jueves, 21 de agosto de 2014

Canción de la polilla

Por: H. Darío Gómez A.


 Polilla / Moth por jmrobledo

Vivo en el armario del hombre, trabajando su perdición.
Me alimento con la ropa que disimula su falible coraza
y con los trajes que ocultan su alma hecha jirones.
Soy el artesano del agujero y el promotor del parche,
el terror de los pliegues invisibles donde se esconden
los humores de la dicha y el espanto.
Soy el mensajero que anticipa la ruina con discreción roñosa,
con la demora de quien, inmune a la naftalina, disfruta el daño infligido
deshaciendo, hebra por hebra, las costuras de la existencia.

(Foto de JMRobledo, www.flickr.com)

viernes, 15 de agosto de 2014

Mis otras mujeres amadas III (Lucy Fabery)

Tarde llegó a mi vida Lucy Fabery. Cuando escuché por primera vez (hace apenas unos meses) a la “muñeca de Chocolate”, es decir, a la tierna edad de cincuenta y dos años, me reproché por haber pasado toda una vida sin conocer a la reina del feeling puertorriqueño. Porque desde niño, merced a la afición musical de mi padre, siempre estuve acompañado de mujeres cantantes, cuyas hermosas voces emergían de las carátulas de los discos que enseñaban sin pudor sus rostros retocados y sus escotes provocativos. Así me enamoré de Blanca Rosa Gil, la señora de la canción cubana, y de la glamurosa dama peruana, Chabuca Granda, la flor de la canela, por citar sólo un par de ejemplos.

Mas es lo cierto que mejor tarde que nunca, de modo que desde que conocí a Lucy Fabery no he hecho otra cosa que disfrutar su exquisita compañía para deleite de mi alma. Y digo del alma más que del oído, porque el feeling, hermano del soul, no se agota en el sentimiento, sino que trasciende las entrañas. Lo mismo pasa con el blues y con la palabra saudade, ese sentimiento único que escapa a cualquier definición pero nunca a los sentidos. Esgrimo como prueba inapelable de lo dicho, los testimonios contundentes de la bossa nova y el fado. Pero ese es otro cuento.

Volviendo a Lucy Fabery, debo mencionar que es, a mi juicio, la mejor exponente viva de esa fusión extraordinaria entre los ritmos del jazz y del bolero, acompañada de orquestas con formato de “Big band”, como la de Humberto Ramírez, gran trompetista de Puerto Rico.

Escuchémosla acompañada de Humberto Ramírez y su Jazz Orchestra.





viernes, 8 de agosto de 2014

Mis otras mujeres amadas II (Toña la Negra)

Afirmaba yo sin rubor en un post escrito hace meses, que aparte de las mujeres adoradas de mi vida (esposa, hija y hermanas), tengo un catálogo importante de mujeres amadas. Todas ellas son, a manera de un harén cantor, las que me acompañan en la intimidad de mi sala de música y lectura. La lista supera treinta nombres que adornan a sus dueñas, quienes a la fecha oscilarían entre los sesenta y los ciento dos años de edad (si aún vivieran). Una de estas mujeres amadas, la primera de mi lista, es Toña La Negra.

Esta mujer extraordinaria es (porque sigue viva en sus canciones) una hija del Caribe mexicano. Nacida en Veracruz en el año del señor de 1912, respiró desde niña el aire cadencioso de los ritmos afro caribeños. Me refiero al son jarocho, al danzón, a la marimba, qué sé yo, a la rumba. Sería interesante indagar por qué el Caribe geográfico y cultural (desde Veracruz hasta la desembocadura del río Orinoco, en Venezuela, pasando por el rosario de islas caribeñas conocidas como las Antillas) concibió la música más sabrosa y alegre del mundo. Quizás se deba al mestizaje afortunado de los hijos de tres continentes, que encontraron en el sincretismo cultural una expresión liberadora, una catarsis para destruir al demonio del infortunio. Y todo ese matalotaje de fuerza creadora se evidencia en la voz potente de Toña La Negra. Como mestizo americano, me siento orgulloso de esta herencia.


Pero la cadencia de mi cantante predilecta no hubiera brillado tanto sin las letras de otro gigante veracruzano de apellido Lara, por buen nombre Agustín. Y ni qué decir tengo de las orquestas de gran formato que acompañaron de manera estupenda sus canciones: Lecuona, Alfredo Girón, Pepe Arévalo y sus mulatos, Luis Arcaráz, en fin, la Sonora Matancera, amén de otros acompañamientos de menor formato, no por ello menos deleitables.

Escuchemos, pues, a la inolvidable Toña La Negra.