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lunes, 24 de agosto de 2015

Simpatía por los pequeños timadores



"Podemos llegar a tener, sin embargo, una concepción aceptable del asunto, si definimos, no la cosa en sí, el timo, sino al hombre como un animal que tima"
Edgar Allan Poe, ("El timo considerado como una de las ciencias exactas")

A riesgo de ser denunciado como apologista del timo por algún ciudadano decente, debo confesar que simpatizo con los pequeños timadores. Y conste en el acta que lo digo en mi condición de víctima del ilícito. Evidentemente no me refiero a los banqueros o a ciertos políticos, pues tales especímenes pertenecen a las grandes ligas del timo según lo denunció Edgar Allan Poe hace más de un rato. Hago referencia a los estafadores al detal, a los “chichipatos”, si se quiere, -para utilizar un adjetivo más coloquial-, quienes sólo cuentan con su creatividad como insumo para desempeñar el oficio.

Ahora bien, ni siquiera estoy seguro de que el sujeto del cual les hablaré a continuación sea realmente un timador. Lo digo porque el verdadero estafador aprovecha el ánimo de lucro fácil de su víctima, que actúa como un catalizador para perfeccionar el delito. Los ejemplos cunden dolorosamente en Colombia, de modo que no vale la pena hurgar heridas sin restañar.

En mi caso el sujeto en cuestión apeló a mi ego, amén de mi solidaridad parroquiana. Pasaba yo por la Clínica de la Fundación Santa Fe, en el norte de la ciudad, cuando fui abordado por un hombre joven vestido con sudadera, cachucha deportiva, lentes oscuros y tenis de marca, que me recitó el siguiente libreto: 

Doctor, que gusto me da verlo de nuevo, hace días que no va por el club a jugar golf. 

Aquí es donde el tipo invocó mi ego como dije anteriormente, pues, ni soy doctor, ni le jalo al golf, ni pertenezco a ningún club, a no ser el de hipertensos de la EPS. Sin embargo, me halagó mucho que el hombre me confundiera con un cacao, porque eso sí: no seremos ricos pero sí de buena familia, como decía mi abuela con candor vergonzante. De manera que notifiqué al personaje sobre su error, pero él lejos de rendirse, me dijo que actualmente era caddie en un club de golf, y que seguramente me conocía de otro club, tal vez uno de tenis, donde también había sido recogebolas. Le insistí en que el único deporte que practico es el baloncesto, disciplina que se juega modestamente en los parques de barrio compartiendo la cancha en común y pro indiviso con los aficionados al micro fútbol. Pero resulta que otra virtud del timador es la persistencia; así que el hombre me ofreció disculpas por la confusión, y allí mismo soltó su carga de profundidad trayendo a colación la solidaridad deportiva con el fin de pedirme un aporte, en metálico, para ayudarlo a pagar la cuenta del hospital donde tenía, según él, una hija internada.

Como no era la primera vez que el tipo asaltaba mi buena fe de samaritano con tan peregrino relato, lo enteré de la situación, y le dije que no estaba dispuesto a caer nuevamente en su vil treta; pero que lejos de denunciarlo en público para su escarmiento, lo dejaría en paz como gesto de simpatía por su buena interpretación teatral. Le sugerí, eso sí, que escogiera mejor a sus víctimas, y que no se llamara a engaño con todos los prospectos que visten de paño y corbata, porque como andan las cosas por los lados de Usaquén, la mayoría de ellos pertenece a la escolta de personajones de la política o del jet set vernáculo. Por su bien lo previne para que no se le ocurriera molestar a tipos peluqueados al estilo Schuller, con gafas oscuras, corbata rosada, anillo con rubí y esclava de plata con el escudo de la Patria en la mano derecha. Esos son los más peligrosos, le dije. Los demás, somos trabajadores de clase media obligados a lucir traje de dos piezas a manera de overol para el trajín de la oficina.

El sujeto me miró con perplejidad y se alejó para abordar a otro prospecto más propicio.

jueves, 13 de agosto de 2015

Décima del 13 de agosto

(foto de Univalle)

Ahora mismo se me ocurre
que perdonar es un don santo;
olvidar no da para tanto
aún más si la ofensa recurre.
Si el criminal el bulto escurre
y al juez penal no comparece
la verdad, a mí me parece,
será de nuevo traicionada.
Garzón, tu muerte no se olvida,
menos tu vida, que renace.
Darío Gómez

lunes, 10 de agosto de 2015

No es la realidad nacional, es sólo lucha libre!!!

(foto: portal colombia)

La luz vs las tinieblas, el yin y el yang, en fin, la dialéctica de la lucha libre, y, al final, la síntesis: como en los westerns de John Wayne, el bueno siempre gana. Así era antes.
"Guía zurda de Bogotá VII". H. Darío Gómez A.

De un lado están los técnicos, o sea, los buenos. Del otro, los rudos, es decir, los malos. Y en la mitad del ring, un juez venal que toma partido descaradamente por los rudos. No es la realidad nacional, es sólo lucha libre por relevos en el Palacio de los Deportes de Bogotá. Y ante ese maniqueísmo tan básico del espectáculo mexicano triple A, que sólo admite el bien y el mal, llama la atención que muchos asistentes le apuesten a los rudos.
En la esquina de los técnicos aparecen Aerostar y Ludxor luciendo sus cuerpos atléticos enfundados en sendas capas impecables, pavoneándose ante un público femenino más bien apático. En la otra esquina, la de los rudos, se devela un obeso que dice llamarse el Apache, acompañado por un hombre descamisado con pantalón verde reflectivo con el alias de Australian suicide, que ataca de manera artera al buen Ludxor que no ha terminado de saludar al respetable. No contento con eso, le rompe en la cabeza una silla, ante la mirada impasible, casi complaciente del juez de la pelea, un gordo malencarado con el pelo oxigenado y peinado con una cresta. Una vez en el suelo, el pobre Ludxor sufre el castigo de una "quebradora" que le aplica el Apache en relevo de Australian suicide, que sale del cuadrilátero a responder con gestos obscenos los abucheos del público. Entretanto, Aerostar se ve impedido para entrar en auxilio de Ludxor, pues el juez no autoriza su ingreso al ring. Impotente, ve cómo castigan a su compañero, al cual podría librar de su suerte adversa con una patada voladora o con una “doble Nelson”, pero no. El gordo de la cresta oxigenada, impartiendo su justicia de bolsillo no lo permite. Parece ser que hoy sólo están de moda los rudos. 

Cuando yo era pequeño, en la Arena Bogotá, era impensable que ganaran los malos. La miel del triunfo era para los técnicos, para los que cumplían las reglas del juego con la rigidez de una sentencia: el Tigre colombiano, el Jaguar, qué sé yo. Lo cierto es que, a despecho de mi alma de niño, este sábado 8 de agosto de 2015 el triunfo fue para los malos. Parece que toca ir acostumbrándose a las nuevas tendencias en la lucha libre y en la vida.