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martes, 21 de octubre de 2014

Los arroyos de Barranquilla

Según la mirada de un náufrago bogotano




"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir"
Jorge Manrique



El Peatón cuenta que...

Los arroyos son mitad calle y mitad río; son, digamos, la especie anfibia de las calles; o mejor, son ríos dormidos camuflados como calles. Son, en todo caso, los agentes secretos del río madre. Durante las lluvias equinocciales, las calles de Barranquilla recuperan su vocación acuática y se despierta en ellas un instinto fluvial como respuesta al llamado atávico de la corriente. ¡Pero cuidado! este fenómeno tropical no es tan inocente como parece; el río Magdalena cobra a sus afluentes temporales un tributo de vidas humanas. Se sabe que desde la época del naufragio de los bergantines de Don Pedro Fernández de Lugo son muchos los incautos que han sido víctimas propiciatorias de este tributo infame. Mediante tal artificio, el río madre ha reclamado para sí a conquistadores españoles, amas de casa apuradas, agentes viajeros desprevenidos, amantes furtivos, niños inquietos, y borrachos envalentonados por el elixir de la dicha.

Sin darnos cuenta, los arroyos de Barranquilla acechan de forma permanente nuestras vidas precarias. Desde las alcantarillas, que son como sus agallas, nos miran pasar con algo de lástima, esperando la llegada de las lluvias para arrastrarnos con nuestros sueños y miserias hasta las aguas del río Magdalena, ávido de criaturas terrestres.

¡Ojo con esa calle que te espera con perfidia! ¡pilas con ese arroyo que te mira con lascivia de Caronte enguayabado……!

créditos foto: www.elheraldo.com

miércoles, 8 de octubre de 2014

Sopa de menudencias

De mi recetario del rebusque



Ingredientes:
Un corazón acibarado,
el hígado conservado en alcohol,
los sesos extraviados
y dos patas sin rumbo.
¿Agua? Muy poca.

Elaboración:
Se sazonan bien las menudencias con la sal de las lágrimas
y luego se escancia más licor.
A las dos horas uno se da cuenta de que la sopa se echó a perder,
como tantas cosas en la vida.
Entonces conviene encargar la comida a un restaurante Chino,
y tragar enteras las galletas de la fortuna.


créditos foto: www.flikr.com

viernes, 3 de octubre de 2014

¿A quién le interesa desalentar el uso del SITP?

(Foto: www.flickr.com)


(Foto de H. Darío Gómez A.) 


Don Enrique Santos Molano, siempre tan acertado en sus opiniones acerca del transporte público en Bogotá, nos pone de manifiesto en su artículo de hoy en EL TIEMPO las bondades del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP por su sigla).

Yo comparto su criterio en cuanto a la comodidad e higiene de los buses, la amabilidad de la mayoría de sus conductores y el hecho de no viajar espichado. Sin embargo, me aparto de su percepción idealizada en cuanto a la frecuencia puntualísimade ocho minutos. En efecto, como usuario frecuente del SITP he tenido que padecer un fenómeno que yo, malpensado como soy, atribuyo a la teoría de la conspiración.  Pareciera que los mismos operadores (a regañadientes) del sistema prestan deliberadamente un mal servicio para desalentar su uso por parte de los ciudadanos, con el fin mezquino de condenar al fracaso el modelo. Sucede que los usuarios del SITP, conocedores de las bondades que cita el periodista Santos Molano, esperamos juiciosos en los paraderos demarcados la llegada de los buses azules que, no con una frecuencia de ocho minutos, sino a veces de hasta treinta minutos, pasan impasibles sin dignarse parar en los sitios designados, pese a la señal insistente de los pasajeros que, frustrados e indignados con la tarjetica verde en la mano, los vemos pasar. Por otra parte, es inexplicable que haya tanto bus del SITP circulando por las vías (contribuyendo a los atascos) sin oficio ni beneficio, portando sendos avisos ofensivos para los pasajeros ilusorios donde se lee: EN TRANSITO (¿al limbo?).


Escuchaba hace unos días (es imposible dejar de atender las conversaciones ajenas en un bus) a unos pasajeros, quizá dueños de buses, conversar sobre la rentabilidad mensual de una buseta frente a un bus afiliado al SITP. Mientras aquella deja en metálico cinco millones de utilidad, el bus afiliado al SITP deja sólo tres millones de pesos. Es natural, porque la buseta circula sin estándares mínimos de comodidad, higiene y mantenimiento y sus conductores están sometidos a la informalidad laboral y por ende, a la guerra del centavo, mientras que el vehículo de transporte público del SITP debe cumplir con todas las normas legales. Y eso cuesta. De ahí que (afirmo a riesgo de teorizar sin mucho fundamento) a los mismos operadores del SITP les conviene prestar  un mal servicio para que las autoridades de la movilidad aborten el proyecto y se vuelva a la informalidad, al caos, en fin, a la infame guerra del centavo a expensas de la comodidad, seguridad y dignidad del sufrido pasajero. Esa es mi peregrina teoría de la conspiración en el SITP.