jueves, 24 de julio de 2014

La ley de los números grandes



"El secreto del éxito es la honestidad. Si puedes evitarla, está hecho". Groucho Marx

No soy bueno para los números. Y atribuyo tal falencia a mis profesores del colegio, que, con su pedagogía de la férula, insuflaron  en mi mente el terror por las matemáticas. Tarde llegó a mis manos ese maravilloso libro denominado “El hombre que calculaba”, una suerte de“mil y una noches” de las operaciones aritméticas.  De haberlo encontrado en mi época escolar, otro gallo cantaría.

El hecho es que soy poco versado en el asunto, pero tengo el suficiente sentido común  para entender que los banqueros son amantes de los números grandes. Eso es evidente, como quiera que también son grandes sus rebaños. Y ni que decir tengo de sus impúdicas utilidades.  De manera que para administrar eficientemente tal abundancia, ellos aplican la que he dado en llamar –teorizando sin ningún fundamento- “Ley de los números grandes”, que no debe confundirse con la “Ley de los grandes números”, aplicable al estudio de la probabilidad, muy útil en los cálculos actuariales de las Compañías de Seguros. Digamos que en este caso el orden de los factores si altera el producto.

¿Y en qué consiste la fementida Ley de los números grandes? Para responder a esta pregunta me remito a las recientes declaraciones de la presidenta de la Asociación Bancaria, quien afirmó con su acostumbrado tono soñoliento que en Colombia existen más de dieciocho millones de ciudadanos “bancarizados”. Lo anterior quiere decir que el cuarenta por ciento de los colombianos está vinculado a la banca, ya sea mediante  una cuenta corriente o una de ahorros.  Y no necesariamente por su propia voluntad, pues hasta la población desplazada víctima del conflicto está recibiendo las “ayudas” del estado a través de tarjetas débito emitidas por los bancos. Lo mismo pasa con los trabajadores que se ven obligados por sus empleadores a constituir onerosas cuentas de nómina para recibir sus salarios.  Ahora bien, es conocido que en Colombia los bancos cobran a sus clientes hasta por la sonrisa, y es allí donde radica la rentabilidad de la Ley de los números grandes, sin perjuicio de las tasas de interés que, como sabemos, son de las más altas del mundo, amén de  los pequeños “ajustes al peso”, las equivocaciones “de buena fe”, y los servicios cobrados pero no prestados, que merecen capítulo aparte.

Como no soy bueno para los números, no alcanzo a calcular las ganancias que reciben los bancos por los millones de transacciones –muchas de ellas innecesarias- que obligan a realizar a sus clientes cautivos, merced a la Ley de los números grandes. Pero intuyo que son muchas, y sin causa. Bien lo dice el Eclesiastés: todo tiene una ley, pero esa ley no podemos comprenderla. También dice el hagiógrafo que “las riquezas no dan la felicidad, sino que quitan la paz.”. Y nosotros, los ciudadanos de a pie, sabemos que es perecedera la alegría que producen las cosas materiales. Sin embargo los banqueros, que son más prácticos que religiosos, se dedican tranquilamente a la usura sin hacer mucho caso a las sagradas escrituras.

Como ya habrán descubierto a estas alturas queridos peatones, mi Ley de los números grandes es un verdadero disparate. Una ficción tan absurda como la triste realidad que nos rodea. Pero esa Ley es de la misma estirpe de la Ley del embudo y de la Ley del más fuerte, y los banqueros lo saben. Ya tienen cautivos a dieciocho millones de colombianos, y vienen por más. De modo que no se dejen adormecer por el tono abúlico de la señora presidenta de ASOBANCARIA. Los banqueros son muy despiertos.

Así las cosas, con el ánimo de ser propositivo y no aparecer ante ustedes como un resentido sin ideas, me permito invitarlos a ejercer pacíficamente el derecho a la “desobediencia civil”, o mejor, a la  “desobediencia financiera”- si se me permite el término- para contrarrestar los efectos perniciosos de la mencionada Ley, así:

  • En lo posible no tenga su dinero en el banco.  Guárdelo mejor en el dobladillo de las cortinas de su cuarto, o debajo del colchón si la imaginación no le da para más. Si entran los ladrones a su casa, es preferible que se lo roben ellos –a lo mejor lo necesitan más que usted-  a que se lo esquilme el banco.  Si no está muy seguro de este consejo, recuerde entonces la máxima de Bertolt Brecht según la cual es más criminal el que funda un banco que el que lo asalta.
  • Cuando salga a la calle nunca  pague con tarjetas de crédito o débito.  Cancele en efectivo lo que se va a comer, a poner, a mirar, o a tomar.  Es mejor tener billetes en el bolsillo para que cuando lo atraquen –no se llame a engaño, en Bogotá algún día lo van a atracar-  tenga metálico con qué negociar su vida.  Sólo así podrá usted discernir la paradoja planteada por Ambrose Bierce respecto del viajante asaltado por un bandolero, que debe decidir entre la bolsa o la vida: si escoge la bolsa, no podrá disfrutarla sin la vida; y si escoge la vida,  será una vida muy triste sin la bolsa y además será una vida inútil que no le sirvió ni para salvar la bolsa.
  • No compre en los grandes supermercados. Cómprele mejor al tendero de la esquina que no maltrata a sus proveedores y no obliga a sus trabajadores a mendigar el sueldo con las “propinas voluntarias” de sus clientes.  Además el vecino de la esquina le fía. Busque también los mercados campesinos y los grupos de comercio justo.
  • Vuelva al trueque: cambie un curso de esperanto por unas carpetas en macramé,  la calzada de una muela por un repuesto para la olla “express”, media libra de azúcar por un beso dulce de la vecina -transacción meliflua-, una clase de matemáticas por un kilo de moras, una consulta médica por una torta de ahuyama de la abuela, una mochila por una ruana, un sombrero por un balón o un memorial por una invitación a almorzar. Saque de su vida al dinero plástico.

Quién quita que con muchas transacciones solidarias, justas y extrabancarias le cambiemos a la Ley de los números grandes ese tufillo de avaricia, por aire limpio para respirar.

créditos foto: Performance de Alejandro Gómez 

martes, 22 de julio de 2014

Realización de saldos

Por H. Darío Gómez A.

Hoy subasto mis posesiones ilusorias en pública almoneda.

Vendo, si es que todavía la conservo, una enciclopedia autista con profusas definiciones sobre todo, e inútiles certezas sobre nada.

Negocio, si alguien quiere comprarlo, el terror atrapado en las páginas de la historia patria, y la oscuridad que lleva encima como eterna noche boreal.



Liquido igualmente mis discos de jazz: tóquenlos si los van a comprar. Y si los compran, tóquenlos si los van a transfundir a los sentidos; o, si no, no.

Regalo un telescopio con pocas constelaciones vistas, y un par de mujeres atrapadas para siempre en su lente atormentada por la cercanía imposible.

Despacho, con provechosa pérdida, un colchón relleno de cansancio y espuma como mis proyectos inconclusos.

Ferio asimismo otras pertenencias intangibles, igual que los sueños:
poemas enredados en los textos mancillados de un devocionario, candorosas imitaciones de Chagall imaginadas con crayones, fotos de carné con falsa dedicatoria: “esta copia para tu billetera; el original para tu corazón”

En fin, realizo efectos de poca monta, cosas fuera del comercio, boberías difíciles de vender, aun con provechosa pérdida.

viernes, 27 de junio de 2014

Alabanza de la bicicleta

"hay que hacer un esfuerzo y doblarse en dos sobre las bielas (...)" Horacio Quiroga

Digo alabanza por decir algo, porque el antropólogo francés Marc Augé ya escribió un estupendo elogio de la bicicleta, y mucho antes Horacio Quiroga había concebido un texto genial celebrando las virtudes del mejor invento(*) de la historia de la humanidad después de la rueda: la bici, o cicla, como le decimos con cariño en Colombia.

Mas, es lo cierto que redescubrí la dicha de andar en cicla, y en consecuencia dejé de ser un bípedo implume para convertirme en un biciclo implume: un hombre  de dos ruedas. El desconfiado lector pensará que son meros arrebatos de este peatón por cuenta de los recientes triunfos de sus compatriotas en Europa, pero no. Mi dicha es legítima. Acaso tenga que ver con el hecho de experimentar de primera mano (¿o primer pie?) la eficiencia de un vehículo que convierte el esfuerzo relativamente pequeño de la propulsión humana en velocidad inconcebible para un caminante, y los pedalazos en kilómetros de distancia recorrida en unos cuantos minutos sin cansancio considerable. Ni qué decir tengo que un corredor profesional alcanza una velocidad de setenta kilómetros por hora en un velódromo, o que viajeros intrépidos le han dado la vuelta al mundo en cicla en cuestión de meses. Los beneficios ecológicos del uso de la bicicleta son indiscutibles, su bajo costo la hace asequible a todos, mejora el estado físico del individuo, en fin, la utopía “bicicla” nos permite la reconciliación con el aire puro del campo y aún con el menos puro de la ciudad,  en otras palabras (y en esto coincido con Augé), nos pone en armonía con el tiempo y el espacio. Ochocientos millones de ciclas en el mundo lo atestiguan.

Por tales razones soy desde ahora y hasta que mis músculos voluntarios e involuntarios lo permitan, un biciclo implume. Vale.


(*) la bicicleta fue inventada por el alemán Karl Drais hacia 1817 y mejorada (con el sistema de pedales) por el francés Pierre Michaux hacia 1860.