si el término se admite), merced a la herencia emplumada de su tía solterona, y por un efecto colateral del ingenio del canario que descubrió un buen día que los trinos en twitter eran lo suyo.

martes, 4 de julio de 2017

Tony, el gozque de la cuadra (ni siquiera hay foto)

Hoy tengo necesidad de hablar de Tony, un amigo de la infancia. Tony no es nombre de perro como tampoco lo es Trostky, pero la gente tiene sus mañas y se deja llevar por la moda. Cuando yo era pequeño estaba en boga nombrar Trotsky a los canes. Sólo hasta la adolescencia, en clase de historia, vine a saber que un político ruso fue bautizado con nombre de perro, un tal Trotsky. Pobre. Parece que el apelativo en cuestión determinó su sino fatal. El buen hombre fue perseguido y luego ultimado como un perro, en fin, una ironía de la vida o más bien de la muerte. Lo cierto es que Tony tampoco es nombre canino, como quedó dicho, pero estaba de moda y así fue bautizado por su amo original, el celador de una construcción cerca de mi casa que tuvo a bien abandonarlo cuando culminó la obra.

Librado a su suerte, Tony pasó la primera noche de abandono echado al pie de la caseta de vigilancia ya desierta. Mamá Sofía, mi abuela adorada, al verlo en indigencia se compadeció del perro y me mandó a llevarle algo de comida. La siguiente noche el animalito, agradecido, se acercó hasta el zaguán de mi casa donde mamá Sofía le tendió un pedazo de tapete para resguardarlo del frío bogotano. Así, gracias al amor al prójimo de mi abuela (porque ella me enseñó que los animales y las plantas son nuestros pares en la vida), comenzó el proceso  irregular de adopción de Tony. Hubo que lavarlo y desparasitarlo, cómo no, pero al mes siguiente nuestro perro, que ya formaba parte de la familia Gómez Ahumada, comía y dormía plácidamente bajo la cubierta del jardín interior. Sin embargo, durante el día cumplía con el rigor de una sentencia su oficio de perro callejero de la cuadra. Tony jugaba fútbol con mis amigos del barrio y caminaba conmigo hasta el colegio Calasanz, que estaba a veinte cuadras de la casa. Al principio tuve que tirarle piedras para que se devolviera, pero muy pronto se acostumbró. De suerte que cuando llegábamos hasta la autopista con la calle cien, yo atravesaba la vía para entrar al colegio y él sabía que debía retornar a la cuadra.

Lo que le faltaba a Tony de pedigrí le sobraba de corazón. Quiero recordarlo antes de que su imagen querida se diluya en mi mente, pues entre los recuerdos familiares no hay fotos de nuestro perro. De hecho hay pocas fotos mías entre los once y los dieciocho años. No se estilaba. La vida privada era asunto de uno mismo. Hoy se tiene una necesidad patológica de dejar registro mediático de todos los actos de la vida antes de la extinción inevitable.


No puedo decir que Tony fuera un perro hermoso. Era un gozque tan corriente como las decenas de “Tonys” que fueron abandonados en Santa Paula cuando terminaron las obras del barrio, al final de los años setentas. Tenía el pelo amarillo tostado, las patas cortas en relación con su cuerpo más bien alargado, ojos tristes de callejero y la cola erguida que le daba cierto toque de distinción.  Tampoco hablaré de su nobleza porque ese es un valor perruno por antonomasia. Sin embargo fue un quiltro sin igual hasta que tocó aplicarle la eutanasia para evitarle los dolores insoportables de la vejez. Lo dio todo sin esperar nada a cambio, sin avaricia, como hacen los verdaderos amigos. Corresponde ahora saldar mi deuda de gratitud con Tony. Vale.

lunes, 22 de mayo de 2017

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.”
Walt Whitman


Irene & Cia.

Una muchacha que se llama Irene y hace las mejores empanadas del mundo, redondas y abultadas como su útero adolescente; y generosas en el relleno, igual que la carne sutil de la vida que se aloja como un tesoro sagrado en su vientre. Y su madre, Berenice, que las vende en los puentes del Transmilenio columpiando un canasto y haciéndole el quite a los policías. Y su abuela, por buen nombre Veneranda, matrona diligente que protege con ternura a Irenita de los ogros y alimañas que se crían en el asfalto; e Irenita, su hija, retoño ojiazul como su padre conscripto y princesita del bosque de hormigón armado.








Elías

Un tal Elías, joven ojizarco e imberbe que por no tener con qué pagar el impuesto de guerra, paga el servicio militar en veinticuatro cuotas mensuales de sacrificio, capaz de dar la vida sin contraprestación alguna por el Statu quo, es decir, por los politicastros, generales y burócratas y, cómo no, por los inversionistas dueños del gran almacén que le niega a Irene (su compañera) la venta de empanadas cerca de sus puertas elegantes e inaccesibles para la pobrería. 


“Porque en Colombia los héroes si existen”.

 créditos fotos: www.flickr.com

No fue hurto agravado, fue un rapto de amor

Redacción El Espectador, 7 de diciembre de 2017 "En Melbourne, Australia, un sujeto ingresó a un local de venta de juguetes sex...