lunes, 22 de mayo de 2017

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.”
Walt Whitman


Irene & Cia.

Una muchacha que se llama Irene y hace las mejores empanadas del mundo, redondas y abultadas como su útero adolescente; y generosas en el relleno, igual que la carne sutil de la vida que se aloja como un tesoro sagrado en su vientre. Y su madre, Berenice, que las vende en los puentes del Transmilenio columpiando un canasto y haciéndole el quite a los policías. Y su abuela, por buen nombre Veneranda, matrona diligente que protege con ternura a Irenita de los ogros y alimañas que se crían en el asfalto; e Irenita, su hija, retoño ojiazul como su padre conscripto y princesita del bosque de hormigón armado.








Elías

Un tal Elías, joven ojizarco e imberbe que por no tener con qué pagar el impuesto de guerra, paga el servicio militar en veinticuatro cuotas mensuales de sacrificio, capaz de dar la vida sin contraprestación alguna por el Statu quo, es decir, por los politicastros, generales y burócratas y, cómo no, por los inversionistas dueños del gran almacén que le niega a Irene (su compañera) la venta de empanadas cerca de sus puertas elegantes e inaccesibles para la pobrería. 


“Porque en Colombia los héroes si existen”.

 créditos fotos: www.flickr.com

martes, 9 de mayo de 2017

El Biblocarrito R 4 de Laura y Arco

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(Laura y el Biblocarrito R 4 en FILBO 2017. Foto de H: Darío Gómez A)


El 6 de mayo de 2017 no había nada nuevo que ver en la Feria Internacional del Libro de Bogotá. Sin embargo, me dio por visitarla para perderme en la muchedumbre que asistió el sábado de marras. Una pulsión extraña invadió mi índole solitaria, obligándome a mutar temporalmente en hombre-masa,  al menos hasta que recuperé mi individualidad después de abandonar la turbamulta.

En cualquier caso, mi arrebato masoquista  tuvo su compensación,  pues entre la multitud de noveleros pude rescatar un tesoro extraordinario: una curiosa biblioteca rodante montada en un viejo Renault 4

¿Qué colombiano, mayor de treinta años, puede decir sin llamarse a engaño que no lleva en el alma un Renault 4? Ninguno. En efecto, el simpático carrito de origen francés es la esencia misma de la colombianidad, aunque suene paradójico. Curioso eso de recordar un vehículo como a un ser querido. Pero aquello del recuerdo es tan subjetivo que a veces comenzamos a creer con Heine, el poeta, que somos el sueño de un Dios adormecido por el vino y que cuando despierte desapareceremos sin saber que hemos existido. Ahora bien, si el vehículo en cuestión es, además, una biblioteca ambulante, el asunto adquiere un tinte épico.

No menos encantadora es la pareja de jóvenes (Laura y Arco) que concibió y llevó a cabo el proyecto de llevar la cultura y el entretenimiento del libro a las comunidades con dificultad de acceso al sistema de bibliotecas públicas, en los ejidos de la ciudad.

El biblocarrito R4, como lo llaman sus dueños con cariño, trajo a mi memoria la película “Trafic” de Jacques Tatí, cuyo personaje central es precisamente una furgoneta Renault 4, algo surrealista,  diseñada por el inefable Sr. Hulot para contener en su habitáculo diminuto una casa con todas sus instalaciones y servicios. Pues bien, el biblocarrito de Laura y Arco, menos surrealista si se quiere, contiene, sin embargo, toda una biblioteca, es decir, el universo para entregarlo a domicilio a los lectores que habitan los márgenes de nuestra frenética ciudad. Cómo no enamorarse uno del biblocarrito R 4.

Invito, pues, a los visitantes de la pata al suelo a colaborar con la gesta cultural de Laura y Arco donando libros. Para contactarlos, escribir a: arcodgv@gmail.com

Vale

viernes, 28 de abril de 2017

La France en Colombie en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, 2017

(Pabellón de Francia en FILBO 2017)
Monsieur Laforêt:
Yo recuerdo, cuando era niño, que esperaba con ansia loca e interesada, cómo no, la llegada de los tíos ricos que venían del extranjero a visitarnos durante las festividades decembrinas. Desde la víspera me figuraba la cantidad de regalos que traerían para ponerme, para jugar, para comer. La ansiedad no me dejaba dormir. Mas cuando destapaba los traídos (como le decimos por acá a los obsequios), me invadía la desilusión. Los regalos nunca correspondían a mis expectativas. Soy un desagradecido, lo sé.
Este año volví a tener la misma sensación en la Feria del Libro de Bogotá, con Francia como país invitado de honor: tenía muchas expectativas. Soy de una curiosidad sin límites. Imaginaba una combinación  de muestras del país galo con sus personas del común, el libro de Proust En busca del tiempo perdido, la sopa de cebolla, su música, Juana de Arco, el Tour de Francia que pronto será de Nairo Quintana, en fin, quizás una instalación recreando a Cuasimodo, el jorobado, en la catedral de Notre Dame, y su creador, el gran Victor Hugo, una muestra gráfica con la historia de la resistencia francesa durante la ocupación nazi,  los colaboracionistas, Vichy, una pequeña réplica de la torre Eiffell por qué no, mayo de 1968, Camus, qué sé yo. Incluso esperaba mucho menos, aún en el marco de dos efemérides tan importantes como la celebración de los treinta años de la feria del libro de Bogotá y el cacareado Año Colombia- Francia 2017.
Pero la realidad fue otra. Me encontré con un pabellón frío, vacío, sin imágenes casuales, ya no digamos icónicas, que le permitiesen al ciudadano de a pie sentirse un poquito en Francia sin necesidad de comprar el costosísimo pasaje en euros para visitarla. Ninguna muestra gastronómica, ningún libro emblemático. Sólo hallé dos espacios mal decorados con canastas fruteras de plástico -qué horror- para la venta de libros, uno de literatura infantil y juvenil, otro de generalidades que pueden apreciarse mejor y de manera más cómoda en la librería francesa de la calle noventa y cinco sin tener que pagar boleta de entrada. Me pareció, digámoslo francamente, mezquina  la exhibición del invitado de honor del presente año, contrastada por ejemplo con la presencia generosa, colorida, enjundiosa y amable de otros invitados con menos alcurnia como Ecuador.

Acaso primó la soberbia de aquel invitado rico y encopetado que piensa que, dada la humildad del anfitrión, no vale la brega llevarle un buen presente, como quiera que  a su juicio utilitario, éste se contentará con cualquier cosa. Una vez más se cumple aquel dicho de que el pobre no repara en gastos y da lo mejor de sí, en tanto que el rico es pichicato. 

Pero no se ofenda monsieur Laforêt si digo estas cosas, porque como ya lo dije, soy desagradecido.

miércoles, 5 de abril de 2017

Guía zurda de Cartagena de Indias


(Plazoleta Benkos Biohó en la Matuna, Cartagena de Indias. Foto de El Universal)
(el peatón haciendo una foto por encargo, Cartagena de Indias. Foto de I.E.B)


Poca cosa podría agregarse a una nueva guía turística de la muy noble y leal Cartagena de Indias que no se haya registrado en las glamurosas publicaciones oficiales. Salvo que fuera una guía alternativa, subterránea, en fin, una guía zurda de la ciudad, como la que propongo al despistado lector. Mas, para lograr ese cometido tan poco ortodoxo, es menester salirse de la ciudad amurallada y recorrer a física pata los barrios periféricos de Getsemaní, la Matuna y el Cabrero.

Empezaré por la Matuna, barrio abogadil y comercial que debe su vocación al hecho de haber alojado en su seno la estación del tren, cuando en Cartagena había tren.  Cuando en Colombia había tren. Porque lo hubo, así mis compatriotas nacidos durante los últimos cuarenta años no conozcan ni siquiera los vestigios. Se me dirá, sin embargo, que en Bogotá existe el tren turístico de la Sabana y que en el Magdalena medio rueda un incipiente y obsoleto tren de carga, o que un tren de trocha ancha lleva hasta Puerto Bolivar los carbones del Cerrejón. Pero resulta que esos no son trenes. Son apenas fantasmas anacrónicos. Lo cierto es que circulan de manera precaria en vías fragmentadas que ni siquiera se pueden interconectar unas con otras. Como sea, en Colombia no hay tren porque lo desaparecieron los mafiosos del transporte por carretera. Pero esa es harina de otro costal. Y es del barrio la Matuna, en Cartagena, que vamos a hablar. Disculpen la digresión.

Hay en la Matuna una plaza adornada con jardines discretos, que lleva por buen nombre, plazoleta Benkos Biohó. Allí conviven democráticamente, es decir, sin distingos sociales, la majestad de la justicia y la sordidez del cafetín. En efecto, en el costado sur, justo al lado de la sede departamental del Consejo Superior de la Judicatura está la Terraza salsera, Donde Rafa, quizá el mejor sitio para escuchar salsa brava en Cartagena. Tal vez por eso, y por el estado tan delicado de nuestra rama judicial, me gusta pensar que la premisa democrática de marras podría ser más bien la siguiente: en la plazoleta Benkos Biohó conviven sin distingos sociales la sordidez de la justicia y la majestad del cafetín.

No por modesta la terraza salsera de Rafa carece de dignidad. Tanto es así, que se da el lujo de limitar el ingreso a ciertos personajes. La prueba de lo dicho está adosada a la pared de la entrada, consistente en un aviso que prohíbe de manera explícita el ingreso de emboladores, vendedores de chance, pedigüeños y timadores. En ese orden. Como el aviso no impide taxativamente la entrada de abogados, me atreví a penetrar cautivado por la estupenda selección musical, no sin antes preguntarle a Rafa si mi condición de letrado cabía en su interpretación libérrima de timadores. El buen hombre sonrió con ganas y me respondió:

- no hombe que va! si así fuera no tendría clientela-

En la esquina noroccidental de la plaza, en el edificio Comodoro, hay un restaurante chino, el Dragón King, donde sirven el mejor Chow Fan que he probado en mi vida, coronado por exquisitas lonjas de cerdo agridulce dispuestas sobre el arroz frito como las cartas de una baraja. El lugar es agradable, fresco, higiénico, y si bien los precios son un poco altos para su categoría, la calidad de la comida y la generosidad de las porciones compensan con largueza la inversión. Es un sitio para conocedores. Nadie que se haya sentado a manteles en el Dragón King podrá hablar mal de su cocina.

Alguna vez, con ocasión del ejercicio profesional tuve que alojarme en el Hotel del Lago, ubicado en el costado norte de la plazoleta en cuestión. El Stil Cartagena (como se llama ahora que es de mejor familia) es el típico hotel para agentes viajeros y funcionarios oficiales en misión: sobrio, cómodo, limpio, sin ínfulas y a la medida del congruo presupuesto del viajero laboral. Fue hace casi treinta años cuando tuve que viajar a Cartagena por encargo de mi padre para iniciar la sucesión intestada de un tío que poseía en vida, en común y proindiviso con mi padre, un apartamento en el Laguito. Esa fue la única vez que litigué, pero la experiencia kafkiana en los estrados judiciales de Cartagena fue tan traumática que no volví a hacerlo nunca. Imagínense a un cachaco litigando en la costa caribe, ya no digamos un habitante de tierra firme nadando en ese mar picado y repleto de tiburones. De modo que, cansado de tanto tejemaneje, sustituí el poder en el doctor Ayola Cabarcas, abogado local que Dios guarde por siempre, y me dirigí a la Terraza salsera de Rafa para disfrutar con unas frías la sabrosura del sexteto de Joe Cuba (Jimmy Sabater y Cheo Feliciano incluidos). 

El resto de los viáticos que me dio mi padre para la gestión encomendada se fueron en pagar las cuentas del Dragón King y la Terraza salsera. Cuando mucho alcanzó para liquidar la cuenta del Lago antes de mi regreso al altiplano.

Con todo, me gustaba más el antiguo nombre del hotel: hotel del Lago, que cifraba el mote en su cercanía al lago de Chambacú, a la altura del fuerte San Miguel de Chambacú, en la Avenida Playa Pedregosa. Por lo demás, el nombre insulso de Stil Cartagena no me dice nada.

Epílogo: El curioso lector se habrá preguntado acerca del nombre de la plazoleta Benkos Biohó. Pues bien, esta que es una historia interesante. Ocurre que Benkos Biohó fue un negro cimarrón, valiente e indomable, que acaudilló la rebelión de los esclavos en la Cartagena del siglo XVII, escapando del yugo español para fundar el pueblo libre de San Basilio de Palenque. Acaso fue la influencia libertaria de  Biohó la que me indujo a despojarme para siempre de los expedientes judiciales.

(Escultura de Benkos Biohó, Foto de El Universal)

lunes, 30 de enero de 2017

Mi vieja Olivetti

Si bien es claro que no debemos desarrollar apego por los bienes materiales a riesgo de parecer mezquinos, hay algunas cosas, ciertos objetos inanimados que adquieren  por fuerza del uso que les damos una connotación especial en nuestro corazón.  Algo parecido al cariño. Eso pasa con los zapatos viejos, algún juguete de la infancia, una que otra prenda de vestir, y, cómo no, para los nacidos hasta los años setentas del siglo pasado, pasa con  la máquina de escribir.
(Foto www.google.com)

Para los adultos jóvenes de hoy (ni qué decir los niños y adolescentes), la máquina de escribir es un curioso anacronismo del que no vale la pena ocuparse. Sin embargo a nosotros, los adultos de edad mediana, la máquina de escribir siempre nos suscitará una enorme simpatía. Tal le pasó a  mi amigo Pacho, quien me envió hace unos días la foto de una máquina de escribir que encontró en la oficina de un pueblito cercano a Bogotá, con una nota perentoria sobre la necesidad de escribir una crónica acerca de la máquina ídem, esto es, de escribir. Nada que hacer, somos unos nostálgicos.

Y acá me tienen  trayendo a la memoria mi vieja Olivetti para complacer a Pacho y de paso hacerle un homenaje póstumo a la máquina en cuestión, acaso para reivindicarme con ella después del abandono infame al que la sometí, hecho que evidencia una vez más que la raza humana es ingrata y desmemoriada.

La Olivetti de marras llegó a nuestras vidas siendo ya una máquina jubilada, es decir, después de su vida laboral en el departamento de contabilidad de Panauto donde también trabajó y se pensionó la tía Stella luego de elaborar incontables (es una ironía) notas contables e innumerables balances con estados de pérdidas y ganancias de la empresa de don Emilio Urrea, conocido dandi bogotano, polista y exalcalde de Bogotá. Pues bien, en tales circunstancias y gracias a la donación de la tía Stella, la pobre Olivetti tuvo que continuar su  vida laboral al servicio de la “chuzografía” bidactilar de mis hermanos y yo, en desarrollo de las tareas escolares. Quizás la finísima máquina italiana, hecha para ser usada por expertas dactilógrafas o avezados mecanógrafos, nunca pensó terminar sus días envilecida soportando los dedos inexpertos de unos mocosos. Pero así es la vida. Y de las tareas escolares pasó a las faenas universitarias, fue cómplice de mis primeros escritos literarios, hasta culminar sus días arrumada en el cuarto de San Alejo.  Sin embargo siempre cumplió su oficio a cabalidad, a pesar de haber perdido en el transcurso del tiempo y del abuso la tecla de la letra eñe, fundamental en nuestra lengua. Con todo, esa falencia fue suplida por la letra ene, sobre la cual añadíamos con esfero de tinta negra, ya en la hoja mecanografiada, una pequeña rayita en forma de ese acostada.  Imperdonables fueron nuestros olvidos de la rayita en la palabra año.

Mas  es lo cierto que como dice el Eclesiastés, “todo es vanidad e ingratitud”, de manera que con el advenimiento de los procesadores de palabra dotados con memoria virtual a prueba de equivocaciones, la vieja Olivetti entró en el camino sin retorno de la obsolescencia, quedando relegada al rincón del polvo y el olvido (otra ironía de la memoria) como quedó dicho, hasta que un día se la llevó el chatarrero a un destino incierto y sin el consuelo del último adiós.

Epílogo: a veces, cuando visito el mercado de las pulgas del centro de la ciudad y encuentro exhibida una vieja Olivetti como la mía, le miro las teclas por si acaso le falta la de la letra eñe, con la ilusión de un reencuentro para resarcirla en algo por mi ingratitud.

jueves, 19 de enero de 2017

El oficio de inmortalizar el paraíso de papel festón



No soy nadie para juzgar virtudes, pero sé reconocerlas. Lo anterior, sin perjuicio de mi desconfianza patológica de los filántropos de cartón piedra, y mi repugnancia por la manida responsabilidad social empresarial que se preocupa más del fariseísmo mediático que del impacto efectivo de sus obritas de caridad.

Aprecio, eso sí, las historias de vida de los héroes insospechados que, por clandestinos y comunes, son inocentes de su propia grandeza. De tal índole es la historia de un sujeto que conocí en mi breve exilio de hace unos años, que tenía por oficio en su país de origen la ornamentación en metal. Sin embargo, los fines de semana el sujeto en cuestión hacía por encargo videos (acaso no muy profesionales) de bautizos, matrimonios y primeras comuniones en los barrios populares de su ciudad caribeña. Este buen hombre me decía con candorosa socarronería que su trabajo ocasional consistía en inmortalizar para sus clientes el paraíso de papel festón alquilado por horas en un salón comunal. 

Se me ocurre que un ciudadano que filma a destajo y por unos pocos pesos la dicha (siempre tan efímera) para que sus protagonistas puedan prolongarla hasta el infinito reproduciéndola en su humilde cuartito de pensión, tiene que ser, insisto en ello, una persona de bien. Y así cunden los ejemplos, como el de la muchacha que tararea baladas mientras vende en la calle el diario de la tarde, o el hombre que silba al tiempo que escarba con cuidado para rescatar  de nuestra basura las botellas de vino, ya escanciado, las cajas de cartón que alojaban nuestras pertenencias sin estrenar y las letras de los periódicos ya leídos, en fin, cosas así...

miércoles, 4 de enero de 2017

Pequeña narración intrascendente para iniciar el nuevo año




Tuve el privilegio de recibir el nuevo año en los inmensurables campos de Boyacá, al arrullo del canto de los pájaros y el silbido del viento en los robledales. Pero sobre todo, con la tranquilidad de no tener la cobertura de “Claro”. O al menos tenerla muy esquiva, circunstancia que me permitió reírme de algunos sujetos que caminaban sin concierto, a campo traviesa, buscando la señal con el aparatico en la mano como si fueran rabdomantes en busca de una fuente subterránea de agua. Me impresionó su desasosiego, su ansiedad por conectarse con el mundo virtual haciendo ojos ciegos y oídos sordos al mundo real, a su entorno bucólico. Y la verdad, me parecieron algo patéticos.

Por contraste, se cruzó en mi camino una dulce viejecita que cargaba con dificultad una pesada bolsa. La saludé y me contó, sin preguntárselo, que venía de comprar el maíz para sus gallinas. Es decir, había caminado con su carga cerca de dos kilómetros desde la única tienda del sector para satisfacer una necesidad apremiante: el alimento de sus animalitos. Ofrecí ayudarle con la talega, pero me dijo que ya estaba llegando a su destino. Nos despedimos, y yo me quedé pensando en la mezquindad de nuestras prioridades. Entonces me pareció más grande, más digna, más hermosa que nunca esa campesina que asume cada día la vida con estoicismo digno de imitar.

Héroes insospechados y clandestinos

“Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más grandes de la historia.” Walt Whitman Irene & Cia. Una muchac...