jueves, 18 de enero de 2018

¿Qué va del caballeroso Dr. Jekyll al horroroso señor Hyde?


Ayer nada más celebrábamos el ingreso del colombiano Yerry Mina al Barca, uno de los mejores equipos profesionales del mundo. Resaltábamos asimismo la historia de vida de Mina como ejemplo de trabajo, disciplina, en fin, de valores dignos de imitar. Hoy tenemos que registrar con vergüenza ajena el comportamiento inaceptable de otros colombianos de la Selección Colombia y jugadores del Boca Juniors, Edwin Cardona y Wilmar Barrios, acusados (ya confesos) de agredir a dos mujeres en Buenos Aires.

¿Que va de Yerry Mina a Cardona & Barrios? No en lo futbolístico, por supuesto, ya que todos son extraordinarios jugadores, sino en su comportamiento personal. ¿Cómo explicar ese contraste endémico en Colombia, esa bipolaridad que nos llena de orgullo por una parte y nos avergüenza por la otra? No soy nadie para juzgar; cada cual es uno y sus circunstancias (como dijo Ortega y Gasset), pero tengo para mí que la diferencia está cifrada en los valores inculcados con el ejemplo en el entorno familiar.


¡Que vaina, caramba, se me cayó al piso el gordito Cardona!

martes, 16 de enero de 2018

Mujer, ¿cuál es tu red?

Mujer, ¿cuál es tu red?





I. La mujer en la red
II. Mujer atrapada en la red
III. Red de la mujer
IV. Mujer que tiende la red
V. Mujer vestida con red
Mujer, ¿cuál es tu red?



I. - La mujer en la red
Mujer visible en el ciberespacio
Mujer disponible para la ciencia y para las letras
Mujer excluida de la red
Mujer emprendedora en la red
Mujer disponible en la red para el amor
con amor o sin amor
Mujer, ¿cuál es tu red?

II. - Mujer atrapada en la red
Mujer que cayó en la red de trata de personas
Mujer víctima de la red de mercaderes del cuerpo
Y del alma
Mujer atrapada en la red de mentiras
Mujer que se sobrepuso al aparejo tejido con el ardid
Y la autocompasión
Mujer, ¿cuál es tu red?

III.- Red de la mujer
Red de solidaridad con la mujer vulnerable
Y vulnerada
Red de amigas para matar el tiempo
Red de espionaje a los maridos
Red de contrabandistas de sueños
Red de apoyo a las causas sin futuro
Mujer, ¿cuál es tu red?

IV. - Mujer que tiende la red
Mujer que echa la red al agua para pescar,
Para comer
Para dar y convidar
Mujer que tiende la red para atrapar,
Para cercar,
Para sujetar, para ahogar.
Mujer, ¿cuál es tu red?

V - Mujer vestida con red
Exuberante mujer vestida con prenda de malla
Para atraer
Tímida mujer con el cabello recogido en redecilla
Para llorar
Mujer, ¿cuál es tu red?

Créditos foto: de Dora Franco style="font-style:italic;">

viernes, 22 de diciembre de 2017

Nada como el porro colombiano (a propósito de la inclusión del término vallenato por la academia de la Lengua)

Nada como el porro colombiano....

Eso comentaba yo hace unos meses en el “Salón Málaga” de Medellín mientras disfrutaba  con unos amigos una cerveza helada al calor de ese aire musical colombiano que interpretaba, a la sazón, un versátil dúo de teclado y guitarra. Una turista española me interpeló para aclararme, muy convencida ella, que el porro californiano es mucho mejor. Ofendido por la ignorancia atrevida de la muchacha en cuanto a nuestro género musical, le insistí en que el porro (como la cumbia) sólo puede ser colombiano, si bien tiene grandes intérpretes en otros países latinoamericanos. Entonces la españolita se excusó diciéndome que ella se refería a otra cosa. Yo  también me sentí avergonzado por mi defensa tan vehemente del porro equivocado, de modo que le ofrecí disculpas, aduciendo torpemente (peor la disculpa que la culpa) que yo de marihuana sé más bien poco.

Pero revisemos el origen de esta confusión tan trivial: el error, creo yo, provino de mi comentario, como quiera que sobraba el adjetivo “colombiano”, ya que, como se afirmó anteriormente, el porro es colombiano por antonomasia. No obstante, llama la atención que el diccionario de la RAE no traiga en ninguna de sus acepciones de porro la de (se me ocurre en este instante): festivo aire musical del Caribe colombiano, resultado del sincretismo cultural indígena, africano y europeo, arraigado en la cuenca del río Sinú (¡ah, caramba!). Y en cambio sí trae en su tercera acepción la de: cigarrillo liado, de marihuana, o de hachís mezclado con tabaco”. Comprensible, entonces, la afirmación de la jovencita (que sus razones tendría para ponderar el porro californiano), y el equivocado era yo pues de esos porros desconozco, no tanto por mi virtud cardinal de la templanza, que la tengo escasa (debo confesar que me gusta el aguardiente antioqueño) sino porque nunca me la ofrecieron, y ahora, con medio siglo de vida encima, no voy a empezar a fumarla.

¡Ah! pero el porro sabanero ...... ese si es una delicia para los oídos, un elíxir para alegrar el alma, un resorte que pone en movimiento hasta las caderas de un tullido. El porro puede ser “tapao” o “palitiao”, o bien fusionado con la cumbia, con la salsa dura y aun con el jazz, como esa  descarga magistral denominada “Mondongo” (diez minutos de sabor), compuesta, si no estoy mal, por Francisco Paredes e interpretada por los “Corraleros de Majagual”. No en vano las tierras Sinuanas, y en general las playas de  nuestro Caribe, han exportado grandes jazzistas iniciados en los sabrosos rítmos costeños como  Justo Almario, Jorge E. Fadul, Julio Arnedo (el padre), Joe Madrid, Armando Manrique (Manricura) y Gabriel Rondón, entre otros músicos del litoral atlántico. En fin, podría extenderme en prosa profana e inútil citando piezas como Carmen de Bolivar -de Lucho Bermudez-Micaela y la puerca -de Luis Carlos Meyer-, el pájaro picón, quiero amanecer y golfo de Morrosquillo -interpretados por don Pedro Laza y sus Pelayeros-, mi cafetal, don Eliseo o el vaquero. Mas es lo cierto que la música, como el amor,  no están para ser definidos sino para disfrutarlos con el corazón y los sentidos. De modo que comparto con mis queridos colegas peatones un porro que me gusta mucho: "La vaca vieja" de Clímaco Sarmiento, pieza musical interpretada por la orquesta venezolana Billos Caracas boys. Canta Cheo García.

Así las cosas, teniendo en cuenta que en la “Torre de Babel” hispanoamericana, uno nunca sabe si pisa culebra o pisa bejuco, aclaro, para que nadie se llame a engaño, que NO HAY NADA COMO EL PORRO, a secas.

lunes, 18 de diciembre de 2017

Peligros de la acera o el riesgo de ser peatón




Ayer caí en una alcantarilla. Era cuestión de tiempo. “Cosa de esperarse en cualquier momento”, me dijo mi adorada Inés Elvira con ese fatalismo dramático de los que tienen la razón. “Como si te hiciera falta caminar del timbo al tambo teniendo el carro guardado en la casa”, me reprochó remachando el clavo cuando le narré el incidente. De nada valió mostrarle la rodilla raspada, el pantalón de buen paño echado a perder y la dignidad, literalmente, revolcada por el piso. “Bien hecho, para que aprendas a no andar por ahí caminando distraído como un zombi”, sentenció doña Inés sin conmiseración. Digo mal. Si la tuvo después del regaño.
Pero resulta que caminar es mi única fuente de inspiración, mi forma particular (y barata) de catarsis. Como sea, lo cierto es que un peatón siempre está expuesto a los riesgos inherentes a su condición pedestre: atraco, alcantarilla abierta, abono orgánico de origen animal, aire contaminado, agua lluvia (¿ácida?), atropellamiento por cuenta de bicicleta, moto, carro, bus o camión (y conste que sólo se anotan los riesgos comenzados por la letra a), qué sé yo. Las aceras bogotanas, producto de nuestra desarticulada arquitectura urbana, son verdaderas pistas de obstáculos donde el peatón se enfrenta a desniveles, salientes, gradas, alcantarillas mal tapadas, bolardos, adoquines sueltos (que lanzan chisguetes de barro), en fin, trampas que pueden llegar a ser mortales para los ciudadanos, que, como este que les escribe, circulan de buena fe por la calle. Así pues, cuando se transita por las orillas enlosadas de la vía pública, uno siente como si estuviera subiendo y bajando sin rumbo por las escaleras imposibles de un grabado de M.C. Escher.
Por otra parte, el encanto de caminar en la ciudad compensa con largueza los riesgos referidos. Como en el cuento de las escaleras para subir de espaldas (el de Cortázar), hay cosas que sólo se dejan ver de los que viajan a pie. Hay portentos que no se pueden ver desde el vidrio panorámico del automóvil o la ventanilla del autobús. Hay satisfacciones, como la de poderles contar estas bobadas, que sólo se obtienen merced a la impenitente costumbre de andar a pie. Con frecuencia me detengo frente a los horrorosos edificios-vitrina de los “Gym-spa” para observar el mito de Sísifo que se materializa en las muchachas que caminan de prisa sobre una banda sinfín que no les permite avanzar por más esfuerzo que hagan. Pobres. Ellas, a su vez, me miran a través de la vitrina y piensan que soy miserable por estar afuera aguantando frío y respirando el esmog. Pobre (dirán). Alguna vez me regalaron un bono por un mes de gimnasio que no quise utilizar por la razón inapelable de la claustrofobia. Nada que hacer. Soy un hombre de la calle.
De modo que seguiré siendo peatón a pesar de los riesgos derivados de la locomoción en dos patas, por lo menos hasta que el uso de caminar sea proscrito, mal visto e incluso sancionado por la ley penal, ya no digamos por los riesgos físicos antedichos, sino por los metafísicos que prefiguró en 1951 para el (no muy lejano) año 2052 Ray Bradbury en su inquietante cuento “el peatón”.
¡OTRA VOZ!
-Algún día arreglarán las aceras.
Afirma doña Inés con optimismo desinflado.
-Eso será por las calendas griegas.
Respondo yo.
O sea, nunca.

(créditos foto: "The hage" MC Escher, foto de Catherinesw,  www.flickr.com)

miércoles, 13 de diciembre de 2017

No fue hurto agravado, fue un rapto de amor


Redacción El Espectador, 7 de diciembre de 2017 "En Melbourne, Australia, un sujeto ingresó a un local de venta de juguetes sexuales y raptó a la muñeca avaluada en 4.500 dólares. Las autoridades están en búsqueda del individuo"


El mundo está necesitado de amor.  Una verdad de Perogrullo que no tenemos tiempo de asimilar por estar navegando en ese mar espeso e inefable de la virtualidad. Pero cuando apagamos el dispositivo electrónico desaparece como por arte de birlibirloque el grupo de WhatsApp. Y nos quedamos completamente solos, sin amigos, sin un amor que nos comprenda como dice el bolero, es decir, en esa soledad esotérica de la tercera acepción del diccionario RAE: “Pesar y melancolía que se siente por la ausencia de  alguien”.  Ya no digamos carentes del cariño paliativo de una mascota, no por falta de disposición sino de espacio, en fin, huérfanos de afecto. 

Son muchas las razones para ser un marginado afectivo: ser pobre, feo, tímido, huraño, qué sé yo, todos los anteriores. Y ante la imposibilidad de acceder al amparo de una Teresa de Calcuta de los servicios sexuales que los provea por piedad (se han dado casos de entrega caritativa dignos de encomio), sólo queda la posibilidad de raptar una novia de hule para no llegar a la desesperación.

A riesgo de teorizar sin fundamento, barrunto que tal fue el caso del australiano que decidió hurtar una muñeca erótica en un negocio de Melbourne. Imagino que el pobre hombre se enamoró de la muchacha elástica de la vitrina del sex shop (acaso fue amor a primera vista) y planeó su delito con más pasión que inteligencia, a juzgar por su burda incursión en la tienda “sexi land”  de donde hurtó a Dorothy, “la muñeca sexual más costosa y famosa de Australia”, según señaló el despacho noticioso. En efecto, los medios de comunicación informaron que el hombre forzó la puerta del local con una cizalla, entró, y en menos de cinco minutos salió con la muchacha plástica en hombros, huyendo en una camioneta blanca. El hecho en sí, el asunto más del corazón que del código penal (aquí no sirve la criminología), quedó registrado en las cámaras de seguridad del sector, por lo que las autoridades esperan dar muy pronto con el amante desesperado.

Yo, francamente, espero que no den con él, al menos hasta que haya tenido la oportunidad de conocer mejor a Dorothy, su adorada novia de hule. En todo caso, si lo pillan, el hombre siempre podrá argüir a su favor, como atenuante, que no se trató de un hurto sino de un rapto de amor, sentimiento que, como se sabe, no tiene precio. Ni siquiera cuatro mil quinientos dólares australianos.

jueves, 7 de diciembre de 2017

“En los llanos del setenta”, patrimonio inmaterial de la humanidad


En buena hora Unesco declaró los cantos de vaquería de los llanos de Venezuela y Colombia como patrimonio inmaterial de la humanidad. El galerón llanero, que recoge en hermosos versos las rimas consonantes que terminan con la sílaba “ao” tiene, como afirmaba el maestro Guillermo Abadía Morales, la función de arrullar al ganado mientras es conducido por los vaqueros a través de las extensas llanuras cruzadas  por el Arauca, el Meta y el Orinoco, que no son ríos Venezolanos ni Colombianos sino llaneros. Porque la frontera en esa inmensidad es una convención inexistente.  Es una seguidilla de puntos y rayas en la abstracción de un mapa, innecesaria por demás para los bravos vaqueros que arrean ganado a uno y otro lado sin importar su nacionalidad.

Hay un hermoso galerón, de autor desconocido (colombiano o venezolano, lo mismo da) como corresponde consecuentemente con el entorno descrito, que tiene versiones diferentes a lo largo de   la llanura colombo-venezolana.  Se trata del canto denominado “En los llanos del setenta”, cuyos versos retratan de manera fiel la bravura del vaquero durante sus jornadas arriando ganado.  Por su extensión  me limito a transcribir de memoria los versos que aprendí  desde pequeño, acaso porque el disparate y la exageración que nos hacen reír son más elocuentes en la mente de un niño que la prosa aburrida y trascendente. El curioso lector sabrá perdonar alguna omisión o error de la memoria que, en todo caso, como dijera Borges, es una secreta corrección.

En los llanos del setenta
(Galerón llanero, fragmento)
(…)Yo le dije al mayordomo
que me tenía contratao:
écheme ese toro ajuera
del espinazo bragao
hijo de la vaca mora 
y el toro rabipelao
pa sacarle aquí una suerte
con esta señora al lao.
Al animal me le abrí
con el trapo desdoblao;
le saqué cuarenta lances
y lo dejé arrodillao (...)
Y el mayordomo me dijo:
Usté ya vendrá almorzao;
yo le dije al mayordomo:
Apenas desayunao:
Cuatro platos de cuchuco
Un almú de maíz tostao,
Tres tazas de güevos tibios
 una ración de pescao,
Tres costillas de marrano
Y una totuma e´cacao.
Si me lo dan lo trago
Y si no, aguanto callao,
Me llaman el cuarenta muelas
Y a nadien las he mostrao
Y si las llegare a mostrar
Juera el sol clisao,
la luna chorriando sangre
y el mundo todo trocao:
las nubes echando chispas,
los cerros envolcanaos,
las lagunas de parriba
y los ríos evaporaos,
los astros todos regüeltos
y el mesmo Dios asustao
(…)"
Y estos son los versos que me vinieron a la memoria justo ahora que Unesco, en buena hora, declaró los cantos de vaquería de los llanos colombo-venezolanos como patrimonio inmaterial de la humanidad

martes, 28 de noviembre de 2017

Juego de palabras


Yo, francamente, supe hasta hace pocos años que el juego de palabras que  utilizaba mi padre por chacota, para ponernos a pensar, se llama jitanjáfora.  Es una figura gramatical que trastoca de manera deliberada las palabras que la conforman para obtener un significado absurdo. Este artificio retórico aprovecha convenientemente el disparate y, en tal virtud, es caro a los niños que lo disfrutan más que la aburrida gramática. Según los entendidos, “una variante de este recurso vanguardista, consiste en alterar la morfología de las palabras dislocando sus morfemas y pasándolos a otras palabras adyacentes”. ¡Ah, caramba!  

En nuestra querida patria, un viejito que como estadista fue buen escritor (en su gobierno perdimos a Panamá mientras el rimaba de lo lindo), por buen nombre José Manuel Marroquín (1827-1908),  cultivó el juego de palabras en la modalidad antedicha. De su puño y letra es conocida la siguiente jitanjáfora:

La Serenata

“ Ahora que los ladros perran,
ahora que los cantos gallan,
ahora que, albando la toca,
las altas suenas campanan,

y que los rebuznos burran
y que los gorjeos pájaran  
y que los silbos serenan
y que los gruños marranan,

y que la aurorada rosa
los extensos doros campa,
perlando líquidos viertas
cual yo lágrimo derramas,

yo, fritando de tirito,
si bien el abrasa almada,
vengo a suspirar mis lanzos
ventano de tus debajas.

Tú, en tanto, duerma tranquiles
en tu camada regala,
ingratándote así, burla,
de las amas del que te ansia.

¡Oh, ventánate a tu asoma!
¡Oh, persiane un poco la abra,
y suspire los recibos
que este pecho exhalo amanta!

Ven, endecha las escuchas
en que mi exhala se alma
y que un milicio de músicas
me flauta con su acompaña.

En tinieblo de las medias
de esta madruga oscurada,
ven y haz miradar tus brillas
a fin de angustiar mis calmas.

Estas tus arcas son cejos
con que, flechando disparas,
Cupido pecha mi hiero
y ante tus postras me planta;

tus estrellos son dos ojas,
tus rosos son unas labias,
tus perles son como dientas,
tu palme como una talla;

tu cisno es como el de un cuelle
un garganto tu alabastra,
tus tornos hechos a brazo,
tu reinar como el de una anda.

Y por eso horo a estas vengas
a rejar junto a tus cantas
y a suspirar mis exhalos
ventano de tus debajas"


Así cantaba Calixto
a las ventanas de Carmen,
de Carmen, que, desdeñosa,
ni aun se acuerda de olvidarle....”

Esto de hablar trastocado resulta útil a los políticos para confundir a sus electores. Quizás el viejito Marroquín ya lo había descubierto hace más de un siglo. ¿Cuándo tendremos líderes diligentes y probos?


Quizás cuando los maullos gaten. Mientras tanto me quedaré acá panoreando el contemplama.

“En los llanos del setenta”, patrimonio inmaterial de la humanidad

En buena hora Unesco declaró los cantos de vaquería de los llanos de Venezuela y Colombia como patrimonio inmaterial de la humanidad. E...