lunes, 30 de agosto de 2010

Asesinatos prosaicos



“Quid tam horribile, tam tetrum, quam hominis trucidatio?”
Lactancio, citado por Thomas de Quincey en el libro “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”


Nada justifica un asesinato. Por grave que sea la ofensa recibida jamás se debe ejercer la venganza privada, pues, mal que bien (más mal que bien), existe la justicia de los hombres; y cuando ésta no se aplica (lo cual sucede a menudo), nos queda el consuelo de la justicia divina y aun de la justicia poética. ¡Qué fácil es decirlo!, pero en la práctica, cuando somos víctimas de una afrenta, así sea pequeña, nos convertimos en presa fácil de la ira y con alguna frecuencia llegamos a lanzar expresiones como: ¡Yo lo mato! Por fortuna tales verbalizaciones casi nunca se llevan al terreno de los hechos y terminan simplemente en la anécdota.

Sin embargo, no son pocos los crímenes producto de la ira, la banalidad y la intolerancia. La crónica roja de los diarios vespertinos da buena cuenta de esta afirmación. Hace unos días visité en la Feria del Libro de Bogotá el stand de Fundalectura donde hallé exhibido, en el anaquel de las lecturas recomendadas para adolescentes, un libro de Max Aub titulado “Crímenes ejemplares”. Al hojear el libro quedé perplejo ya no digamos por el delicioso humor negro del autor (que ya conocía), sino por la recomendación del libro por parte de la Fundación de marras como lectura apta para adolescentes, que, como sabemos, son tan proclives a la ira y a la intolerancia. Con todo, me tranquilicé pensando que se trataba de una suerte de psicología inversa que pretendía sensibilizar a los muchachos sobre lo absurdo del asesinato, más aún por motivos tan fútiles como los citados en el libro. Ahora bien, no estoy seguro de las bondades terapéuticas que pueda conllevar la catarsis a través del “asesinato prosaico” (si se me permite el término), pues quien quita que termine uno cogiéndole gusto al asunto y decida llevarlo a la práctica.

He aquí una breve selección de los que he dado en llamar “asesinatos prosaicos” de Max Aub, (que no tienen nada que ver con los “asesinatos estéticos” incluidos en el famoso libro de Thomas de Quincey) extractados de su libro “Crímenes ejemplares”:

“Roncaba. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó: - Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo… Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no, esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento… pero enseguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido……Y no me daba la gana cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.”

“Hacía tres años que soñaba con ello: ¡estrenaba traje! Un traje clarito, como yo lo había deseado siempre. Había estado ahorrando, peso a peso, y, por fin, lo tenía. Con sus solapas nuevecitas, su pantalón bien planchado, sus valencianas sin deshilachar… Y aquel tío grande, sordo, asqueroso, quizá sin darse cuenta, dejó caer su colilla y me lo quemó: un agujero horrible, negro, con los bordes color café. Me lo eché con un tenedor. Tardó bastante en morirse.”

“Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el tollo. ¿Qué me empujó a apuntar a aquel hombre rechonchito y ridículo, con sombrero tirolés, con pluma y todo?”

“¡Tenía el cuello tan largo…!”

“Lo maté sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez”

“Era bizco y yo creí que me miraba feo. ¡Y me miraba feo! A poco aquí a cualquier desgraciado muertito lo llaman cadáver…”

“Me salpicó de arriba abajo. Eso, todavía, pase. Pero me mojó toditos los calcetines. Y eso no lo puedo consentir. Es algo que no resisto. Y, por una vez que un peatón mata a un desgraciado chofer, no vamos a poner el grito en el cielo.”



En fin, invito a los lectores de “la pata al suelo” a colaborar, si quieren, con la lista precedente de crímenes prosaicos; claro está, siempre y cuando esa catarsis les ayude a limpiar el alma de rencores y a morigerar sus instintos primarios, pues no quiero ser responsable del delito de apología del crimen.

Por mi parte contribuyo con el siguiente:

Al subir al bus, el chofer arrancó a toda velocidad sin darme tiempo para asirme a la barandilla, haciéndome golpear la cabeza con el pasamanos. Luego frenó violentamente y me estrellé contra el vidrio de la cabina. ¡Salvaje!, le grité. ¡Eso es para que se acomode!, me respondió riendo. El sujeto pataleó desesperadamente bajo el volante mientras lo ahorcaba con la correa de mi maletín.

créditos foto: www.flickr.com uno y punto

miércoles, 25 de agosto de 2010

Recetario del rebusque VII



Sopa de menudencias



Ingredientes:
Un corazón acibarado,
un hígado conservado en alcohol,
los sesos extraviados
y dos patas sin rumbo.
¿Agua? Muy poca.

Elaboración:
Se sazonan bien las menudencias con la sal de las lágrimas
y luego se escancia más licor.
A las dos horas uno se da cuenta de que la sopa se echó a perder
como tantas cosas en la vida.
Entonces conviene encargar la comida a un restaurante Chino,
y tragar enteras las galletas de la fortuna.


créditos foto: www.flikr.com

martes, 24 de agosto de 2010

Guía zurda de Bogotá IX



El Parque Nacional: Escenario de la dicha sabatina y dominical


“No me hable de negocios, compañero,
porque hoy estoy vestido de sábado,
porque hoy me estoy comiendo y bebiendo mi sábado”
(Ciro Mendía, “Fantasía para un sábado sin límites”)



Lo cierto es que la felicidad no existe. ¿Pero quién convence de tan estúpida realidad a los niños que elevan sus cometas? Se sabe que es inalcanzable, pero aun así hay padres que bautizan a sus hijos con nombres como Esperanza, Próspero, Feliza, Gloria y cosas por el estilo. Es tan solo una palabra en el diccionario, es cierto, pero los sábados en el Parque Nacional, he presenciado cosas que se le parecen. He visto, por ejemplo, padres de familia echarse a botes monte abajo con sus hijos; me consta una abuela gorda dando la “vueltacanela” ante la risa musical de sus nietos, he probado los helados de salpicón dudoso que vende una señora con delantal verde que hace juego con la primavera del parque, y he sido testigo de al menos un beso robado a la novia.

Que le vamos a hacer; soy cursi, glotón, mirón e irremediablemente enamorado de la vida. Por eso me gustan también los domingos en el parque Nacional, con sus muchachas vaporosas practicando aeróbicos, y su espacio para los cuenteros. Me gusta asimismo echar cometas contra los cables del alumbrado y verlas morir ahorcadas, para cebar mi envidia por los seres que pueden volar. Al fin y al cabo, como decía un tal Jean de la Bruyere: “Conviene reír sin esperar a ser dichoso, no sea que entretanto nos sorprenda la muerte.”

En el corazón del parque Nacional hay una torre con un sobrio reloj suizo que, para vergüenza de sus constructores, no funciona. Es un reloj aclimatado a las alturas del trópico, donde no pelecha la exactitud cronométrica de los europeos. Está simplemente ahí, contemplando la dicha económica de los visitantes, sin ningún interés en anunciarles que el tiempo pasa y la felicidad se acaba. Para eso está el monumento de Rafael Uribe Uribe apóstol, paladín y mártir, ubicado sobre la alameda de la carrera séptima, que nos advierte que la vida es dura y que toca ofrendarla si es necesario para que valga la pena. Y al finalizar la tarde, cuando se asoma la luna sobre el cerro del Cable, parten los visitantes hacia los barrios marginales de la ciudad, cuyos candorosos nombres albergan, al igual que el limbo de los no bautizados, ilusión sin esperanza: El Edén, las Delicias, el Tesoro, la Estrella, el Pensil, etc.

Desde luego entre semana el parque Nacional también es visitado por oficinistas que a la hora del almuerzo y al amparo de Rita, la voluptuosa escultura de Grau, escriben poemas de amor que luego dejan olvidados en el bolsillo de la camisa sucia. Muy seguramente en la noche, sin quererlo, estos poetas de ocasión ahogan para siempre su tierna lírica entre el platón de la ropa en remojo. Y ni qué decir de los acalorados partidos de fútbol con bola de trapo que protagonizan los obreros de la construcción en los márgenes del río Arzobispo, o del mapa en relieve de la ciudad y sus alrededores, construido como un gigante de papel marché por algún lector de Borges aficionado a la cartografía. Cosas así pasan en el Parque Nacional.

creditos foto: www.wikipedia.org

jueves, 19 de agosto de 2010

Elogio del peatón



“Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar….. Por el ritmo podrían clasificarse los hombres…”
Fernando González, “Viaje a pie”.


El peatón es un corazón con patas. Y lo de corazón se dice en sus dos acepciones: fisiológica y lírica; esto es, músculo cardíaco y motor del alma. Lo cierto es que para caminar provechosamente es necesario tener un estado físico aceptable y el alma dispuesta a la reflexión. Si no es así, es decir, si no se camina por gusto sino por necesidad, el individuo deja de ser peatón para convertirse en un pelagatos sin automóvil (pecado venial en nuestra sociedad arribista), o lo que es peor, en un paria sin dinero ni para un pasaje de bus; en fin, un patirajado. Yo personalmente aplico a las tres condiciones mencionadas: peatón, pelagatos y paria patirrajado; pero las dos últimas dejaron de importarme hace más de un rato. De modo que disfruto con la primera condición, que me brinda el placer de caminar. 

El maestro Fernando González, mentor espiritual de los “Nadaistas”, se consideraba filósofo aficionado cuando emprendió su “Viaje a Pié” en compañía de Don Benjamín Correa. Sin embargo el morador de “Otraparte” fue, a mi modo de ver, un extraordinario filósofo (irreverente) de lo cotidiano que escribió piezas magistrales de pensamiento criollo. Por mi parte yo jamás llegaré a ser ni siquiera filósofo aficionado; no faltaba más, eso sería muy pretencioso. Aun así, desde la fundación de la escuela Peripatética de Aristóteles mucho se ha especulado sobre la íntima relación que existe entre pensar y caminar, luego no tiene sentido insistir en el asunto. Sin embargo, el hecho de caminar por la vía pública me ha enseñado a pensar filosóficamente pese a que, a diferencia del maestro González, a mi me toca esquivar los vehículos para salvar la vida mientras me cuestiono el sentido de la existencia; en tanto que él pudo gozar de un ámbito bucólico, más propicio para la reflexión, durante sus caminatas filosóficas. 

El peatón, en cuanto observador es, a su manera, un anacoreta contemplativo, un estilita(*) encaramado sobre el andén. Y he aquí que puedo desarrollar una hipótesis sobre la diferencia entre el viajero (así sea de a pie) y el peatón desde el punto de vista metafísico: el primero es más universal y profundo; comprende lo rural y lo urbano, lo divino y lo humano. No en balde los grandes viajeros como Marco Polo lograron transmitirnos magistralmente su visión de universos desconocidos. En cambio el peatón es más pedestre, más vulgar, más llano. Su campo de acción se limita a la ciudad. Es el poeta de las situaciones que, por comunes, pasan desapercibidas. Es el cronista de los objetos modestos y de las cosas más materiales y diarias. Aprovechando estas virtudes menores, el peatón, con su pata al piso utiliza sus caminatas para descubrir los secretos de la ciudad y se reconoce en ella a través de sus calles, sus edificios, sus avenidas y sus barrios que evocan los recuerdos de la infancia, del amor, del pecado, de la dicha y de la tristeza. 

No alcanza el producto de estas reflexiones ciudadanas para escribir mamotretos filosóficos, pero tampoco se corre el riesgo de que los escritos inspirados en las divagaciones del peatón resulten condenados, bajo pecado mortal por algún obispo, como le pasó al maestro Fernando González con su “Viaje a pie”. Además, el peatón siempre tiene algo que contar a sus seres queridos cuando llega al hogar y, salvo algún inesperado accidente de tránsito o una enfermedad respiratoria causada por el esmog, el ciudadano de a pié aleja de su vida al médico y al siquiatra por algunos años, lo cual conlleva enormes beneficios para el bolsillo y para el alma.

(*)Seguidor de San Simeón el Estilita. Este santo del siglo V pasó los últimos 37 años de su vida encaramado en una columna (stilos en griego) de 17 metros de altura, dedicado a la oración y a la penitencia. Sobra decir que su comparación con mi peatón resulta claramente herética.

Ahora bien, si nos atrevimos a cometer un "elogio del peatón", bien vale la pena sentar de una vez por todas nuestra declaración de principios con el siguiente

DECÁLOGO DEL PEATÓN

1. Este decálogo nunca será de forzoso cumplimiento. Prevalecerá siempre el sentido común del peatón.
2. Nadie estará obligado a seguir nuestra causa improbable, nuestras rutas aleatorias que conducen al reino del azar.
3. La ciudad entera es el ágora del peatón. Sus calles, semejantes a las venas de un desahuciado, son su espacio vital aunque suene paradójico.
4. Creer firmemente en la capacidad del ciudadano de a pie para sacar sus propias conclusiones.
5. El peatón no es tan estúpido como parece. Es capaz de encontrar caminos si sabe mirar, si escucha con atención y respeto la música olvidada de la sabiduría popular.
6. Es posible caminar sin creer que todo está perdido, equivocado o podrido. Hay todavía muchas cosas rescatables, existen aún principios que deben ser defendidos y mantenidos, ciertas flores silvestres que no conviene cortar, tales como la decencia, la empatía y la solidaridad.
7. Advertir a los peatones que vienen atrás sobre los escollos, sobre las trampas a flor de camino para que no se dejen engañar.
8. El peatón deberá caminar ligero de carga. Suficiente peso lleva con su matalotaje de angustias y esperanzas.
9. El buen humor, la sencillez y a veces el silencio, son más conmovedores y eficaces que la grandilocuencia y la circunspección.
10. El peatón no peleará jamás contra los automóviles. Siempre saldrá perdiendo a costa de su cuerpo (frágil carrocería), aunque le asista la razón. En Bogotá no sirve de mucho tener el derecho a la vía, menos aún estando bajo las ruedas de un autobus. Por simple cuestión de supervivencia deberá prevalecer, como en el primer "mandamiento", el sentido común del peatón.

martes, 17 de agosto de 2010

Guía zurda de Bogotá VIII



(Fotos de H. Darío Gómez A.)


El Cementerio Central: Necrópolis a escala social



“Perdonen que no me levante a saludar.”

Para un epitafio en la tumba de Groucho Marx



Se puede tener una buena lápida como se tiene un buen traje. Pero mejor aún si se tiene una cripta o un monumento familiar con una escultura de Tenerani o de Sighinolfi. Eso da estatus. En el Cementerio Central se repite, pues, la veleidad de los vivos que, después de muertos, quieren conservar sus privilegios. En el centro de la elipse (el cementerio está construido en forma elíptica), más cerca de la capilla y por ende más próximos al paraíso, se encuentran los lujosos mausoleos construidos en mármol de Carrara, piedra tallada y ornamentación, que parecen los más convenientes para los fieles difuntos de estrato seis. También descansan allí los huesos de nuestros próceres y ex presidentes, de notables e industriales, en fin, de la gente ilustre de la ciudad o según dicen algunos, de la gente “bien”, como si no hubiera en Bogotá tanto ciudadano bueno aunque escaso de dinero y apellidos.

A veces, de puro desocupado me da por leer las inscripciones de los monumentos fúnebres, y me parece que estuviera ojeando la página social de una revista del corazón. Encuentro Pizanos y LLeras, Dávilas y Koppel, Michelsen y Portocarreros, Pombos y De Narvaez, Valenzuelas y McAllister, muy pocos Gómez, entre ellos Laureano Gómez, no faltaría más. Y no es que nos muramos menos los Gómez, sino que en el Cementerio Central los de ese apellido están un poco más lejos del paraíso, como quien dice, en los círculos del purgatorio de Dante adonde se llega por la soberbia o por los males de amor que hacen ver recto el camino torcido y, claro está, por el exiguo presupuesto que más se aviene a su condición de almas vergonzantes en tránsito a la eternidad.

Más allá, en los márgenes, aunque también podría decir sin temor a equivocarme, en “el más allá”, están los otros, los de inferior estrato social. Allí es común encontrar mausoleos colectivos y democráticos. Me refiero, por ejemplo, al edificio funerario del sindicato de barrenderos y trabajadores de la Ciudad, cuya sobria dignidad nos da una lección de pulcritud en el oficio y en el alma. También están por esos lares, es decir, hacia la entrada occidental del cementerio, los sepulcros sindicalizados de los trabajadores ferroviarios, los proyeccionistas de las salas de cine, los vendedores de lotería, los voceadores de prensa, los panaderos, los maestros de obra y aun de los matarifes. Cosas así nos enseñan que el mutualismo y la solidaridad no sólo convienen en vida, sino que también contribuyen al “mejor estar” eterno, sin necesidad de contratar onerosos servicios de asistencia integral prepagada que van de la cuna al sepulcro.

Aun más allá (sigo con el juego de palabras), porque hay un más allá, al menos en el Cementerio Central, en otro solar hacia el occidente separado por la carrera diecinueve, están los columbarios con sus nichos vacíos donde alguna vez fueron inhumados los menos afortunados en vida, y donde hubo fosas comunes para enterrar a las víctimas del 9 de abril de 1.948, que fueron muertas a punta de cachiporrazos, puñaladas, machetazos, fusilamientos y tiros de gracia.

Y para que nadie olvide que la vida de todos tiene valor, a despecho del poeta que dijo: “no somos nada”, un alcalde mandó escribir en lo alto de las galerías de la antigua necrópolis de la calle veintiseis, varios letreros en pintura negra, que dicen: “LA VIDA ES SAGRADA”. Amén.

viernes, 13 de agosto de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes X



LOS ARROYOS DE BARRANQUILLA SEGÚN LA MIRADA DE UN NÁUFRAGO BOGOTANO.
"Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir"
Jorge Manrique


Por estos días en que las lluvias azotan a la ciudad de Barranquilla

El Peatón cuenta que...

Los arroyos son mitad calle y mitad río; son, digamos, la especie anfibia de las calles; o mejor, son ríos dormidos camuflados como calles. Son, en todo caso, los agentes secretos del río madre. Durante las lluvias equinocciales las calles de Barranquilla recuperan su vocación acuática, y se despierta en ellas un instinto fluvial como respuesta al llamado atávico de la corriente. ¡Pero cuidado! este fenómeno tropical no es tan inocente como parece; el río Magdalena cobra a sus afluentes temporales un tributo de vidas humanas. Se sabe que desde la época del naufragio de los bergantines de Don Pedro Fernández de Lugo son muchos los incautos que han sido víctimas propiciatorias de este tributo infame. Mediante tal artificio, el río madre ha reclamado para sí a conquistadores españoles, apuradas amas de casa, desprevenidos agentes viajeros, amantes furtivos, niños inquietos, y borrachos envalentonados por el elíxir de la dicha.

Sin darnos cuenta, los arroyos de Barranquilla acechan permanentemente nuestras limitadas vidas. Desde las alcantarillas, que son como sus agallas, nos miran pasar con algo de lástima, esperando la llegada de las lluvias para arrastrarnos con nuestros sueños y miserias hasta las aguas del río Magdalena, ávido de criaturas terrestres.

¡Ojo con esa calle que te espera con perfidia! ¡pilas con ese arroyo que te mira con lascivia de Caronte enguayabado……!

créditos foto: www.elheraldo.com

miércoles, 11 de agosto de 2010

Paisaje de Salgar (Atlántico)



Desde luego no era el mar de los siete colores,
ni un edén artificial en el Caribe;
era simplemente un trozo de mar,
insuficiente aún
para un almanaque de panadería.

Al fondo posaba el Castillo de Salgar,
como queriendo aparecer en la fotografía.
Inquietos niños cabalgaban el costillar de una piragua
abandonada en la playa,
mientras un barco lucífugo navegaba en lontananza.

No era todo el mar, es cierto,
pero entonces me pareció infinito.

créditos foto: www.ucrostravel.com

martes, 10 de agosto de 2010

Avaricia



“Hablaron de Cristo…… no van a hablar de uno”
Adagio popular



No me perdonaron mis compañeros exitosos del colegio (uno de ellos ex presidente de una prestigiosa entidad financiera) mi post acerca de la iniciativa de los multimillonarios de donar la mitad de su fortuna para obras de beneficencia (ver post "La promesa de dar"). Durante una reunión de ex alumnos, el más ofendido de mis compañeros me dijo que, aunque el no compartía la iniciativa de Bill Gates por ser ésta meramente asistencialista (es el término que usan los economistas para referirse a la caridad cristiana), era injusto mi prejuicio de dar por descontado que “todo lo del rico es robado”, y que, de contera, cualquier muestra de generosidad de un rico es puro maquillaje que lleva implícita una ganancia oculta. También adujo que, en el fondo, todos los seres humanos tienen legítimo ánimo de lucro, incluso yo; y que mi crítica sobre el culto al éxito no era otra cosa que envidia disfrazada por no haber logrado construir un patrimonio considerable en casi cincuenta años de existencia. Luego puso el dedo en la llaga restregando lo que a su juicio era mi “doble moral”, al permitir que en mi blog aparecieran variopintos anuncios comerciales para monetizar mis opiniones de “mala leche”.

Esto último fue para mí una revelación. Quiero decir, que un hombre tan exitoso perdiera su valioso tiempo leyendo mi blog. Sin embargo le agradecí su diatriba, pues con ella me enteré de la posibilidad de recibir algo de dinero por los anuncios comerciales que aparecen aleatoriamente en “Con la pata al suelo”. Hasta donde yo entendía, eran sólo una molesta contraprestación que tocaba padecer por el beneficio de mantener el blog sin pagar por ello. ¡Lo que es tener olfato para el dinero! Razón le hallé cuando me compadeció por no haber logrado amasar una fortuna considerable en casi cincuenta años de existencia.

De tal suerte mi compañero del colegio despertó el espíritu emprendedor que tuve incubado durante casi medio siglo, y es así como ahora espero construir un patrimonio considerable en lo que me resta de vida.

Empezaré por este blog. De manera que solicito respetuosamente a los entrañables visitantes de “Con la pata al suelo” que abran las ventanas de la “Cienciología” y hagan clic en las “Vacaciones en Orlando” o piquen en los “Secretos para adiestrar al perro perfecto” y averigüen, si les provoca, sobre la “leche digestiva con prebióticos”, que con eso contribuirán a pelechar mi incipiente fortuna. Eso sí, difícilmente cambiaré mi opinión acerca de la avaricia de los banqueros en general y de algunos multimillonarios en particular.

Créditos foto: foto di scena de napoliteatro www.flicr.com

viernes, 6 de agosto de 2010

Promesa de dar ("the giving pledge")



Gracias a Dios que, como pobres, no nos hace falta sinó lo necesario” Adagio popular

Algo deben saber los multimillonarios del mundo que el resto de los mortales ignoramos, para que de la noche a la mañana cuarenta de ellos hayan decidido donar la mitad de sus fortunas para obras de beneficio común. Con estupor he leído que Bill Gates y su socio Warren Buffet, cuyos haberes suman cien mil millones de dólares, propiciaron una iniciativa cuya largueza sin precedentes solucionaría las hambrunas de varios países del tercer mundo. “Promesa de dar” se denomina la campaña de estos nuevos samaritanos, mas como toda promesa de rico, falta ver cuales son las condiciones impuestas en letra menuda por sus abogados para que tanta belleza se cumpla. Algún beneficio oculto, alguna ganancia que no alcanzamos a prefigurar habrá de tener esta generosidad intempestiva de Gates y sus cuarenta dadores, entre los cuales se encuentran Larry Ellison, el de “Oracle”, famoso por su tacañería, George Lucas, David Rockefeller, Ted Turner, Michael Bloomberg, Paul Allen y otros cuantos "envidiados" personajes. No debe tratarse simplemente de beneficios tributarios obtenidos a través de sus fundaciones, o de limpiar su bien ganada imagen de avaros con el detergente de la manida e hipócrita “Responsabilidad Social Corporativa”. No. Debe haber algo más. Se me ocurre que estos personajes se enteraron por alguna fuente confiable, por una suerte de revelación divina que, en efecto, Dios si existe y, lo peor: que el fin del mundo está muy cerca. Tengo para mí que ellos, siempre previsores -no en balde han amasado sus fortunas- pero ante todo prácticos, consideraron con Blas Pascal que: “si Dios no existe, nada pierde uno con creer en él, mientras que si existe, lo perderá todo por no creer”, de modo que decidieron invertir la mitad de sus fortunas en comprar las indulgencias que les facilitarán la entrada al cielo a manera de pomada para lubricar el difícil paso de sus camellos por el ojo de una aguja.

Ahora bien, con ocasión de tan insólita noticia, he escuchado en un famoso magazín radial de la mañana, la siguiente pregunta formulada a sus oyentes: ¿Donaría usted la mitad de su fortuna? Indudablemente sí, si el término fortuna se refiere al balance consolidado que incluye los pasivos y las pérdidas, es decir, el infortunio económico. Gracias a Dios he corrido con suerte en lo demás, pues la vida me ha premiado con buena salud y con una familia extraordinaria y hermosa. Pero en lo que a “fondina” se refiere, ahí si debo hablar de infortunio. De manera que con gusto donaría la mitad, e incluso la totalidad de la deuda en mora que tengo con un banco de cuyo nombre no quiero acordarme, regalaría asimismo la mitad del sobrepeso que me agobia, donaría también la mitad de mi ropa, que en la práctica sería como regalar la totalidad, pues con mi talla XL, cada prenda alcanza para arropar a dos cristianos. No tengo más bienes terrenales. Sin embargo donar lo que no se tiene, o peor aún, donar cifras negativas carece de gracia; pero que otra estulticia se puede responder a una pregunta tan banal.

Lo que si me gustaría averiguar es lo que saben los multimillonarios mencionados que el resto de los mortales ignoramos, para que de la noche a la mañana hayan decidido donar la mitad de sus fortunas. Algo grave va a pasar; y como dicen las señoras citando a Mateo: “más vale que nos agarre confesados, porque allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

créditos foto: www.morguefile.com

jueves, 5 de agosto de 2010

Pequeñas narraciones intrascendentes IX


(la hermosa Barranquilla al atardecer)

PANADERÍA SIN PUERTAS

El peatón cuenta que...

En el barrio el Recreo de Barranquilla, cerca del tanque del acueducto, hay una
panadería sin puertas que impidan la libre circulación de sus clientes a cualquier hora del día o de la noche. En tal virtud, el establecimiento en cuestión, al igual que el ojo sin párpado del cíclope, está condenado al insomnio permanente, a la vigilia sin tregua. Curiosa estrategia comercial donde el eslogan de: “servicio 24 horas al día, 365 días al año, durante toda la existencia” adquiere su verdadero significado. Allí es imposible la retórica de neón con la que los grandes supermercados anuncian sus horarios extendidos, y que falsean impunemente las madrugadas del 2 de enero o del viernes santo, para citar sólo un par de ejemplos.

Uno admira la insólita determinación de los fundadores de este singular negocio, que, con tal artificio, se obligaron a mantenerlo abierto "por siempre jamás", sin peligro de arrepentimiento. De modo que esta acogedora panadería se convirtió en un oasis donde los desterrados de sus casas, los noctámbulos, los taxistas de turno y aun los viajeros sin posada encuentran descanso. Al carecer de
vidrios, la brisa de los alisios se cuela por sus ventanas para acariciar los panes recién salidos del horno y refrescar el sudor del panadero, que, orgulloso de su trabajo, acomoda las latas humeantes sobre la vitrina.

Se me ocurre que así convendría amar: sin rejas que limiten los sentimientos, sin barreras que aten a nuestros seres queridos para que puedan irse y retornar libremente como las olas del mar. Uno debería ser como la panadería del barrio el Recreo de Barranquilla, donde siempre circula el aire fresco, y en las noches es como un faro que guía hasta su seno a los seres proscritos de la luz.

créditos foto: www.lagranbarranquilla.blogspot.com

Los puntos susp......versivos

En el reino de las líneas, los puntos eran vistos con desconfianza. Y era natural, pues las líneas, siempre organizadas como un...