martes, 21 de diciembre de 2010

Tipología del cafre bogotano I



“…conozco al tramposo cuando oigo su idioma, al monje en el hábito y al pillo en la broma, conozco en el velo a la monja así mismo, y el vino en el vaso cuando otro lo toma. Lo conozco todo, excepto a mi mismo.”
Balada sobre mínimos temas, Francois Villon

Para que el presente escrito sea políticamente correcto, conviene decir que no todos los bogotanos somos cafres. Eso es evidente. Más aún, somos reconocidos como personas amables. Pero que los hay, los hay, y lamentablemente nos dejan a los demás capitalinos como un zapato. Sobre todo en estos tiempos en que no cunde la solidaridad -fenómeno típico de las grandes ciudades-. No en balde el maestro Darío Echandía sentenció hace algo más de medio siglo que el nuestro es un país de cafres. 

De manera que como bogotanos debemos asumir  con dignidad esta condición, y si no tenemos remedio,  al menos debemos ser cafres competentes. Si usted aún no es un cafre declarado, anímese, aquí le daremos unos cuantos consejos  para que deje fluir libremente su condición inexorable.

Pero,  ¿qué es un cafre? o mejor, ¿quién es cafre?.  El Diccionario de la Real Academia Española  trae varias acepciones, mas  nos quedamos con la tercera, por ser la que se ajusta al cafre bogotano: “cafre. 3 adj. zafio y rústico”.  Es decir, un tipo grosero y falto de tacto en su comportamiento.  Sin lugar a dudas nuestro cafre no es bárbaro y cruel en exceso como reza la segunda acepción del RAE, ya que si lo fuera, se convertiría en criminal violento o en político corrupto,  como algunos que infortunadamente habitan nuestra patria mancillada.  Pero  ciertamente el personaje en cuestión es zafio y rústico.

El cafre bogotano no es en esencia un mal sujeto. Digamos más bien que es un tipo de mala leche, que, si tiene la oportunidad de ofender, estorbar, maltratar o negar la ayuda a alguien sin mayores consecuencias para la víctima, lo hace sólo por el placer efímero y estúpido de sentirse “chico malo” o de  ejercer un fugaz poder de dominación sobre el agredido. Piénsese por ejemplo en un peatón que cruza la cebra  confiado en el semáforo con luz verde que protege su integridad.  Un conductor cafre no puede dejar pasar la oportunidad de acelerar el motor varias veces al estilo de Montoya  -nuestro pretencioso corredor de autos-, para que el indefenso peatón corra asustado por su vida. ¡Ah! que placer indescriptible siente este sujeto……   Decíamos que el cafre no es esencialmente un hombre malo, pero esto no es óbice para que sus actos puedan desencadenar consecuencias graves y aun fatales para la víctima. ¿Qué tal que el peatón de marras  tropiece y caiga fracturándose el cráneo contra la acera?  En rigor, este sería un efecto colateral de la “cafrada”, que, en todo caso, no debe importarnos para el ejemplo.

La condición de  cafre no es sólo una característica de la personalidad; es, realmente, una cosmovisión, una forma de ser y de estar en el mundo. Se es cafre o no se es cafre. El cafre no concibe que “el otro”, esto es, el prójimo, se cruce en su camino sin sufrir las consecuencias de tal atrevimiento. He aquí nuestro segundo ejemplo que ilustra lo dicho:  Imaginen al conductor de un bus  que pega  monedas de quinientos pesos en la escalera de acceso  para que el pasajero se agache a rasguñar inútilmente el dinero inamovible,  pasando de la ilusión a la vergüenza  en pocos segundos, agravada por la sonrisita de satisfacción del cafre.  Supimos de una víctima burlada que, en  similar circunstancia, arrancó valientemente las monedas con un destornillador, a despecho del conductor del bus que no chistó ni pío.  Los cafres  son generalmente cobardes.

Pero no se debe confundir al cafre con el político corrupto o con el criminal violento, como se dijo más arriba. Si bien la condición de cafre es requisito previo para llegar a ser con éxito lo uno o lo otro,  el cafre raso es más modesto -“chichipato” decimos por acá- y carece de la imaginación y  de las agallas necesarias para jugar en las grandes ligas.


El cafre, evidentemente, hace cafradas. La cafrada es su manifestación y huella. Es su marca indeleble. A continuación  nos permitiremos describir algunas de las más comunes  -limitadas por ahora al ámbito de la vía pública-, que el lector de pata al suelo podrá enriquecer de manera infinita con sus propias experiencias:


Cafradas de automovilistas en general:

·      Salpicar a los peatones con el agua bendita de los charcos.
·      Orillar a los ciclistas contra la acera para que  tropiecen y caigan como justo castigo por utilizar la calzada.
·      Tener permanentemente encendidas las luces direccionales para poder cerrar a los otros automóviles impunemente.
·      Pegarse al pito -claxon dicen los cursis- para arrear al carro que está adelante  aun cuando el semáforo no haya cambiado a luz verde.
·      Echarle el carro encima al peatón que cruza la cebra, aun teniendo éste derecho a la vía y a la vida, como reza la propaganda.

Cafradas de conductores de bus en particular:

·      Arrancar, girar  y frenar violenta, e intempestivamente, para que los pasajeros se caigan o se golpeen. Esta es su forma alternativa de acomodarlos.
·      Detener el bus cinco cuadras después de haber uno anunciado la parada.
·      Arrancar sin que el pasajero haya alcanzado a bajarse. -Esta cafrada es más efectiva cuando se aplica a ancianos y a señoras con niños pequeños-.
·      Decirle al pasajero que después le entregará el vuelto -teniendo con que darlo- para que al confiado usuario se le olvide reclamarlo después de 30 cuadras de viaje.
·      Decirle a uno que la ruta sí va a donde uno preguntó,  sabiendo que no es así. -mejor todavía cuando la víctima no tiene dinero para otro pasaje-
·      Poner champeta o, peor aún, reguetón a todo volumen en la cabina.
·      Instalar siete espaldares en una banca donde sólo caben cinco traseros.
·      Obligar a siete pasajeros a sentarse en esa banca bajo la amenaza de un “varillazo” -el cafre generalmente carga varilla, o si no, aplica aquello de que “no traiga machete, aquí le damos”-
·      No darle la gana  detener el bus para recoger ancianos o discapacitados.
·      Recoger y dejar pasajeros en la mitad de la calzada -con riesgo inminente para la vida del pasajero-
·      Hacer visita con los colegas en la mitad de la vía para que no puedan pasar los otros vehículos.

Sigue la lista, hay firmas, muchas firmas.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Que Dios le conceda el doble de lo que usted me desea



"No busques que dar. Date a tí mismo" S.Agustín

En esta época de buena disposición de los corazones -a pesar de la venganza de los elementos- quiero extender a los queridos peatones que visitan este  blog la bendición que, a mi juicio, es el compendio  de los valores de empatía y alteridad:  

“QUE DIOS LE CONCEDA EL DOBLE DE LO QUE USTED ME DESEA”

Desde luego esta no es una sentencia tomada de san Agustín, sino que fue copiada de un aviso muy común -que los conductores suelen poner en las cabinas de los buses urbanos- generalmente seguido de otras advertencias no tan metafísicas y menos altruistas, como:

“NO TRAIGA MACHETE, AQUÍ LE DAMOS”

"ENTRE MÁS TIMBRE, MÁS LEJOS LO LLEVO" o,

“SI EL NIÑO ES DEL CHOFER, ENTONCES NO PAGA PASAJE”

Ahora bien, ante la andanada de palabras  trilladas y el tráfico de frases hechas, mejor comparto con ustedes  el silencio reparador, propicio para el encuentro  con la esperanza.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Campeón de baloncesto interfacultades 2010 Universidad Nacional de Colombia

Por primera vez en la historia de la "Nacho" el equipo de baloncesto de la facultad de Artes se corona campeón, arrebatándole a Ingeniería el invicto de varios años. Nuestras sinceras felicitaciones a los "pelaos", extensivas a todos los amigos del "Alma Máter", incluyendo a los distinguidos exalumnos de Artes -aunque sin limitarse a ellos- que citamos a continuación:

María José Román (jugó basquetbol), Camilo Colmenares (ex futbolista del equipo de artes), Diana Galindo (le jala al voleibol), maese Celso Román y Patricia Gómez (que si acaso jugaron parqués), Raúl Osorio (guitarra), el maestro Tigre Garzón (no es como lo pintan).

Un caluroso abrazo.

PD: Al flaco alto de los brazos cruzados -de pie en la foto-, yo le enseñé a jugar basquetbol.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Elogio del rebuscador




"Trabajando, para el pueblo, trabajandoooooo... trabajando en todo momento toda una vida me pasé yo, si usted quiere en estos momentos voy a contarle lo que hice yo. Para lograr mi mantenimiento, fui cocinero, fui pescador, fui carpintero, fui panadero, fui carretero y fui leñador...  fui comerciante, fui detallista, casamentero y enterrador, luego cartero, luego lechero, chicharronero allá en Bayamón... músico poeta y loco, de todo un poco he sido yo"
Canción "Trabajando" (Howy Lewis) cantada por Daniel Santos. Disco "Johnny y Daniel, los Distinguidos", 1.979, Fania Records.

Conviene aclarar de entrada que el rebusque no merece ningún elogio.  Porque el rebusque es sinónimo de precariedad, de opción alternativa a la falta de oportunidades y a la inequidad. Es el acicate de las autoridades para justificar el subempleo y la informalidad, para disfrazar sus estadísticas mendaces, en fin,  es el expediente al que tienen que acudir los más infortunados para no dejarse de morir de hambre.  Elogiar el rebusque sería tanto como elogiar la terapéutica ejercida desde ultratumba por el venerable José Gregorio Hernández, para curar la enfermedad.

El rebuscador, en cambio, y por supuesto la rebuscadora -en nuestro país la pobreza tiene rostro de mujer, dijo acertadamente una de ellas-, son ciudadanos, y aun menores de edad, que con su ingenio  y valentía intentan mitigar los apremios del destino. De esta suerte, los rebuscadores se suben a los buses para vender chocolates de Turquía con dudosa fecha de vencimiento, dan conciertos de arpa para amenizar los “trancones”, y narran cuentos capaces de arrancar sonrisas o lagrimones a los pasajeros abúlicos del transporte público.  Ni el Gobierno ni los empresarios avaros -no todos, desde luego- se ocupan de los rebuscadores. Pero ante su incapacidad para resolver los problemas sociales, los burócratas deciden bautizarlos. Y para tal efecto utilizan eufemismos tan ridículos como: trabajadores informales, habitantes de calle, adultos mayores, menores adultos, adolescentes en riesgo, mujeres cabeza de familia, discapacitados, “migrantes”, recicladores, “prostitución infantil”, ¡háganme el favor!, población vulnerable, y otras lindezas de tenor parecido.

Y los rebuscadores ocupan el espacio público, claro está. Tienden en los  andenes sus colchas con mercancías ordinarias, algunas candorosas, otras extravagantes; sus versiones “pirateadas” de los “best sellers” y de los estrenos cinematográficos; sus carritos adaptados para la venta de chicharrón y perros calientes, sus termos con tinto y agua aromática; sus maromas de saltimbanqui, sus canciones de Celia Cruz con karaoke y parlante de pilas, qué sé yo. Y eso ofende, es lógico, a quienes se  creen dueños del espacio público que accede a sus propiedades privadas.  De manera que llega la autoridad competente a retirar por la fuerza a los rebuscadores, con todo y sus mercancías; y acto seguido, ocupan el espacio público recién evacuado, las camionetas oficiales  de nuestros funcionarios públicos –con toda su caravana de escoltas- que duran estacionadas por horas en los sitios prohibidos, impidiendo el tránsito peatonal por las aceras -como pasa en Usaquén-, mientras ellos comen en los restaurantes de moda  por cuenta de nuestros impuestos.

Pocas veces he visto un cuadro más patético que un camión de la policía con las pertenencias decomisadas a los rebuscadores. Las bicicletas encaramadas a las malas sobre los carritos de hamburguesas lucen desamparadas sin sus dueños; las sombrillas destilan lágrimas terrosas por los pliegues de sus lonas desteñidas, y los cajones de dulces y chicles miran con desesperanza sus entresijos regados por el piso.

-“Aquí no hay oportunidad. Capacidades son las que tengo. Fíjese no más la capacidad de aguante. Pero estoy en desventaja. Cada día empezar de cero, buscando los tres golpes, si tuviera al menos el desayuno asegurado.”  -dice el vendedor del cuento de Aymer Zuluaga. Contundente.  Y eso es precisamente lo que yo elogio del rebuscador: su persistencia, su capacidad de volver a empezar cada día contra todo pronóstico, su desafío al absurdo.  Es que en Colombia “los héroes si existen”.

creditos foto: www.flickr.com

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes XIII


El peatón cuenta que...
I
No me inspiran respeto el uniforme, ni la sotana, ni la corbata "Salvatore Ferragamo". Pero cuando pasa el tren de la sabana por la avenida Ciudad de Quito con su locomotora centenaria resoplando, siento un estremecimiento reverencial que me induce a saludarlo con un torpe gesto militar que el conductor, condescendiente, me responde con su gorra tiznada de hollín, como si conociera desde siempre mi corazón de ferroviario.

II
Por las ventanas del bus destartalado se asoman las caras luminosas de los niños, cautivos en la panza del endriago de lata. El monstruo bufa y exhala su aliento negro, tal si fuera el último estertor. Entonces los niños, aturdidos, se estremecen, como intentando escapar por las heridas de un dragón agonizante.


créditos fotos: www.flickr.com, wikipedia, www.turistren.com.co

jueves, 18 de noviembre de 2010

¿Cuánto vale un Ferrari en Colombia?



Hace unos días culminó el XII Salón Internacional del Automóvil de Bogotá. Un amigo conocedor de mi fascinación pueril por los carros tuvo a bien convidarme a la exposición. No obstante, como yo sabía que la invitación era a la “americana”, esto es, cada uno pagando su entrada, la decliné, pues no estaba dispuesto a gastar lo que valen cuatro corrientazos –almuerzos populares- en un evento tan presuntuoso. Sin embargo el buen hombre, después de criticar mi tacañería, me extendió una de las dos invitaciones VIP que había conseguido para que lo acompañara.

Y allí estuvimos el sábado 13 de noviembre admirando esos juguetes costosos con la tranquilidad del voyerista que no aspira a poseer, sino únicamente a deleitarse en la contemplación de esa combinación perfecta de belleza, poder y tecnología que tienen los autos deportivos de pura raza. Porque, en efecto, mi gusto por los carros se limita a conocer todo sobre aquellos que me atraen sin que me trasnoche la frustración de no poderlos comprar. Nunca renunciaré al placer infinito de caminar. Así lo certifica el humilde utilitario que descansa burocráticamente en el garaje de mi casa esperando ser poseído los fines de semana por mis hijos adolescentes. Mas es lo cierto que mi pasión en ese sentido era tal, que a los once años de edad podía recitar de memoria las sutiles diferencias que existen entre un Chevrolet Bel Air modelo 55 y uno modelo 56.

Desde luego mi amigo y yo no perdimos el tiempo mirando los autos de calle, que al fin y al cabo se pueden apreciar en las vitrinas de la ciudad, y nos dedicamos más bien a disfrutar los deportivos de “alta gama”. Al menos yo, porque a mi acompañante lo sedujeron otras líneas, a juzgar por sus ojos desorbitados orientados sin recato hacia las modelitos del stand de Ferrari.

Pero, -¿Cuánto vale ese Ferrari 599 GTB amarillo?, -preguntamos.

Un sujeto bastante antipático nos respondió con desdén –al vernos la catadura de peatones- echándonos en la cara una cifra inverosímil pero cierta que yo, merced a mi deformación mental de investigador social, convertí a salarios mínimos:

-Ese carro vale el salario anual de 183 mensajeros sin moto… y sin Ferrari. - comenté.

Claro está que para los menos pretenciosos ofrecían un Maserati Quattroporte GTS que tiene un motor V8 de 4,7 litros, con 440 caballos de fuerza y un torque de 490 Nm a 4.950 rpm. Y por eso vale apenas lo que cuestan 430.000 litros de leche embolsada en las panaderías de nuestros barrios marginales.

Con pena ajena mi amigo me agarró del brazo para alejarme del stand, protestando por mis apreciaciones de mal gusto producto de mi resentimiento social. Entonces le respondí que, a mi juicio, resulta más impúdico transitar en un carro que vale lo mismo que cinco y medio millones de panes de a 200 pesos por las calles de una ciudad donde hay mujeres que alimentan a sus hijos bajo los puentes con una sopa hecha a base de papel periódico y agua de panela. Mi amigo asintió con desesperanza, y me lanzó esta pregunta:

-¿existe, por ventura, algún carro que usted quisiera poseer?

-Si, hay uno, -le contesté. -Un Ford Fairlane 500 Skyliner modelo 54 color marfil, con techo azul celeste panorámico, tapicería blanca con vivos azules, tablero de mandos azul celeste, motor de persecución V8 y timón color almendrado; como el que tenía mi viejo cuando yo era un niño de 8 años, finalizando los sesentas, y que rodaba sin mucho esfuerzo a 150 kilómetros por hora a través de la Autopista del Norte los domingos de paseo. 

De esa nave conservé durante algún tiempo, como reliquia y juguete, el timón de color marfil que se rompió en un aparatoso accidente sufrido por mi padre, afortunadamente sin consecuencias fatales.

-¡Usted no tiene remedio!, -sentenció mi acompañante.

Después de aquel aciago sábado 13 de noviembre de 2010 mi amigo juró no volverme a invitar nun-caen-la-vi-da a ningún evento.

Foto de: maese Celso Román. Ford Fairlane 500 1954 Skyliner con el suscrito (no precisamente de 8 añitos)

martes, 16 de noviembre de 2010

Guía zurda de Bogotá X


(Peatón cosmonauta en el Planetario Distrital. Foto de Rafael Gómez B.)


El Planetario Distrital: Un OVNI petrificado en el Parque de la Independencia

Si se mira detenidamente hacia el cosmos proyectado en la cúpula de concreto, se advertirá a simple vista que Júpiter no guarda proporción con los demás planetas del sistema solar. Luce como el grandulón insípido del curso. Sin embargo, uno percibe con alborozo que su gran mancha roja es más hermosa que la ilustrada en el libro de geografía del quinto grado.

Pero he aquí lo más prodigioso: contrariando los cálculos de abstrusos científicos, una mosca astronauta demora tan sólo cuatro segundos en recorrer las cinco unidades astronómicas que separan a Júpiter del Sol en el recinto y, ¡cosa increíble!, no se quema.

En el domo intemporal del Planetario Distrital anochece y amanece varias veces en menos de cuarenta minutos, de manera que cuando acaba la función, es como si uno saliera a la calle algunos días después, más viejo tal vez, pero indiscutiblemente más sabio.

Ahora bien, lo mejor del Planetario es, para mi gusto, su gran proyector de estrellas. Consiste en una enorme hormiga metálica que gira sobre su eje lanzando rayos luminosos -con sus centenares de ojos multicolores- hacia la bóveda celeste, desviando así la atención de sus victimas que, adormecidas, sueñan con los luceros. Yo desconfío de ese insecto descomunal, y por eso -así lo mantengan bien alimentado- de vez en cuando le echo una mirada de reojo para vigilar sus movimientos perezosos, pues no me interesa culminar mis días como ración de criatura extra terrestre. Con todo, siempre vuelvo sobre mis pasos para ejercer en el Planetario de Bogotá, mi oficio de soñador.


créditos fotos: www.barriosdebogota.com y www.flickr.com De Jaliker

domingo, 14 de noviembre de 2010

Cine novel en el teatro Leonardus



El próximo viernes 19 de noviembre a las 6:30 p.m. se presentarán en el Teatro Leonardus de Bogotá (Cra.21 No.127-23) los mejores proyectos del 2.010-1 de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional de Colombia.

Entrada gratis (cupos limitados). Se compartirá una copa de vino al final de la presentación. Los esperamos. Echen a rodar la bola peatones.

Mayor información: 320 6936312 / 300 4144794 / 314 2345019

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes XII

XILOESPERATOR


El peatón cuenta que...
En el Museo Geológico Nacional de Bogotá tienen expuesto un “Xilopalo”. Es el tronco de un árbol petrificado que, como todos los de su especie, murió de pié. Único ejemplar de un bosque sepultado hace más de cien millones de años en algún lugar de los Andes. Tal vez un alud producido por el deshielo primigenio facilitó el tránsito sosegado de sus células vegetales hacia la materia inerte. Es el epítome de la dignidad, y de la paciencia. A su lado han puesto recientemente -por no encontrar otro lugar más propicio- un “Xiloesperator”. Es el cuerpo petrificado de un jubilado que, como su nombre lo indica, murió de pié esperando en la oficina del Seguro Social el reconocimiento de su pensión. Acaso los engorrosos e inauditos trámites burocráticos catalizaron su mineralización, reemplazando con sustancia inorgánica las células que alguna vez conformaron la esperanza, manteniendo intactas, ¡Ay!, que ironía, las características más sutiles de su estructura original. Cada gesto, cada rasgo distintivo que lo hacía humano, desde la piel hasta los tuétanos. Es el compendio del estoicismo, y del sinsentido. Y allí lo tienen expuesto junto a los meteoritos que, como se sabe, son restos de estrellas fugaces que incumplieron los deseos que les fueron formulados con ilusión.

créditos foto: de Agueda 1959 www.flickr.com

jueves, 28 de octubre de 2010

Excomunión




“Aquesto dixo el ebrio una vegada
Aquesto dixo con su voz cansada
Aquesto dixo por la madrugada.
Yo dello non sé nada”

León de Greiff


Ya no quiero salvar a este mundo desdeñoso,
de modo que libero a los incautos que gané para mi causa improbable.
No les conviene tener trato con un hereje
pero aun así les digo: desconfiad, como el maestro Estanislao Zuleta,
“de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino milenario”.
Fui abogado de negocios sin futuro
con el mismo candor de San Nicolás de Tolentino
patrono de las almas en pena;
mas hoy mi vocación se desparrama
como el mercurio de un termómetro roto.
Muté en un endriago inestable,
volátil y aleatorio como un dado,
con vocación de eremita en tránsito al purgatorio.
Hoy me entrego, sin más, a la blandura perniciosa del anatema
para escándalo de la grey y complacencia del maligno.
Al fin y al cabo
“lo que es esencialmente malo jamás dejará de serlo”,
Pontifican los curas.
Me excomulgarán entonces bajo pecado mortal
como a un fétido y contaminado personaje de carnaval,
me patearán con sus botas de montar unos heraldos vestidos con sotana
y peluqueados al rape, porque así lo manda María santísima,
me caerá encima un meteorito
o me pillará la peste como a ciertos pecadores de ultramar,
quizá me aplaste en la mitad del terremoto la torre de una iglesia
como generalmente les sucede a los impíos
o moriré de aburrimiento por exceso de kilometraje y falta de esperanza.
Pasará en cualquier momento
pero en fin, cuando llegue la hora señalada ojalá me encuentre sin comulgar,
no vaya a ser que por un vislumbre de arrepentimiento postrero
tenga yo la mala pata de terminar en el paraíso
junto a los vicarios que me premiaron con la excomunión.

Créditos ilustración: www.flickr.com De Erickroer

lunes, 25 de octubre de 2010

Recetario del rebusque VIII




SALPICÓN CALENTAO

Como se dijo en el recetario anterior, don Quijote de la Mancha comía calentao en las noches. Y aunque no es mi intención banalizar el menu de este hombre extraordinario, que al fin de cuentas también era un peatón -en el sentido existencial que hemos querido darle a este blog- el salpicón de que trata el capítulo primero de la novela cervantina no es otra cosa que un guiso de sobras, un modesto calentao. Más no por ello deja de ser, a mi juicio, el más sublime de todos los platos. Con el guiso de sobras pasa como con la guisa (así se le dice por acá a una cocinera), señora de los pensamientos del Caballero de la triste figura, me refiero a una tal Aldonza Lorenzo, quien por humilde no era menos suculenta. Y si no, que le pregunten a los encopetados socios del Gun Club de Bogotá cuál es plato más famoso del restaurante de su corporación privada: el calentao. Muy seguramente estos pretenciosos sujetos, cansados de la comida equilibrada, aséptica y aburrida de sus casas, prefieren buscar por fuera un menú, digamos, más sustancioso, ya se trate del guiso o de la guisa.

Del calentao se puede predicar lo mismo que el adagio español dice acerca de la sopa: “es la dicha del pobre, que el rico muchas veces envidia”. No obstante, hay un ingrediente, una sazón especial, que el rico nunca podrá saborear: el hambre.

Sin más preámbulos, vamos directo a nuestra receta:

Ingredientes para dos personas de buen comer, o para tres haciendo un acto de fe:

(Aquí no es lo que yo diga, sino lo que hay, de modo que reemplace los ingredientes con lo disponible, he allí su imaginación)

Para el consultar el glosario, vea el Recetario del Rebusque III, post del miércoles 30 de junio de 2010

El arroz que sobró de ayer
La parte de los pimentones que aún no se ha echado a perder (bien lavada)
Una cebolla junca o cabezona, la que tenga (procurando lavarle la tierrita)
Un tomate (bien lavado)
La carne de la Costilla de res que le dió sustancia a la sopa de ayer. (si se la dió al perro, ¡paila!) Puede reemplazar con las menudencias cocinadas del pollo (hígado y corazón)
Un huevo
Aceite, dos cucharadas.
Sal y pimienta al gusto
Una pulgarada de cominos (si hay)
Las sobras que tenga (agregadas con sentido común y buen gusto, p.e. papas cocinadas, yuca, verduras, etc)

Preparación:

Corte la cebolla, el tomate y el pimenton en cuadritos medianos (si tiene más sobras ya cocinadas, como papas, yuca, verduras, etc, córtelas igual)

Pique la carne o las menudencias de pollo cocinadas (lo que tenga) en trozos pequeños.

Haga el huevo revuelto con sal y pimienta, ojalá en una cacerola “tunga” (desorejada) y estrellada contra el mundo. Esas son las que dan el mejor sabor, según las abuelas. Reserve.

Caliente el aceite en un cacharro y ponga el pimenton, la cebolla y el tomate a rehogar. Échele sal y pimienta al gusto. Cuando esté transparente la cebolla, agregue las sobras de carne o las menudencias de pollo troceadas (o ambas, si tiene), y revuelva. Agregue luego una pulgarada de cominos, y finalmente saque a bailar al arroz de ayer en el cacharro. Revuelva todos los ingredientes con enjundia hasta que el arroz vaya perdiendo su blancura insulsa y se mezclen democráticamente todos los sabores.

Finalmente divida en dos porciones el huevo revuelto, y ponga una porción encima de cada plato al momento de servir.

¡Y ahí tá, comadre!

miércoles, 20 de octubre de 2010

En Cartagena venden minutos en el celular más caro del mundo (Crónica ficticia pero factible)




El aparato, el más caro del mundo según el despacho noticioso, es un I Phone 4 Supreme Diamond Rose, que, como afirma su diseñador inglés, Stuart Hughes, cuesta ocho millones de dólares. El celular en cuestión fue comprado por un multimillonario que prefiere mantener el anonimato, no se sabe si por pudor ante su evidente extravagancia, o por temor a la codicia que pueda suscitar entre los amigos de lo ajeno.

El hecho es que el multimillonario de marras ha llegado a Cartagena de Indias con todo y su celular empedrado (porque tiene incrustados 500 diamantes que suman más de 100 kilates) en viaje de turismo sexual. Los magnates, generalmente excéntricos, tienen gustos ídem; de manera que pide a su proxeneta de confianza que le traiga una virgen de trece años. El encargo llega sin demora a la suite presidencial de su hotel de lujo ubicado dentro del “Corralito de piedra”, donde el sujeto satisface su ímpetu lascivo para dormirse luego. Pero su víctima inocente se encapricha con el juguete de lentejuelas tornasoladas que la bestia dormilona ha dejado “pagando” sobre la mesa de noche, de modo que la niña se lo embolsilla como propina adicional al salario infame del proxeneta. El multimillonario, “víctima” del hurto, no denuncia el caso por temor al escándalo mediático. Se traga en silencio su propia hiel.

Sin tener conciencia de su valor de cambio, la pequeña le obsequia el juguete de “bisutería” a su hermanito de 14 años que vende minutos a celular en el mercado de Bazurto. –“Mira, Eduaddito, te regalo ejte celulá. Tiene pepita`e colore, pero no ej de juguete. Funciona`e vedda vedda.”- le dice la niña con candor generoso. Los amigos del barrio, que trabajan en el negocio de comunicaciones al detal, le abren las bandas al juguete y le insertan la sim card de alquiler. El negrito, previsivo, le adosa una guaya de alambre que ata a su cinturón de cabuya para que no se lo vayan a robar. Y así el niño vende minutos a celular en Bazurto sin que sus clientes se lleguen a imaginar que las pepitas que ruedan por el suelo cada vez que se cae al piso el aparato, por el uso y el abuso, son diamantes de verdad. Los perros del mercado los huelen con desdén, las gallinas atadas a una columna de la galería se los tragan con indiferencia, para cagar luego con la misma indiferencia; y los muchachos de la calle patean con ganas los pocos kilates que le restan al I Phone Supreme Diamond Rose de ocho millones de dólares.

La crónica es ficticia e insustancial, si se quiere, pero los hechos que la componen son realidad: el celular diamantino, el multimillonario banal capaz de comprar un juguete ostentoso que vale lo que cuesta afiliar a cuarenta y ocho mil (si, cómo no, 48.000) niños cartageneros al sistema de salud en un año, la miseria en la periferia de la ciudad, la explotación y el abuso sexual infantil, el turismo sexual, los proxenetas, la desidia oficial, la indiferencia, la paradoja, la ironía, el absurdo.

La línea divisoria entre la crónica y la ficción es muy sutil. Con mis tijeras curiosas he recortado fragmentos de realidad para recomponerlos caprichosamente, y editar un cuadro tragicómico de los hechos. Ficticio, claro está, pero tristemente factible.

créditos foto: www.flickr.com

jueves, 30 de septiembre de 2010

“HAY GOLPES EN LA VIDA, TAN FUERTES…”




"Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!"

César Vallejo, LOS HERALDOS NEGROS


Por estos días en que aún está vigente la solidaridad con el pueblo haitiano víctima del cataclismo, con los mineros chilenos, y con las víctimas más recientes de las avalanchas en Colombia y México, así como de las inundaciones en Centroamérica y el Caribe (para no ir más lejos de nuestro gran continente americano), nos preguntamos con impotencia dónde está Dios; si es que tal vez se halla en vacancia celestial, o es que sus compromisos están sólo con los poderosos; en fin, blasfemias de índole parecida producto de nuestra rabia momentánea, pero que repiten cada mañana los olvidados de Dios con justa razón. Y permaneceremos indignados y compungidos durante unos días más, unas semanas quizás, hasta que los noticieros dejen de pasar las imágenes dramáticas de las catástrofes humanitarias y olvidemos el asunto; o nos suceda como con nuestros desplazados por la violencia, que de tanto verlos en los semáforos se nos volvieron invisibles, o se integraron al paisaje de fondo, lo cual es peor.

Pero mientras eso pasa, mientras aun tenemos a flor de piel la caridad cristiana, la solidaridad, o el sentimiento de culpa por ser tan privilegiados, o lo que sea que mueva nuestra humanidad mediática, cualquier ayuda será valiosa. De manera que toca movilizarse con los aportes humanitarios, a despecho del predicador gringo que afirmó que los haitianos tienen bien merecido su castigo por negros, por pobres, por ser comedores de tortas de barro con aceite y sal, y por pecadores, en ese orden, o todo lo contrario, que para el caso lo mismo da. Toca, digo, ser solidarios con los haitianos, con los chilenos, con los centroamericanos, con los caribeños, con los antioqueños, con los mexicanos, pero también con nuestros desplazados hermanados con aquellos por la miseria y la desesperanza, así nos consideremos inocentes de la venganza de la naturaleza o de la avaricia de nuestros gobernantes. De modo que no podemos darnos el lujo de rechazar por dignidad los cien mil pesos recaudados en el té canasta farisaico de las damas encopetadas, ni menospreciar los diez mil pesos del esfuerzo de un trabajador (que puede ser su salario de un día). Todo sirve. Hay que aprovechar que la solidaridad está de moda. Saquemos del armario y desempolvemos nuestra generosidad. Y, claro, llevémosla a pasear hasta la Cruz Roja.

Créditos foto: archivo de “El Espectador”

martes, 28 de septiembre de 2010

Cien mil "barras" por hacerle el quite a la muerte



“Tres muertos y 37 heridos dejan las corralejas de Sabanalarga (Atlántico)”
El Tiempo, septiembre 27 de 2010


Cien mil pesos. Eso le pagan en Sabanalarga a un hombre por enfrentar inerme a un toro criollo. Con tal expectativa en sus mentes -que no en sus bolsillos-, Mojica, Mercado y Castro lidiaron los toros que terminaron por matarlos. Y es que cien mil “barras” alcanzan para comprar cinco botellas de ron o para una noche de amor. Mas, no les alcanzó la suerte para cobrar el precio de su temeridad. No lograron hacerle el quite a la muerte. Acaso encomendaron sus vidas a San Antonio de Padua, patrono del pueblo en cuyo honor se realizan las corralejas, olvidando que sus favores son dignos de mejor causa: la causa matrimonial de las solteronas que lo ponen patas arriba para obligarlo a conseguirles marido.

Con la explosión inicial de un porro sabanero interpretado por la Banda “Dinastía de la Ye”, invitada al evento, Mojica, un mantero de veinte años, se le echó encima al cornudo criollo sin intentar siquiera hacerle el quite con el trapo rojo. Quizá fue la determinación ciega e insensata que produce el ron de caña o la necesidad de agradar al dueño de la ganadería, que, arrellanado en el palco como un señor feudal con su vaso de “Old Parr” en la mano y en compañía de hermosas mujeres, prometió algunos pesos de más al valiente desharrapado que le hiciera lucir al animal. Porque en las Corralejas el protagonista no es el hombre, sino el toro, salvo que aquel sea hombre muerto, ya que como dicen los entendidos, no hay Corraleja buena sin un "muñeco".

Mojica ofrendó su vida el sábado 25 de septiembre de 2010 para cumplir la cuota macabra. Mercado y Castro la cumplieron al día siguiente para solaz del palco de honor. El alcalde municipal, no se sabe si con candor o con cinismo, achacó las muertes a la embriaguez de los manteros y a su consecuente pérdida de reflejos al momento de enfrentar a los toros. ¿Pero quién en su sano juicio se le va a meter a un animal astado de más de trescientos kilos de peso?

Lo cierto es que tal espectáculo, que no dista mucho del circo romano, ha propiciado las críticas de algunos ciudadanos sensibles que consideran un despropósito la declaración de las corralejas como patrimonio cultural de la nación. Uno entiende la desazón de estas buenas personas con el hecho en cuestión, pero al fin y al cabo, imagino yo, el Ministerio de Cultura debió considerar que la corraleja representa de alguna manera nuestra forma de ser y estar en el mundo; es decir, que importa más el ganado criollo que la vida humana. No debemos olvidar que “Colombia es pasión” y así nos lo recuerda el corazón sangrante del horroroso eslogan oficial, muy de moda por estos días en las fiestas patronales de Sabanalarga (Atlántico).



Créditos fotos: Archivo de El Tiempo, Colombia es pasión

martes, 7 de septiembre de 2010

Farmacopea apocalíptica







Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: "Va a llover", y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: "Viene bochorno", y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Luc. 12, 54-59

Son “los signos de los tiempos”, digo yo, con ignorancia supina. Pero están sucediendo cosas insólitas que no sabemos explorar, al menos como lo sugiere el evangelio de Lucas. Hace apenas unas semanas los avaros más ricos o los ricos más avaros (el orden de los factores no altera el producto), anunciaron que donarán la mitad de su fortuna a los más necesitados. ¡Y ahora nos viene el meteoro! Definitivamente aquí va a pasar algo. De manera que conviene ir preparando el cuerpo y el espíritu para recibir los portentos que anuncian el fin del mundo. En efecto, el pasado domingo 5 de septiembre a las 15:15 horas (¿número cabalístico?), una “enorme bola de fuego celestial cruzó Colombia”, según dijo el Universal de México. Fue un bólido, un meteorito, un asteroide, “un cuerpo celeste precedido de una llama azul y cola anaranjada con estela de humo”, dijeron más prosaicamente los diarios locales. Lo cierto es que a las tres y cuarto de la tarde se escuchó una fuerte explosión que sacudió de su modorra dominical hasta al mismo Gobernador de Santander, quien sólo atinó a decir que: “Algo pasó. No tenemos claro. Hay muchas conjeturas; yo mismo escuché el golpe, una explosión muy fuerte”. Y cuando algo así pasa en un país donde las únicas explosiones son de bomba terrorista, pues uno tiene serios motivos para pensar que ahora si nos llegó la hora señalada, y que de esta no nos salvará ni la “Maunífica”.

Ahora bien, como yo no tengo licencia para vender indulgencias, que son como píldoras para curar el alma insana, y además de tejas para arriba no me meto(allá ellos con su negocio), aprovecharé la ocasión para comercializar PASTILLAS ANTI-METEORO, (como lo hicieran hace 100 años los mercachifles del cometa Halley con sus píldoras anti-cometa), para mitigar, mientras llega el fin, los efectos nocivos de los prodigios que se avecinan.

He aquí mi FARMACOPEA APOCALÍPTICA que, aclaro de antemano, no está incluida en el Plan de Beneficios de la Seguridad Social:

CREMA ANTI-SELENE: Protege el cutis de los fragmentos de luna que caen de la atmósfera los domingos 5 de septiembre a las 15:15 horas. Inocuidad garantizada en las noches de plenilunio.
FILTRO ANTI-ESTELAR: Al igual que un paraguas astronómico, ofrece protección contra las ilusiones fallidas causadas por las estrellas fugaces. FACTOR 50: Contra deseos incumplidos, FACTOR 30: Contra promesas rotas, FACTOR 10: Contra suspiros
JARABE ANTI-BÓLIDO: Calma la tos producida por la “masa de materia cósmica de dimensiones apreciables a simple vista que, con la apariencia de un globo inflamado, atraviesa rápidamente la atmósfera y suele estallar y dividirse en pedazos”. Mejor dicho, lo que cayó por allá en el Cañón del Chicamocha, mano.
PASTILLAS ANTI-METEORO: Calman la acidez estomacal producida por la “modorrus interruptus” del señor Gobernador de Santander los domingos 5 de septiembre a las 15:15 horas.
UNGÜENTO HELIOS ANTI-MANCHAS: Protege al sol de las manchas solares (a este dios hay que protegerlo de si mismo).

créditos fotos: foto archivo El Tiempo y www.morguefile.com By: anitapatterson

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes XI



OFICIOS HUMILDES DE LOS ASTROS

El peatón cuenta que...

Alguna vez fueron Dioses, quién lo creyera…
Sué y Chía les decían con respeto nuestros ancestros,
Sol y Luna los nombramos prosaicamente
sus descendientes posmodernos.
El uno nos seca la ropa
y la otra nos alumbra en las noches el camino
con su linterna de plata.
Hoy nos trabajan a destajo,
sin prestaciones, ni contrato.
Avaros, les exigimos demasiado
sin ofrecer nada a cambio;
como acostumbran los amos con sus criados.

créditos foto: De Lourdes www.flickr.com

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Cursilario


Mi querida amiga Aura, cuya dulzura es directamente proporcional a su belleza, preparación e inteligencia, me escribe lo siguiente con ocasión del post "Asesinatos Prosaicos": "Sabes yo prefiero aunque cursi y dulzón la alegría de querer del fallecido Jairo Anibal Niño, creo que las pequeñas violencias suman hasta llegar a las grandes, perdona si no hago algún crimen diferente que al entusiasmo que subyace a tu prosa de asesinatos". Y le respondo diciéndole que yo también reivindico la cursilería. Es más, como dice Rodrigo Peláez, mi entrañable pariente y amigo: "El que no ha sido cursi en la vida, es porque nunca ha amado"

Y para la muestra tres botones que cosí ahora años:

LA ARITMÉTICA ES SIMPLE (1.983)

En tu cuaderno de matemáticas
uno mas uno éramos los dos,
y la división de tus onces
no tenía residuo.

La aritmética es simple,
me dijiste un día.
Hoy sólo nos resta
el recuerdo.



S.O.S (1984)

Como era un náufrago alejado de tus trenzas,
durante el recreo puse mi S.O.S. de amor
dentro de una botella de Coca-cola
y la tiré al fondo de tu pupitre.
Cuando la encontraste,
vi tu cara de sorpresa
y la felicidad con que corriste a la tienda del colegio
para cobrar el depósito.
Nunca leíste el mensaje,
sin embargo yo me quedé esperando tu rescate.



ASTRONAUTAS (1.985)

Tu y yo fuimos astronautas
girando alrededor de la vida
en nuestra nave de propulsión sanguínea
como si tal cosa.

Se agotaba el combustible
y optaste por el aterrizaje.
Pero yo seguí girando, girando, girando…

créditos foto: www.flickr.com

lunes, 30 de agosto de 2010

Asesinatos prosaicos



“Quid tam horribile, tam tetrum, quam hominis trucidatio?”
Lactancio, citado por Thomas de Quincey en el libro “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”


Nada justifica un asesinato. Por grave que sea la ofensa recibida jamás se debe ejercer la venganza privada, pues, mal que bien (más mal que bien), existe la justicia de los hombres; y cuando ésta no se aplica (lo cual sucede a menudo), nos queda el consuelo de la justicia divina y aun de la justicia poética. ¡Qué fácil es decirlo!, pero en la práctica, cuando somos víctimas de una afrenta, así sea pequeña, nos convertimos en presa fácil de la ira y con alguna frecuencia llegamos a lanzar expresiones como: ¡Yo lo mato! Por fortuna tales verbalizaciones casi nunca se llevan al terreno de los hechos y terminan simplemente en la anécdota.

Sin embargo, no son pocos los crímenes producto de la ira, la banalidad y la intolerancia. La crónica roja de los diarios vespertinos da buena cuenta de esta afirmación. Hace unos días visité en la Feria del Libro de Bogotá el stand de Fundalectura donde hallé exhibido, en el anaquel de las lecturas recomendadas para adolescentes, un libro de Max Aub titulado “Crímenes ejemplares”. Al hojear el libro quedé perplejo ya no digamos por el delicioso humor negro del autor (que ya conocía), sino por la recomendación del libro por parte de la Fundación de marras como lectura apta para adolescentes, que, como sabemos, son tan proclives a la ira y a la intolerancia. Con todo, me tranquilicé pensando que se trataba de una suerte de psicología inversa que pretendía sensibilizar a los muchachos sobre lo absurdo del asesinato, más aún por motivos tan fútiles como los citados en el libro. Ahora bien, no estoy seguro de las bondades terapéuticas que pueda conllevar la catarsis a través del “asesinato prosaico” (si se me permite el término), pues quien quita que termine uno cogiéndole gusto al asunto y decida llevarlo a la práctica.

He aquí una breve selección de los que he dado en llamar “asesinatos prosaicos” de Max Aub, (que no tienen nada que ver con los “asesinatos estéticos” incluidos en el famoso libro de Thomas de Quincey) extractados de su libro “Crímenes ejemplares”:

“Roncaba. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó: - Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo… Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no, esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento… pero enseguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido……Y no me daba la gana cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.”

“Hacía tres años que soñaba con ello: ¡estrenaba traje! Un traje clarito, como yo lo había deseado siempre. Había estado ahorrando, peso a peso, y, por fin, lo tenía. Con sus solapas nuevecitas, su pantalón bien planchado, sus valencianas sin deshilachar… Y aquel tío grande, sordo, asqueroso, quizá sin darse cuenta, dejó caer su colilla y me lo quemó: un agujero horrible, negro, con los bordes color café. Me lo eché con un tenedor. Tardó bastante en morirse.”

“Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el tollo. ¿Qué me empujó a apuntar a aquel hombre rechonchito y ridículo, con sombrero tirolés, con pluma y todo?”

“¡Tenía el cuello tan largo…!”

“Lo maté sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez”

“Era bizco y yo creí que me miraba feo. ¡Y me miraba feo! A poco aquí a cualquier desgraciado muertito lo llaman cadáver…”

“Me salpicó de arriba abajo. Eso, todavía, pase. Pero me mojó toditos los calcetines. Y eso no lo puedo consentir. Es algo que no resisto. Y, por una vez que un peatón mata a un desgraciado chofer, no vamos a poner el grito en el cielo.”



En fin, invito a los lectores de “la pata al suelo” a colaborar, si quieren, con la lista precedente de crímenes prosaicos; claro está, siempre y cuando esa catarsis les ayude a limpiar el alma de rencores y a morigerar sus instintos primarios, pues no quiero ser responsable del delito de apología del crimen.

Por mi parte contribuyo con el siguiente:

Al subir al bus, el chofer arrancó a toda velocidad sin darme tiempo para asirme a la barandilla, haciéndome golpear la cabeza con el pasamanos. Luego frenó violentamente y me estrellé contra el vidrio de la cabina. ¡Salvaje!, le grité. ¡Eso es para que se acomode!, me respondió riendo. El sujeto pataleó desesperadamente bajo el volante mientras lo ahorcaba con la correa de mi maletín.

créditos foto: www.flickr.com uno y punto

miércoles, 25 de agosto de 2010

Recetario del rebusque VII



Sopa de menudencias



Ingredientes:
Un corazón acibarado,
un hígado conservado en alcohol,
los sesos extraviados
y dos patas sin rumbo.
¿Agua? Muy poca.

Elaboración:
Se sazonan bien las menudencias con la sal de las lágrimas
y luego se escancia más licor.
A las dos horas uno se da cuenta de que la sopa se echó a perder
como tantas cosas en la vida.
Entonces conviene encargar la comida a un restaurante Chino,
y tragar enteras las galletas de la fortuna.


créditos foto: www.flikr.com

martes, 24 de agosto de 2010

Guía zurda de Bogotá IX



El Parque Nacional: Escenario de la dicha sabatina y dominical


“No me hable de negocios, compañero,
porque hoy estoy vestido de sábado,
porque hoy me estoy comiendo y bebiendo mi sábado”
(Ciro Mendía, “Fantasía para un sábado sin límites”)



Lo cierto es que la felicidad no existe. ¿Pero quién convence de tan estúpida realidad a los niños que elevan sus cometas? Se sabe que es inalcanzable, pero aun así hay padres que bautizan a sus hijos con nombres como Esperanza, Próspero, Feliza, Gloria y cosas por el estilo. Es tan solo una palabra en el diccionario, es cierto, pero los sábados en el Parque Nacional, he presenciado cosas que se le parecen. He visto, por ejemplo, padres de familia echarse a botes monte abajo con sus hijos; me consta una abuela gorda dando la “vueltacanela” ante la risa musical de sus nietos, he probado los helados de salpicón dudoso que vende una señora con delantal verde que hace juego con la primavera del parque, y he sido testigo de al menos un beso robado a la novia.

Que le vamos a hacer; soy cursi, glotón, mirón e irremediablemente enamorado de la vida. Por eso me gustan también los domingos en el parque Nacional, con sus muchachas vaporosas practicando aeróbicos, y su espacio para los cuenteros. Me gusta asimismo echar cometas contra los cables del alumbrado y verlas morir ahorcadas, para cebar mi envidia por los seres que pueden volar. Al fin y al cabo, como decía un tal Jean de la Bruyere: “Conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que entretanto nos sorprenda la muerte.”

En el corazón del parque Nacional hay una torre con un sobrio reloj suizo que, para vergüenza de sus constructores, no funciona. Es un reloj aclimatado a las alturas del trópico, donde no pelecha la exactitud cronométrica de los europeos. Está simplemente ahí, contemplando la dicha económica de los visitantes, sin ningún interés en anunciarles que el tiempo pasa y la felicidad se acaba. Para eso está el monumento de Rafael Uribe Uribe apóstol, paladín y mártir, ubicado sobre la alameda de la carrera séptima, que nos advierte que la vida es dura y que toca ofrendarla si es necesario para que valga la pena. Y al finalizar la tarde, cuando se asoma la luna sobre el cerro del Cable, parten los visitantes hacia los barrios marginales de la ciudad, cuyos candorosos nombres albergan, al igual que el limbo de los no bautizados, ilusión sin esperanza: El Edén, las Delicias, el Tesoro, la Estrella, el Pensil, etc.

Desde luego entre semana el parque Nacional también es visitado por oficinistas que a la hora del almuerzo y al amparo de Rita, la voluptuosa escultura de Grau, escriben poemas de amor que luego dejan olvidados en el bolsillo de la camisa sucia. Muy seguramente en la noche, sin quererlo, estos poetas de ocasión ahogan para siempre su tierna lírica entre el platón de la ropa en remojo. Y ni qué decir de los acalorados partidos de fútbol con bola de trapo que protagonizan los obreros de la construcción en los márgenes del río Arzobispo, o del mapa en relieve de la ciudad y sus alrededores, construido como un gigante de papel marché por algún lector de Borges aficionado a la cartografía. Cosas así pasan en el Parque Nacional.

creditos foto: www.wikipedia.org

jueves, 19 de agosto de 2010

Elogio del peatón



“Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar….. Por el ritmo podrían clasificarse los hombres…”
Fernando González, “Viaje a pie”.


El peatón es un corazón con patas. Y lo de corazón se dice en sus dos acepciones: fisiológica y lírica; esto es, músculo cardíaco y motor del alma. Lo cierto es que para caminar provechosamente es necesario tener un estado físico aceptable y el alma dispuesta a la reflexión. Si no es así, es decir, si no se camina por gusto sino por necesidad, el individuo deja de ser peatón para convertirse en un pelagatos sin automóvil (pecado venial en nuestra sociedad arribista), o lo que es peor, en un paria sin dinero ni para un pasaje de bus; en fin, un patirajado. Yo personalmente aplico a las tres condiciones mencionadas: peatón, pelagatos y paria patirrajado; pero las dos últimas dejaron de importarme hace más de un rato. De modo que disfruto con la primera condición, que me brinda el placer de caminar. 

El maestro Fernando González, mentor espiritual de los “Nadaistas”, se consideraba filósofo aficionado cuando emprendió su “Viaje a Pié” en compañía de Don Benjamín Correa. Sin embargo el morador de “Otraparte” fue, a mi modo de ver, un extraordinario filósofo (irreverente) de lo cotidiano que escribió piezas magistrales de pensamiento criollo. Por mi parte yo jamás llegaré a ser ni siquiera filósofo aficionado; no faltaba más, eso sería muy pretencioso. Aun así, desde la fundación de la escuela Peripatética de Aristóteles mucho se ha especulado sobre la íntima relación que existe entre pensar y caminar, luego no tiene sentido insistir en el asunto. Sin embargo, el hecho de caminar por la vía pública me ha enseñado a pensar filosóficamente pese a que, a diferencia del maestro González, a mi me toca esquivar los vehículos para salvar la vida mientras me cuestiono el sentido de la existencia; en tanto que él pudo gozar de un ámbito bucólico, más propicio para la reflexión, durante sus caminatas filosóficas. 

El peatón, en cuanto observador es, a su manera, un anacoreta contemplativo, un estilita(*) encaramado sobre el andén. Y he aquí que puedo desarrollar una hipótesis sobre la diferencia entre el viajero (así sea de a pie) y el peatón desde el punto de vista metafísico: el primero es más universal y profundo; comprende lo rural y lo urbano, lo divino y lo humano. No en balde los grandes viajeros como Marco Polo lograron transmitirnos magistralmente su visión de universos desconocidos. En cambio el peatón es más pedestre, más vulgar, más llano. Su campo de acción se limita a la ciudad. Es el poeta de las situaciones que, por comunes, pasan desapercibidas. Es el cronista de los objetos modestos y de las cosas más materiales y diarias. Aprovechando estas virtudes menores, el peatón, con su pata al piso utiliza sus caminatas para descubrir los secretos de la ciudad y se reconoce en ella a través de sus calles, sus edificios, sus avenidas y sus barrios que evocan los recuerdos de la infancia, del amor, del pecado, de la dicha y de la tristeza. 

No alcanza el producto de estas reflexiones ciudadanas para escribir mamotretos filosóficos, pero tampoco se corre el riesgo de que los escritos inspirados en las divagaciones del peatón resulten condenados, bajo pecado mortal por algún obispo, como le pasó al maestro Fernando González con su “Viaje a pie”. Además, el peatón siempre tiene algo que contar a sus seres queridos cuando llega al hogar y, salvo algún inesperado accidente de tránsito o una enfermedad respiratoria causada por el esmog, el ciudadano de a pié aleja de su vida al médico y al siquiatra por algunos años, lo cual conlleva enormes beneficios para el bolsillo y para el alma.

(*)Seguidor de San Simeón el Estilita. Este santo del siglo V pasó los últimos 37 años de su vida encaramado en una columna (stilos en griego) de 17 metros de altura, dedicado a la oración y a la penitencia. Sobra decir que su comparación con mi peatón resulta claramente herética.

Ahora bien, si nos atrevimos a cometer un "elogio del peatón", bien vale la pena sentar de una vez por todas nuestra declaración de principios con el siguiente

DECÁLOGO DEL PEATÓN

1. Este decálogo nunca será de forzoso cumplimiento. Prevalecerá siempre el sentido común del peatón.
2. Nadie estará obligado a seguir nuestra causa improbable, nuestras rutas aleatorias que conducen al reino del azar.
3. La ciudad entera es el ágora del peatón. Sus calles, semejantes a las venas de un desahuciado, son su espacio vital aunque suene paradójico.
4. Creer firmemente en la capacidad del ciudadano de a pie para sacar sus propias conclusiones.
5. El peatón no es tan estúpido como parece. Es capaz de encontrar caminos si sabe mirar, si escucha con atención y respeto la música olvidada de la sabiduría popular.
6. Es posible caminar sin creer que todo está perdido, equivocado o podrido. Hay todavía muchas cosas rescatables, existen aún principios que deben ser defendidos y mantenidos, ciertas flores silvestres que no conviene cortar, tales como la decencia, la empatía y la solidaridad.
7. Advertir a los peatones que vienen atrás sobre los escollos, sobre las trampas a flor de camino para que no se dejen engañar.
8. El peatón deberá caminar ligero de carga. Suficiente peso lleva con su matalotaje de angustias y esperanzas.
9. El buen humor, la sencillez y a veces el silencio, son más conmovedores y eficaces que la grandilocuencia y la circunspección.
10. El peatón no peleará jamás contra los automóviles. Siempre saldrá perdiendo a costa de su cuerpo (frágil carrocería), aunque le asista la razón. En Bogotá no sirve de mucho tener el derecho a la vía, menos aún estando bajo las ruedas de un autobus. Por simple cuestión de supervivencia deberá prevalecer, como en el primer "mandamiento", el sentido común del peatón.

martes, 17 de agosto de 2010

Guía zurda de Bogotá VIII



(Fotos de H. Darío Gómez A.)


El Cementerio Central: Necrópolis a escala social



“Perdonen que no me levante a saludar.”

Para un epitafio en la tumba de Groucho Marx



Se puede tener una buena lápida como se tiene un buen traje. Pero mejor aún si se tiene una cripta o un monumento familiar con una escultura de Tenerani o de Sighinolfi. Eso da estatus. En el Cementerio Central se repite, pues, la veleidad de los vivos que, después de muertos, quieren conservar sus privilegios. En el centro de la elipse (el cementerio está construido en forma elíptica), más cerca de la capilla y por ende más próximos al paraíso, se encuentran los lujosos mausoleos construidos en mármol de Carrara, piedra tallada y ornamentación, que parecen los más convenientes para los fieles difuntos de estrato seis. También descansan allí los huesos de nuestros próceres y ex presidentes, de notables e industriales, en fin, de la gente ilustre de la ciudad o según dicen algunos, de la gente “bien”, como si no hubiera en Bogotá tanto ciudadano bueno aunque escaso de dinero y apellidos.

A veces, de puro desocupado me da por leer las inscripciones de los monumentos fúnebres, y me parece que estuviera ojeando la página social de una revista del corazón. Encuentro Pizanos y LLeras, Dávilas y Koppel, Michelsen y Portocarreros, Pombos y De Narvaez, Valenzuelas y McAllister, muy pocos Gómez, entre ellos Laureano Gómez, no faltaría más. Y no es que nos muramos menos los Gómez, sino que en el Cementerio Central los de ese apellido están un poco más lejos del paraíso, como quien dice, en los círculos del purgatorio de Dante adonde se llega por la soberbia o por los males de amor que hacen ver recto el camino torcido y, claro está, por el exiguo presupuesto que más se aviene a su condición de almas vergonzantes en tránsito a la eternidad.

Más allá, en los márgenes, aunque también podría decir sin temor a equivocarme, en “el más allá”, están los otros, los de inferior estrato social. Allí es común encontrar mausoleos colectivos y democráticos. Me refiero, por ejemplo, al edificio funerario del sindicato de barrenderos y trabajadores de la Ciudad, cuya sobria dignidad nos da una lección de pulcritud en el oficio y en el alma. También están por esos lares, es decir, hacia la entrada occidental del cementerio, los sepulcros sindicalizados de los trabajadores ferroviarios, los proyeccionistas de las salas de cine, los vendedores de lotería, los voceadores de prensa, los panaderos, los maestros de obra y aun de los matarifes. Cosas así nos enseñan que el mutualismo y la solidaridad no sólo convienen en vida, sino que también contribuyen al “mejor estar” eterno, sin necesidad de contratar onerosos servicios de asistencia integral prepagada que van de la cuna al sepulcro.

Aun más allá (sigo con el juego de palabras), porque hay un más allá, al menos en el Cementerio Central, en otro solar hacia el occidente separado por la carrera diecinueve, están los columbarios con sus nichos vacíos donde alguna vez fueron inhumados los menos afortunados en vida, y donde hubo fosas comunes para enterrar a las víctimas del 9 de abril de 1.948, que fueron muertas a punta de cachiporrazos, puñaladas, machetazos, fusilamientos y tiros de gracia.

Y para que nadie olvide que la vida de todos tiene valor, a despecho del poeta que dijo: “no somos nada”, un alcalde mandó escribir en lo alto de las galerías de la antigua necrópolis de la calle veintiseis, varios letreros en pintura negra, que dicen: “LA VIDA ES SAGRADA”. Amén.

viernes, 13 de agosto de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes X



LOS ARROYOS DE BARRANQUILLA SEGÚN LA MIRADA DE UN NÁUFRAGO BOGOTANO.
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir"
Jorge Manrique


Por estos días en que las lluvias azotan a la ciudad de Barranquilla

El Peatón cuenta que...

Los arroyos son mitad calle y mitad río; son, digamos, la especie anfibia de las calles; o mejor, son ríos dormidos camuflados como calles. Son, en todo caso, los agentes secretos del río madre. Durante las lluvias equinocciales las calles de Barranquilla recuperan su vocación acuática, y se despierta en ellas un instinto fluvial como respuesta al llamado atávico de la corriente. ¡Pero cuidado! este fenómeno tropical no es tan inocente como parece; el río Magdalena cobra a sus afluentes temporales un tributo de vidas humanas. Se sabe que desde la época del naufragio de los bergantines de Don Pedro Fernández de Lugo son muchos los incautos que han sido víctimas propiciatorias de este tributo infame. Mediante tal artificio, el río madre ha reclamado para sí a conquistadores españoles, apuradas amas de casa, desprevenidos agentes viajeros, amantes furtivos, niños inquietos, y borrachos envalentonados por el elíxir de la dicha.

Sin darnos cuenta, los arroyos de Barranquilla acechan permanentemente nuestras limitadas vidas. Desde las alcantarillas, que son como sus agallas, nos miran pasar con algo de lástima, esperando la llegada de las lluvias para arrastrarnos con nuestros sueños y miserias hasta las aguas del río Magdalena, ávido de criaturas terrestres.

¡Ojo con esa calle que te espera con perfidia! ¡pilas con ese arroyo que te mira con lascivia de Caronte enguayabado……!

créditos foto: www.elheraldo.com

miércoles, 11 de agosto de 2010

Paisaje de Salgar (Atlántico)



Desde luego no era el mar de los siete colores,
ni un edén artificial en el Caribe;
era simplemente un trozo de mar,
insuficiente aún
para un almanaque de panadería.

Al fondo posaba el Castillo de Salgar,
como queriendo aparecer en la fotografía.
Inquietos niños cabalgaban el costillar de una piragua
abandonada en la playa,
mientras un barco lucífugo navegaba en lontananza.

No era todo el mar, es cierto,
pero entonces me pareció infinito.

créditos foto: www.ucrostravel.com

martes, 10 de agosto de 2010

Avaricia



“Hablaron de Cristo…… no van a hablar de uno”
Adagio popular



No me perdonaron mis compañeros exitosos del colegio (uno de ellos ex presidente de una prestigiosa entidad financiera) mi post acerca de la iniciativa de los multimillonarios de donar la mitad de su fortuna para obras de beneficencia (ver post "La promesa de dar"). Durante una reunión de ex alumnos, el más ofendido de mis compañeros me dijo que, aunque el no compartía la iniciativa de Bill Gates por ser ésta meramente asistencialista (es el término que usan los economistas para referirse a la caridad cristiana), era injusto mi prejuicio de dar por descontado que “todo lo del rico es robado”, y que, de contera, cualquier muestra de generosidad de un rico es puro maquillaje que lleva implícita una ganancia oculta. También adujo que, en el fondo, todos los seres humanos tienen legítimo ánimo de lucro, incluso yo; y que mi crítica sobre el culto al éxito no era otra cosa que envidia disfrazada por no haber logrado construir un patrimonio considerable en casi cincuenta años de existencia. Luego puso el dedo en la llaga restregando lo que a su juicio era mi “doble moral”, al permitir que en mi blog aparecieran variopintos anuncios comerciales para monetizar mis opiniones de “mala leche”.

Esto último fue para mí una revelación. Quiero decir, que un hombre tan exitoso perdiera su valioso tiempo leyendo mi blog. Sin embargo le agradecí su diatriba, pues con ella me enteré de la posibilidad de recibir algo de dinero por los anuncios comerciales que aparecen aleatoriamente en “Con la pata al suelo”. Hasta donde yo entendía, eran sólo una molesta contraprestación que tocaba padecer por el beneficio de mantener el blog sin pagar por ello. ¡Lo que es tener olfato para el dinero! Razón le hallé cuando me compadeció por no haber logrado amasar una fortuna considerable en casi cincuenta años de existencia.

De tal suerte mi compañero del colegio despertó el espíritu emprendedor que tuve incubado durante casi medio siglo, y es así como ahora espero construir un patrimonio considerable en lo que me resta de vida.

Empezaré por este blog. De manera que solicito respetuosamente a los entrañables visitantes de “Con la pata al suelo” que abran las ventanas de la “Cienciología” y hagan clic en las “Vacaciones en Orlando” o piquen en los “Secretos para adiestrar al perro perfecto” y averigüen, si les provoca, sobre la “leche digestiva con prebióticos”, que con eso contribuirán a pelechar mi incipiente fortuna. Eso sí, difícilmente cambiaré mi opinión acerca de la avaricia de los banqueros en general y de algunos multimillonarios en particular.

Créditos foto: foto di scena de napoliteatro www.flicr.com

viernes, 6 de agosto de 2010

Promesa de dar ("the giving pledge")



Gracias a Dios que, como pobres, no nos hace falta sinó lo necesario” Adagio popular

Algo deben saber los multimillonarios del mundo que el resto de los mortales ignoramos, para que de la noche a la mañana cuarenta de ellos hayan decidido donar la mitad de sus fortunas para obras de beneficio común. Con estupor he leído que Bill Gates y su socio Warren Buffet, cuyos haberes suman cien mil millones de dólares, propiciaron una iniciativa cuya largueza sin precedentes solucionaría las hambrunas de varios países del tercer mundo. “Promesa de dar” se denomina la campaña de estos nuevos samaritanos, mas como toda promesa de rico, falta ver cuales son las condiciones impuestas en letra menuda por sus abogados para que tanta belleza se cumpla. Algún beneficio oculto, alguna ganancia que no alcanzamos a prefigurar habrá de tener esta generosidad intempestiva de Gates y sus cuarenta dadores, entre los cuales se encuentran Larry Ellison, el de “Oracle”, famoso por su tacañería, George Lucas, David Rockefeller, Ted Turner, Michael Bloomberg, Paul Allen y otros cuantos "envidiados" personajes. No debe tratarse simplemente de beneficios tributarios obtenidos a través de sus fundaciones, o de limpiar su bien ganada imagen de avaros con el detergente de la manida e hipócrita “Responsabilidad Social Corporativa”. No. Debe haber algo más. Se me ocurre que estos personajes se enteraron por alguna fuente confiable, por una suerte de revelación divina que, en efecto, Dios si existe y, lo peor: que el fin del mundo está muy cerca. Tengo para mí que ellos, siempre previsores -no en balde han amasado sus fortunas- pero ante todo prácticos, consideraron con Blas Pascal que: “si Dios no existe, nada pierde uno con creer en él, mientras que si existe, lo perderá todo por no creer”, de modo que decidieron invertir la mitad de sus fortunas en comprar las indulgencias que les facilitarán la entrada al cielo a manera de pomada para lubricar el difícil paso de sus camellos por el ojo de una aguja.

Ahora bien, con ocasión de tan insólita noticia, he escuchado en un famoso magazín radial de la mañana, la siguiente pregunta formulada a sus oyentes: ¿Donaría usted la mitad de su fortuna? Indudablemente sí, si el término fortuna se refiere al balance consolidado que incluye los pasivos y las pérdidas, es decir, el infortunio económico. Gracias a Dios he corrido con suerte en lo demás, pues la vida me ha premiado con buena salud y con una familia extraordinaria y hermosa. Pero en lo que a “fondina” se refiere, ahí si debo hablar de infortunio. De manera que con gusto donaría la mitad, e incluso la totalidad de la deuda en mora que tengo con un banco de cuyo nombre no quiero acordarme, regalaría asimismo la mitad del sobrepeso que me agobia, donaría también la mitad de mi ropa, que en la práctica sería como regalar la totalidad, pues con mi talla XL, cada prenda alcanza para arropar a dos cristianos. No tengo más bienes terrenales. Sin embargo donar lo que no se tiene, o peor aún, donar cifras negativas carece de gracia; pero que otra estulticia se puede responder a una pregunta tan banal.

Lo que si me gustaría averiguar es lo que saben los multimillonarios mencionados que el resto de los mortales ignoramos, para que de la noche a la mañana hayan decidido donar la mitad de sus fortunas. Algo grave va a pasar; y como dicen las señoras citando a Mateo: “más vale que nos agarre confesados, porque allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

créditos foto: www.morguefile.com

Guía zurda de Cartagena de Indias

(Plazoleta Benkos Biohó en la Matuna, Cartagena de Indias. Foto de El Universal) (el peatón haciendo una foto por encargo, Cartage...