Google+ Badge

miércoles, 8 de octubre de 2014

Sopa de menudencias

De mi recetario del rebusque



Ingredientes:
Un corazón acibarado,
el hígado conservado en alcohol,
los sesos extraviados
y dos patas sin rumbo.
¿Agua? Muy poca.

Elaboración:
Se sazonan bien las menudencias con la sal de las lágrimas
y luego se escancia más licor.
A las dos horas uno se da cuenta de que la sopa se echó a perder,
como tantas cosas en la vida.
Entonces conviene encargar la comida a un restaurante Chino,
y tragar enteras las galletas de la fortuna.


créditos foto: www.flikr.com

viernes, 3 de octubre de 2014

¿A quién le interesa desalentar el uso del SITP?

(Foto: www.flickr.com)


(Foto de H. Darío Gómez A.) 


Don Enrique Santos Molano, siempre tan acertado en sus opiniones acerca del transporte público en Bogotá, nos pone de manifiesto en su artículo de hoy en EL TIEMPO las bondades del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP por su sigla).

Yo comparto su criterio en cuanto a la comodidad e higiene de los buses, la amabilidad de la mayoría de sus conductores y el hecho de no viajar espichado. Sin embargo, me aparto de su percepción idealizada en cuanto a la frecuencia puntualísimade ocho minutos. En efecto, como usuario frecuente del SITP he tenido que padecer un fenómeno que yo, malpensado como soy, atribuyo a la teoría de la conspiración.  Pareciera que los mismos operadores (a regañadientes) del sistema prestan deliberadamente un mal servicio para desalentar su uso por parte de los ciudadanos, con el fin mezquino de condenar al fracaso el modelo. Sucede que los usuarios del SITP, conocedores de las bondades que cita el periodista Santos Molano, esperamos juiciosos en los paraderos demarcados la llegada de los buses azules que, no con una frecuencia de ocho minutos, sino a veces de hasta treinta minutos, pasan impasibles sin dignarse parar en los sitios designados, pese a la señal insistente de los pasajeros que, frustrados e indignados con la tarjetica verde en la mano, los vemos pasar. Por otra parte, es inexplicable que haya tanto bus del SITP circulando por las vías (contribuyendo a los atascos) sin oficio ni beneficio, portando sendos avisos ofensivos para los pasajeros ilusorios donde se lee: EN TRANSITO (¿al limbo?).


Escuchaba hace unos días (es imposible dejar de atender las conversaciones ajenas en un bus) a unos pasajeros, quizá dueños de buses, conversar sobre la rentabilidad mensual de una buseta frente a un bus afiliado al SITP. Mientras aquella deja en metálico cinco millones de utilidad, el bus afiliado al SITP deja sólo tres millones de pesos. Es natural, porque la buseta circula sin estándares mínimos de comodidad, higiene y mantenimiento y sus conductores están sometidos a la informalidad laboral y por ende, a la guerra del centavo, mientras que el vehículo de transporte público del SITP debe cumplir con todas las normas legales. Y eso cuesta. De ahí que (afirmo a riesgo de teorizar sin mucho fundamento) a los mismos operadores del SITP les conviene prestar  un mal servicio para que las autoridades de la movilidad aborten el proyecto y se vuelva a la informalidad, al caos, en fin, a la infame guerra del centavo a expensas de la comodidad, seguridad y dignidad del sufrido pasajero. Esa es mi peregrina teoría de la conspiración en el SITP.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Untándose de naturaleza por los humedales


(Humedal de Córdoba, Bogotá, D.C. Foto de H. Darío Gómez A.)

"Coronaba los montes y las altas cumbres la infinita gente que corría la tierra, encontrándose los unos con los otros; porque salían del valle de Ubaque y toda aquella tierra con la gente de la sabana grande de Bogotá, comenzaban la estación desde la Laguna de Ubaque. La gente de Guatavita y toda la demás de aquellos valles, y los que venían de la jurisdicción de Tunja, vasallos de Ramiriquí, la comenzaban desde la laguna grande de Guatavita; por manera que estos santuarios se habían de visitar dos veces. Solía durar la fuerza de esta fiesta veinte días y más, conforme el tiempo daba lugar, con grandes ritos y ceremonias; y en particular tenían uno de donde le venía al Demonio su granjería, demás que todo lo que se hacía era en su servicio."
Don Juan Rodríguez Freyle, tomado de "El Carnero"


Soy un caminante inveterado e impenitente perdido en una ciudad de ocho millones de almas; o como decía San Agustín, soy un peregrino en tránsito. Conozco sus rincones más sórdidos (con nombres tan sugestivos como “Cinco huecos” “el Bronx” o “la calle del Cartucho”); pero también domino su rostro aséptico y elegante, un poco insípido para mi gusto, enmarcado por las zonas de moda que conforman el abecedario de Bogotá: zona G para los “gourmets” amantes del buen comer, zona T para los bares de la gente “light”, zona C para los intelectuales de La Candelaria, zona U para los diletantes de Usaquén, qué sé yo, zona R para quienes ven la vida color de rosa.

Pero a mi modo de ver, el encanto de una ciudad reside más en lo que esconde que en lo que pretende mostrar. Ella sólo revela sus secretos al caminante curioso. En el amor, como en la vida, hay que saber porfiar y se obtendrán resultados halagüeños. Sucede que no obstante nuestra estupidez  endémica, Bogotá no ha sucumbido todavía a la contaminación y al vértigo. En su seno aloja (quien lo creyera) trece humedales, es decir, trece ecosistemas intermedios entre el ambiente acuático y el terrestre, donde aún se crían diferentes especies de plantas, pequeños mamíferos, aves, reptiles y anfibios; donde circulan los sueños sin restricción de placa. Estos humedales han sobrevivido al crecimiento desordenado de la ciudad, y subsisten precariamente a pesar de nosotros, los descendientes de los Muiscas adoradores del agua, primigenios habitantes de la sabana de Bacatá. Y es que los bogotanos, a pesar de ser anfibios parientes de las ranas (según el génesis de nuestros ancestros indígenas), cometimos el pecado original de olvidar el amor al agua. Por eso invito a los naturales y, como no, a los turistas, a conocer los humedales y recuperar así la tradición de nuestros ancestros de purificar el alma visitando los cuerpos de agua, costumbre que, paradójicamente, se conocía como “correr la tierra”.

Es preciso recordar que para disfrutar los humedales hay que tener respeto por la naturaleza y capacidad de asombro. Quizá sólo entonces podamos recuperar nuestra fascinación por el paraíso perdido. Desde luego los humedales de Bogotá, como tantos tesoros de mi ciudad, no aparecen en las guías turísticas. Pero eso no es raro, porque los humedales se encuentran en otra latitud, lejos de las tiendas de marca, del esnob y del esmog. Vale.