viernes, 16 de febrero de 2018

“En el mar no hay ateos, dice un viejo refrán de marinos”

(Créditos foto: autorretato del peatón en una playa ignota)

¿Qué mueve a un ser humano, animal terrestre por naturaleza, a abandonar la seguridad de la tierra firme para sumergirse durante semanas en la profundidad del mar a bordo de una saeta metálica?   No hay respuestas concretas. Ni siquiera los análisis de los sicólogos organizacionales las prefiguran. Sin embargo mi amigo, el Capitán de Navío Jorge Prieto Diago, excomandante de la flotilla de submarinos de la Armada Nacional,  esboza una conjetura en el párrafo final de su interesante artículo (de donde tomo el título de esta entrada) acerca del infortunado siniestro del submarino argentino ARA San Juan, que comparto con los ilustres visitantes de la Pata al Suelo.
En el siguiente enlace encontrarán la publicación:

lunes, 5 de febrero de 2018

Acerca de la obsolescencia programada



En un mundo presa de la interinidad, lo único que nos faltaba era la entelequia de la obsolescencia programada. Hoy resulta que los dueños de la tecnología nos la venden por un tiempo fugaz. Ya no basta con ser cuidadosos con el celular, forrarlo con una carcasa y un vidrio anti rayones que lo protejan de los golpes del destino, en fin, de la ira de Dios o la rapidez de los ladrones. Ahora sucede que los adminículos que nos facilitan la vida diaria vienen de fábrica con su vida útil programada para obligarnos a consumir más, a ensuciar más el mundo con tanta basura tecnológica. Conque un día nos levantamos y ¡pop! el celular no prende, la impresora no imprime, el agua para el café no hierve. Y entonces nos percatamos (con frustración digna de mejor causa) de que no sirvió para nada tanto esmero en el cuidado de las cosas. Su destino ¡qué digo destino! su muerte ya estaba prefigurada por los dioses ubicuos y mezquinos de la tecnología. No es el fin del mundo, no. Es la certeza de que todo en este mundo es caduco, perecedero, provisional.
Pero más allá de la responsabilidad penal y ambiental, ya no digamos ética (¿ética? ja) de estas empresas tecnológicas, el asunto de la obsolescencia programada me pone a pensar en nuestras relaciones personales. ¿Estamos programando a nuestros jóvenes para establecer sólo relaciones temporales con compromisos determinados en un intervalo de tiempo? Desde luego no creo en eso de “estar juntos hasta que la muerte nos separe”, porque entre otras cosas puede constituirse en un incentivo perverso para el uxoricidio o el parricidio, que para el caso lo mismo da. Sin embargo, es mucho más hermoso acometer el camino de la vida en compañía del ser amado, como dice la canción de Héctor Ochoa, sin ninguna certeza de que la cosa va sólo por dos, cinco, diez años años, según se pacte en la cláusula de obsolescencia programada, y dejar más bien la relación en manos del corazón y de la autonomía de nuestros actos y omisiones, qué sé yo, del azar, así el asunto dure  sólo seis meses o hasta que la muerte nos separe.
OTROSÍ.

Se dice que el infierno está lleno de fabricantes de armas y de banqueros. Toca agregar a los dueños de las multinacionales farmacéuticas, a los traficantes de la fe y a los promotores de la tal obsolescencia programada. (Sigue la lista).

miércoles, 31 de enero de 2018

Preámbulo a las instrucciones para cargar el celular

Les comparto esta divertida paráfrasis del “preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj”, de Julio Cortázar, escrita y leída por el realizador de Cine y Televisión Alejandro Gómez, donde trae a valor presente nuestra absurda dependencia de ese adminículo, que ahora no es el reloj sino el inefable teléfono celular. 


Preámbulo a las instrucciones para cargar el celular


Por: Alejandro Gómez Bedoya

Piensa en esto: cuando te regalan un celular te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el celular, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, gringo con las últimas aplicaciones; no te regalan solamente ese menudo rectangulito que cargarás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que unir a tu cuerpo como un alterego desesperado vibrando y sonando todo el tiempo. Te regalan la necesidad de cargarlo todos los días, la obligación de cargarlo para que siga siendo un celular; te regalan la obsesión de atender a WhatsApp o a Facebook o a tus fotos, o al servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares. No te regalan un celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del celular.

jueves, 18 de enero de 2018

¿Qué va del caballeroso Dr. Jekyll al horroroso señor Hyde?


Ayer nada más celebrábamos el ingreso del colombiano Yerry Mina al Barca, uno de los mejores equipos profesionales del mundo. Resaltábamos asimismo la historia de vida de Mina como ejemplo de trabajo, disciplina, en fin, de valores dignos de imitar. Hoy tenemos que registrar con vergüenza ajena el comportamiento inaceptable de otros colombianos de la Selección Colombia y jugadores del Boca Juniors, Edwin Cardona y Wilmar Barrios, acusados (ya confesos) de agredir a dos mujeres en Buenos Aires.

¿Que va de Yerry Mina a Cardona & Barrios? No en lo futbolístico, por supuesto, ya que todos son extraordinarios jugadores, sino en su comportamiento personal. ¿Cómo explicar ese contraste endémico en Colombia, esa bipolaridad que nos llena de orgullo por una parte y nos avergüenza por la otra? No soy nadie para juzgar; cada cual es uno y sus circunstancias (como dijo Ortega y Gasset), pero tengo para mí que la diferencia está cifrada en los valores inculcados con el ejemplo en el entorno familiar.


¡Que vaina, caramba, se me cayó al piso el gordito Cardona!

martes, 16 de enero de 2018

Mujer, ¿cuál es tu red?

Mujer, ¿cuál es tu red?





I. La mujer en la red
II. Mujer atrapada en la red
III. Red de la mujer
IV. Mujer que tiende la red
V. Mujer vestida con red
Mujer, ¿cuál es tu red?



I. - La mujer en la red
Mujer visible en el ciberespacio
Mujer disponible para la ciencia y para las letras
Mujer excluida de la red
Mujer emprendedora en la red
Mujer disponible en la red para el amor
con amor o sin amor
Mujer, ¿cuál es tu red?

II. - Mujer atrapada en la red
Mujer que cayó en la red de trata de personas
Mujer víctima de la red de mercaderes del cuerpo
Y del alma
Mujer atrapada en la red de mentiras
Mujer que se sobrepuso al aparejo tejido con el ardid
Y la autocompasión
Mujer, ¿cuál es tu red?

III.- Red de la mujer
Red de solidaridad con la mujer vulnerable
Y vulnerada
Red de amigas para matar el tiempo
Red de espionaje a los maridos
Red de contrabandistas de sueños
Red de apoyo a las causas sin futuro
Mujer, ¿cuál es tu red?

IV. - Mujer que tiende la red
Mujer que echa la red al agua para pescar,
Para comer
Para dar y convidar
Mujer que tiende la red para atrapar,
Para cercar,
Para sujetar, para ahogar.
Mujer, ¿cuál es tu red?

V - Mujer vestida con red
Exuberante mujer vestida con prenda de malla
Para atraer
Tímida mujer con el cabello recogido en redecilla
Para llorar
Mujer, ¿cuál es tu red?

Créditos foto: de Dora Franco style="font-style:italic;">

viernes, 22 de diciembre de 2017

Nada como el porro colombiano (a propósito de la inclusión del término vallenato por la academia de la Lengua)

Nada como el porro colombiano....

Eso comentaba yo hace unos meses en el “Salón Málaga” de Medellín mientras disfrutaba  con unos amigos una cerveza helada al calor de ese aire musical colombiano que interpretaba, a la sazón, un versátil dúo de teclado y guitarra. Una turista española me interpeló para aclararme, muy convencida ella, que el porro californiano es mucho mejor. Ofendido por la ignorancia atrevida de la muchacha en cuanto a nuestro género musical, le insistí en que el porro (como la cumbia) sólo puede ser colombiano, si bien tiene grandes intérpretes en otros países latinoamericanos. Entonces la españolita se excusó diciéndome que ella se refería a otra cosa. Yo  también me sentí avergonzado por mi defensa tan vehemente del porro equivocado, de modo que le ofrecí disculpas, aduciendo torpemente (peor la disculpa que la culpa) que yo de marihuana sé más bien poco.

Pero revisemos el origen de esta confusión tan trivial: el error, creo yo, provino de mi comentario, como quiera que sobraba el adjetivo “colombiano”, ya que, como se afirmó anteriormente, el porro es colombiano por antonomasia. No obstante, llama la atención que el diccionario de la RAE no traiga en ninguna de sus acepciones de porro la de (se me ocurre en este instante): festivo aire musical del Caribe colombiano, resultado del sincretismo cultural indígena, africano y europeo, arraigado en la cuenca del río Sinú (¡ah, caramba!). Y en cambio sí trae en su tercera acepción la de: cigarrillo liado, de marihuana, o de hachís mezclado con tabaco”. Comprensible, entonces, la afirmación de la jovencita (que sus razones tendría para ponderar el porro californiano), y el equivocado era yo pues de esos porros desconozco, no tanto por mi virtud cardinal de la templanza, que la tengo escasa (debo confesar que me gusta el aguardiente antioqueño) sino porque nunca me la ofrecieron, y ahora, con medio siglo de vida encima, no voy a empezar a fumarla.

¡Ah! pero el porro sabanero ...... ese si es una delicia para los oídos, un elíxir para alegrar el alma, un resorte que pone en movimiento hasta las caderas de un tullido. El porro puede ser “tapao” o “palitiao”, o bien fusionado con la cumbia, con la salsa dura y aun con el jazz, como esa  descarga magistral denominada “Mondongo” (diez minutos de sabor), compuesta, si no estoy mal, por Francisco Paredes e interpretada por los “Corraleros de Majagual”. No en vano las tierras Sinuanas, y en general las playas de  nuestro Caribe, han exportado grandes jazzistas iniciados en los sabrosos rítmos costeños como  Justo Almario, Jorge E. Fadul, Julio Arnedo (el padre), Joe Madrid, Armando Manrique (Manricura) y Gabriel Rondón, entre otros músicos del litoral atlántico. En fin, podría extenderme en prosa profana e inútil citando piezas como Carmen de Bolivar -de Lucho Bermudez-Micaela y la puerca -de Luis Carlos Meyer-, el pájaro picón, quiero amanecer y golfo de Morrosquillo -interpretados por don Pedro Laza y sus Pelayeros-, mi cafetal, don Eliseo o el vaquero. Mas es lo cierto que la música, como el amor,  no están para ser definidos sino para disfrutarlos con el corazón y los sentidos. De modo que comparto con mis queridos colegas peatones un porro que me gusta mucho: "La vaca vieja" de Clímaco Sarmiento, pieza musical interpretada por la orquesta venezolana Billos Caracas boys. Canta Cheo García.

Así las cosas, teniendo en cuenta que en la “Torre de Babel” hispanoamericana, uno nunca sabe si pisa culebra o pisa bejuco, aclaro, para que nadie se llame a engaño, que NO HAY NADA COMO EL PORRO, a secas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Peligros de la acera o el riesgo de ser peatón




Ayer caí en una alcantarilla. Era cuestión de tiempo. “Cosa de esperarse en cualquier momento”, me dijo mi adorada Inés Elvira con ese fatalismo dramático de los que tienen la razón. “Como si te hiciera falta caminar del timbo al tambo teniendo el carro guardado en la casa”, me reprochó remachando el clavo cuando le narré el incidente. De nada valió mostrarle la rodilla raspada, el pantalón de buen paño echado a perder y la dignidad, literalmente, revolcada por el piso. “Bien hecho, para que aprendas a no andar por ahí caminando distraído como un zombi”, sentenció doña Inés sin conmiseración. Digo mal. Si la tuvo después del regaño.
Pero resulta que caminar es mi única fuente de inspiración, mi forma particular (y barata) de catarsis. Como sea, lo cierto es que un peatón siempre está expuesto a los riesgos inherentes a su condición pedestre: atraco, alcantarilla abierta, abono orgánico de origen animal, aire contaminado, agua lluvia (¿ácida?), atropellamiento por cuenta de bicicleta, moto, carro, bus o camión (y conste que sólo se anotan los riesgos comenzados por la letra a), qué sé yo. Las aceras bogotanas, producto de nuestra desarticulada arquitectura urbana, son verdaderas pistas de obstáculos donde el peatón se enfrenta a desniveles, salientes, gradas, alcantarillas mal tapadas, bolardos, adoquines sueltos (que lanzan chisguetes de barro), en fin, trampas que pueden llegar a ser mortales para los ciudadanos, que, como este que les escribe, circulan de buena fe por la calle. Así pues, cuando se transita por las orillas enlosadas de la vía pública, uno siente como si estuviera subiendo y bajando sin rumbo por las escaleras imposibles de un grabado de M.C. Escher.
Por otra parte, el encanto de caminar en la ciudad compensa con largueza los riesgos referidos. Como en el cuento de las escaleras para subir de espaldas (el de Cortázar), hay cosas que sólo se dejan ver de los que viajan a pie. Hay portentos que no se pueden ver desde el vidrio panorámico del automóvil o la ventanilla del autobús. Hay satisfacciones, como la de poderles contar estas bobadas, que sólo se obtienen merced a la impenitente costumbre de andar a pie. Con frecuencia me detengo frente a los horrorosos edificios-vitrina de los “Gym-spa” para observar el mito de Sísifo que se materializa en las muchachas que caminan de prisa sobre una banda sinfín que no les permite avanzar por más esfuerzo que hagan. Pobres. Ellas, a su vez, me miran a través de la vitrina y piensan que soy miserable por estar afuera aguantando frío y respirando el esmog. Pobre (dirán). Alguna vez me regalaron un bono por un mes de gimnasio que no quise utilizar por la razón inapelable de la claustrofobia. Nada que hacer. Soy un hombre de la calle.
De modo que seguiré siendo peatón a pesar de los riesgos derivados de la locomoción en dos patas, por lo menos hasta que el uso de caminar sea proscrito, mal visto e incluso sancionado por la ley penal, ya no digamos por los riesgos físicos antedichos, sino por los metafísicos que prefiguró en 1951 para el (no muy lejano) año 2052 Ray Bradbury en su inquietante cuento “el peatón”.
¡OTRA VOZ!
-Algún día arreglarán las aceras.
Afirma doña Inés con optimismo desinflado.
-Eso será por las calendas griegas.
Respondo yo.
O sea, nunca.

(créditos foto: "The hage" MC Escher, foto de Catherinesw,  www.flickr.com)

“En los llanos del setenta”, patrimonio inmaterial de la humanidad

En buena hora Unesco declaró los cantos de vaquería de los llanos de Venezuela y Colombia como patrimonio inmaterial de la humanidad. E...