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jueves, 14 de julio de 2016

Misa de seis p.m. en La Candelaria (de pequeñas narraciones intrascendentes)

(Iglesia de La Candelaria, Bogotá. Foto de www.bogotatravelguide.com)

El Peatón cuenta que…

Aunque no soy un hombre religioso, me atrae el ambiente conventual de las iglesias, tan propicio para la reflexión en medio de la demencia colectiva de la ciudad. Consecuente con lo anterior, ayer entré a la Iglesia de la Candelaria (serían las cinco y cincuenta de la tarde) atraído por los cantos gregorianos que provenían de su interior. Era la música de fondo que ponen los padres Agustinos Recoletos Descalzos para que los feligreses y los turistas, cómo no, puedan apreciar mejor y en un contexto, digamos religioso, las obras de arte colonial que adornan el templo.

Me senté en una de las primeras bancas para admirar el espíritu barroco plasmado en las tallas de madera y en los frescos del techo, recién restaurados, cuando el vigilante, un muchacho peluqueado al estilo militar y con uniforme de gala, me interrumpió amablemente para pedirme el favor de hacer la primera lectura en la misa de seis, a punto de empezar. Me explicó, sin yo pedirlo, que requería mi apoyo ante la tardanza del lector habitual. Es digno de atención el hecho de que el buen hombre viera en mí un espíritu piadoso capaz de transmitir la palabra a los seis feligreses que a la sazón habían acudido a la misa, de modo que acepté de buen grado el encargo, más todavía cuando en el fondo siempre he tenido la secreta ilusión de hablar en público, ser locutor de radio o animador de programas de concurso.

A nadie extrañará, después de lo anterior, que me hubiera posesionado del encargo con la solemnidad requerida para la ocasión. El muchacho de marras me acompañó al atril y me indicó la primera lectura, que para ese día era del libro del Profeta Isaías (7, 1-9). Estaba memorizando en silencio los nombres (Acaz, hijo de Yotán, hijo de Ozías. Rasín, rey de Damasco, y Pecaj, hijo de Romelía, etc) para no tartamudear al momento de mi debut en voz alta, y ya me imaginaba al público (seis almas como quedó dicho) extasiado con el tono de mi voz grave y trascendente, cuando vi que entraba a grandes pasos, casi corriendo, un hombre mayor con aspecto abogadil, de traje y corbata que, sin lugar a dudas, se dirigía hacia mí. Cuando llegó hasta el atril, el sujeto me apartó sin mediar palabra, y sólo atinó a decir:

-venga acá ese libro, yo soy el lector de la palabra.

En otras circunstancias me hubiera retirado sin ofrecer resistencia, pero me ofendió tanto su grosería pestilente que decidí dar la pelea, como suele decirse. Además, la lectura del Profeta Isaías había inspirado mi espíritu batallador, como cuando llegó al heredero de David la noticia de que los sirios acampaban en Efraín, prestos a atacar a Jerusalén. Así que decidí creer en los designios del Señor: “Si no creéis no subsistiréis”. Y yo creí.

-ya tengo preparada la lectura, y procederé en consecuencia- le dije – usted puede leer el salmo responsorial, si quiere – concreté.

Y de inmediato recuperé el libro ante la mirada incrédula del lector oficial, que tampoco era una pera en dulce, acaso de la estirpe ultraconservadora de San Ezequiel Moreno Díaz, el Agustino Recoleto defensor de Cristo Rey, que en la Guerra de los mil días predicó de manera virulenta en contra de los liberales impíos. Lo grave del asunto es que siendo yo del linaje liberal de Rafael Uribe Uribe, prócer, paladín y mártir, el asunto del libro adquirió un tinte de guerra santa.

A esta altura del incidente (serían las seis en punto), el sacerdote no había salido aún a dar la misa, pero el pobre vigilante que me había pedido el favor de hacer la lectura se veía abochornado por la contienda bíblica, si cabe la analogía. El muchacho se me acercó y me rogó retirarme del atril para evitar que lo regañaran, o lo que es mucho peor, que lo sancionaran por el suceso.

ese señor es malgeniado y me puede acusar con el padre – reiteró angustiado.

Las razones del más débil, ya se sabe, deben ser tenidas en cuenta, de manera que en aras de proteger el empleo del muchacho decidí claudicar, renunciando así a mi futuro como lector sagrado.

Quién no puede decir que hubiera sido para mí el principio de una vida piadosa.



martes, 5 de julio de 2016

La experiencia que hace verdaderos sabios

(Humedal de la Conejera, Bogotá, D.C., Foto de H. Darío Gómez A)


Comparto con ustedes dos poemas que considero paralelos, aunque escritos en hemisferios diferentes.

Sus autores son dos poetas contemporáneos entre sí, que tienen en común la facultad de hallar en los seres aparentemente insignificantes y en las cosas pequeñas, la grandeza del universo: Atahualpa Yupanqui y Harry Martinson, argentino y sueco respectivamente.

Ambos poemas son, a mi juicio, el epítome de la sabiduría que regalan los años sólo a los hombres inteligentes. Juzguen ustedes el paralelo.

Los ejes de mi carreta, (A. Yupanqui)

"Porque no engraso los ejes
Me llaman abandona'o ...
Si a mi me gusta que suenen,
¿Pa qué los quiero engrasaos ?

E demasiado aburrido
seguir y seguir la huella,
demasiado largo el camino
sin nada que me entretenga.

No necesito silencio.
Yo no tengo en qué pensar.
Tenía, pero hace tiempo,
ahura ya no pienso mas.

Los ejes de mi carreta
nunca los voy a engrasar... "


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Así de sencillo, (H. Martinson)

"La gente estaba indignada con el viejo del molino por el musgo que cubría la rueda del molino.
Lo llamaban ruinoso verdor.
El viejo del molino los dejaba estar.
Pensaba: de todos modos pronto descansaré en mi tumba.
Y cada generación tiene su propio musgo
que sin embargo, al final, juzga inútil defender, como yo
" (...)

Si no, podría haberles dicho que es bueno que el musgo cubra una rueda de molino de madera,
eso impide que la sequedad la agriete y la raje.

Así de sencillas suelen ser las cosas, todas aquellas cosas que uno en silencio sabe, pero sobre las que considera inútil hablar."

miércoles, 22 de junio de 2016

Vida, pasión y muerte de un ponqué Ramo




Pocos maridajes tan afortunados en la vida como el ponqué Ramo con leche. Si acaso se le acercan -y muy de lejos- la mogolla chicharrona con Pony malta, o el buñuelo con kumis. Quizá sean los recuerdos de la infancia que idealizan ciertas golosinas, pero lo cierto es que no cambiaría, pongamos por caso, un roscón caliente con gaseosa en la puerta de una panadería por un filete de congrio a las finas hierbas con vino blanco en La mar. 

¡Ah!, pero el ponqué Ramo con leche…

En fin, debo confesar que tengo gustos que resultan harto extraños a mi edad. Los viernes por la noche me gusta llegar a la casa, enfundarme en la cama para releer mi colección de cuentos de Tintín, provisto de un vaso de leche y un ponqué Ramo. No me canso de admirar los  dibujos perfectos de Hergé  donde el nivel de detalle de los objetos, sobre todo de los automóviles, es alucinante. ¿Qué me dicen del Buick Super 1.949 rojo conducido por el Doctor Müller -el maloso- en Tintín en el país del oro negro?. Extraordinario. Es como si levitara poderoso e ingrávido sobre el desierto.

Otra maravilla para los sentidos es el ponqué Ramo, como quedó dicho. La tajada debe ser perfecta, consistente, sin que se desmorone al más leve contacto con la leche como sucede, por ejemplo, con las burdas imitaciones del Éxito.

El caso es que nadie en mi casa osa interrumpir esa licencia, esa pequeña satisfacción sensual que no dura más de media hora. Pequeña dicha que me he ganado merced a mi escasa proclividad a otros excesos.

No obstante, el viernes pasado ocurrió una contingencia que afectó negativamente mi rito lácteo y banal. Sucedió esto: consciente de que se habían agotado mis existencias de ponqué Ramo, tuve la previsión de comprar uno antes de abordar el Transmilenio con rumbo a la casa. Lo adquirí en una tienda cercana a la oficina donde el dependiente, conocedor de mi ponqueramodependencia, me despachó el más fresco.

Sabido es que al finalizar la tarde resulta imposible viajar sentado en cualquier transporte urbano masivo. Sin embargo -eran las seis y cuarto-, aún estaba a tiempo para tomar el primer expreso de la noche que no viene tan lleno. De tal suerte, me apresté para ingresar entre el primer grupo de pasajeros de la estación y ganar así el nicho del bus donde se ubican los cochecitos de los bebés, espacio que está ni mandado hacer para contener mi enorme humanidad junto con su delicadísima carga de golosinas. Gané, en efecto, el nicho, y me acomodé de tal manera que la talega quedó a salvo de los apretones. Estaba satisfecho al saber mi tesoro indemne, porque como ya dije, no concibo un ponqué desmoronado. En tal circunstancia se echaría a perder, quedando útil sólo para alimento de los copetones que visitan mi antejardín. Reconozco que soy rígido en este sentido y un poco obsesivo, si se quiere. Cuando hago las compras en el supermercado, siempre le entrego al empacador el ponqué en último lugar, y le pido que no me lo envuelva con los demás víveres para evitar que se convierta en harina al contacto con su dureza o su peso excesivo. Soy así, ¡qué le vamos a hacer!.

Pero volvamos al  Transmilenio. Me encontraba a mis anchas en el articulado, y estando a cuarenta minutos de la casa ya me figuraba arrellanado en mi cama disfrutando ese manjar. Imaginé la leche escalando con lascivia las moléculas impolutas del ponqué exquisitamente horneado, y esa deliciosa impresión de ternura sempiterna en el paladar que sólo se consigue con una torta de tres leches bien elaborada. Una fiesta de los sentidos. Mas, todo sueño tiene su duro despertar, de manera que me espabilé cuando una dulce anciana que estaba sentada en la silla azul, al lado de mi refugio, se ofreció a llevarme el paquete.  Le dije que no, que muchas gracias, que así estaba bien, pero la viejecita insistió tanto, que me dio pena defraudar su necesidad de sentirse útil entre tanto trabajador cansado por la dura faena diaria.

Le entregué a regañadientes mi ponqué Ramo. Ella puso la talega en el regazo, lo cual me infundió algo de tranquilidad. Rodábamos por la avenida Caracas a la altura de Chapinero cuando el articulado frenó intempestivamente, de modo que la bolsa plástica se deslizó por la falda de la señora hasta quedar suspendida en la caída de sus piernas. Menos mal ella la tenía bien asida por las orejas. Suspiré. Con todo, mi alivio fue momentáneo porque la bolsa que colgaba entre las rodillas de la ancianita y el bastidor que separa el nicho de las sillas azules comenzó a golpear el armazón con cada movimiento del vehículo. En este momento del viaje ya estaba  sudando por la ansiedad.

Hice un primer inventario de las pérdidas: a juzgar por el aspecto de la bolsa, era probable que el ponqué se hubiera estropeado en un veinte por ciento. Se trataba de una avería simple, aunque el riesgo era inminente -por utilizar la jerga técnica de los transportadores-. Sin embargo, todavía era posible salvar el resto de la carga,  de suerte que le pedí a mi “auxiliadora” el paquete que en mala hora le encomendé, haciendo una pequeña reverencia de agradecimiento. No obstante la mujer se negó con tozudez, aduciendo:

-       Pero señor, si aún no se puede bajar; este expreso sólo se detiene en “Alcalá”. Tranquilo que la bolsa no me estorba. Yo se la sigo llevando. - agregó contundente.

No fui capaz de insistir. Soy ante todo un caballero. Empero, la dama debió notar la inquietud en mi semblante porque de inmediato devolvió el paquete a su regazo y en seguida me miró. Yo aprobé su prevención con una sonrisa. Pensé -con más candor que sentido común- que si continuaban así las cosas no habría que temer otra circunstancia que pusiera en peligro mi preciada mercancía.

Pero en la estación de Los Héroes el vehículo hizo un giro inesperado que empujó a una muchacha que estaba de pie junto a la anciana, con tan mala suerte que la jovencita en cuestión fue a parar sobre las piernas de esta. Consideré que había llegado el fin. Sin embargo la viejita, haciendo gala de buenos reflejos, había alcanzado a hacerle el quite poniendo a salvo mi bolsa. La alzó victoriosa para mostrármela. Suspiré de nuevo.

Fui un tonto al pensar que allí acabarían las tribulaciones de mi viaje tan accidentado. Sucedió,  pues, que faltando unas cuadras para llegar a mi estación de destino –yo estaba satisfecho con mi salvamento-, la muchacha de marras reacomodó su mochila que acaso le estorbaba mucho, conque la protectora de mi tesoro, muy acomedida, no tuvo ningún problema en recibirle el morral y descargarlo con todo su peso sobre mis ponqués, machacando hasta la última migaja.

Al llegar a la parada de Alcalá le recibí a la señora la talega macilenta en que había convertido mi encargo. Agradecí sinceramente su buena voluntad, y salí del bus sin atreverme a mirar el contenido.

Luego me senté en una banca del parque, junto a la estación, abrí con estoicismo el empaque y esparcí en el piso, para deleite de los pájaros, las moléculas de ponqué Ramo que nunca serían acariciadas por la leche tibia en mi paladar.

 créditos foto: de Elecktrampa, www.flickr.com