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lunes, 22 de julio de 2013

Nairo el "New Beetle" colombiano

(Nairo Quintana. Foto de www.nuestrociclismo.com)

https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10151776666749066&set=a.10150225336479066.355927.14302129065&type=1&relevant_count=1&ref=nf


"Se me rompió el corazón en la trepada al Monte Ventoux y pedaleo más allá de la meta ilusoria. Ahora pregunto desde lo eterno en el hombre: ¿Cómo puedo emplear con ventaja los tres segundos que logré descontar a mi más inmediato perseguidor?" (Juan José Arreola)

Pequeño, rápido, juvenil, potente, "todoterreno", disciplinado, inalcanzable en las subidas, discreto pero eficiente, varsátil y producido 100% en Colombia. Desde luego no estoy haciéndole propaganda a un automóvil Volkswagen New Beetle. Hablo de Nairo Quintana, el nuevo escarabajo (new beetle) boyacense, el campeón novato del ciclismo mundial de élite, el campeón del premio de montaña, el subcampeón del Tour de Francia, el escalador colombiano, en fin, el que siguió la senda que dejó marcada ahora años José Patrocinio Jiménez, también boyacense, en el escarpado paso de Tourmalet en los Pirineos, el que dejó parte del corazón en el Alpe d`Huez.

Y todo eso gracias a una estupenda maquinaria humana fabricada por don Luís y doña Eloísa en Tunja, Boyacá, mejorada en Cómbita a punta de agua de panela, almojábana y queso, y puesta en movimiento por uno de esos enormes y nobles corazones que sólo se crían en el altiplano boyacense. Campeón, insisto, no gracias a la ayuda de un Estado mezquino y avaro, sino a pesar de él, así el gobierno y los oportunistas de siempre quieran reivindicar para sí mismos una victoria que sólo le pertenece a Nairo y a su valiente familia. Y a los Colombianos de a pie, es natural. Porque como alguien afirmó una vez: nuestro gobierno sólo se acuerda de sus hijos más humildes para reconocerlos cuando estos han triunfado por su propio esfuerzo (y con grandes sacrificios) o para castigarlos cuando se han descarriado de la senda deleznable del Código Penal, ante la falta de oportunidades. No fue este último caso el de Nairo Quintana por fortuna, sino el de la victoria merecida y el podio de los campeones.

Gracias, Nairo, por esta enorme satisfacción; por la reivindicación de nuestra Patria mestiza que hoy sonríe orgullosa como tú, mostrando al mundo esos hermosos dientes blancos parecidos a los granos generosos del maíz, que un 21 de julio iluminaron los Campos Elíseos de París.

jueves, 18 de julio de 2013

Buzón de correspondencia devuelta (a propósito del 19 de julio, día de los héroes de la Nación)


( Foto de Mumuop, www.flickr.com)

Hay cartas que nunca  se escribieron,  cartas que nunca se enviaron y cartas que nunca llegaron. Hay asimismo cartas que nunca se leyeron, cartas ficticias con motivaciones reales y cartas reales con motivaciones ficticias, epístolas, en fin, que regresaron, después de un periplo por la  imaginación afiebrada del peatón, al buzón de correspondencia devuelta.

“La experiencia de muchos años en la crónica de éste género me dice que el lunes es el día del suicidio.”  Felipe González Toledo

Esta carta fue encontrada en el bolsillo  del uniforme camuflado de un  soldado  mutilado, que, estando en terapia de rehabilitación y sin mediar aviso, intentó pegarse un tiro.

“Mi teniente Soler:

Ayer en el circo supe que la amaba.  Disculpe que sea tan directo. Pero usted es mujer antes que oficial. En otras circunstancias no me habría atrevido a escribirle estas letras, y menos aún a decírselas, no tanto por temor a  la sanción por irrespeto a un superior como por miedo a destrozar el último jirón que me resta de la víscera cardíaca. Mas ya nada importa. Al fin y al cabo, como reza mi historia clínica, soy un esquizoide lánguido e inestable. Y la locura, como el amor mi teniente, justifican la insensatez.

Durante los últimos seis meses mi vida -o lo que me dejaron de ella- ha sido pasto de médicos, fisiatras, enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos y psiquiatras que intentan, con la mejor voluntad, recomponer los pedazos del cuerpo y del alma que un maldito día salieron a volar por cuenta de una mina antipersonal. Y todo por defender a la patria, una señora que no conozco y que tampoco ha venido a visitarme al hospital. A no ser que la patria sea una de esas damas encopetadas que vienen a entregarnos regalos y hacerse fotografías con nosotros en navidad. Pero no creo. Jaramillo dice que La Patria es un periódico de Manizales. Patiño sostiene en cambio que la patria, como el escudo, el himno  y la bandera, son páginas inertes de los textos de escolares  que nadie sabe interpretar.  Ambos coinciden, sin embargo, en que la patria es sólo un papel. ¡Que no los oiga mi sargento!

El hecho es que desde hace tiempo el personal del hospital viene y me pregunta, me lleva y me trae, me sondea, me ausculta, me sube y me baja, me inyecta, me diagnostica y me aconseja. Pero sólo usted, mi teniente, sólo usted me toca con sus dedos turgentes como gajos de mandarina; sólo usted  me roza con su epidermis de canela fresca. Sólo usted estimula y ejercita mis miembros mutilados con sus manos tiernas pero vigorosas como palmas de cera del Quindío. Hermosa profesión la suya mi teniente. No debería llamarse fisioterapia sino “caricioterapia”,  “abrazoterapia” o algo por el estilo. Por eso mi ilusión de cada día está puesta en nuestra cita con el sentido del tacto.

Y ayer domingo, cuando nos llevaron al circo de los "Hermanos Gasca" usted estaba más bonita que nunca, mi teniente. A pesar del camuflado y la bata yo había adivinado desde antes  la sutileza de sus redondeces. Pero ayer, al verla con su traje azul celeste pude contemplar en todo su esplendor la belleza de los astros que la adornan.  Soy cursi, mi teniente,  y no tengo remedio. Era soñador antes de prestar el servicio militar.

Usted se sentó a mi lado en la primera fila y en seguida aparecieron, como por arte de birlibirloque, los acróbatas del trapecio. Eran dos hombres de blanco y una muchacha  menuda con un vestido brillante y diminuto, parecido al empaque de un caramelo de menta.  La  niña se lanzó al vacío y dejó a merced del suelo la fragilidad de sus sueños. Yo cerré los ojos dando un grito de espanto. Entonces sentí su aroma de hembra espléndida y la firmeza de su mano apretando la mía. Tranquilo, me dijo.   Yo supe entonces que la amaba, mi teniente. Cuando abrí de nuevo los ojos, la muchacha del trapecio sonreía nerviosa ante el público expectante, como quien ha vuelto indemne a la vida despues de haberse asomado por un instante al infinito.

Hoy lunes me ha informado mi capitán que pronto me darán de alta. Eso quiere decir que no  volveré a verla, mi teniente. Probablemente me atenderá en el futuro otra fisioterapeuta en  un dispensario de sanidad más cercano a mi casa.  Ayer, cuando usted tomó mi mano en el circo, sentí que me rescataba de mi salto al vacío. Hoy me dicen que debo saltar a mi nueva vida amputada sin contar con sus brazos para que me acojan al otro lado del trapecio, como a la niña de la envoltura del caramelo de menta. Y lo peor es que yo no veo por ninguna parte una red protectora. Mejor acabo con el fragmento de vida que me han dejado después del horror, y que sin usted no vale la pena.  Perdóneme, Amanda, no fui su mejor paciente. Adiós.”

Soldado Oquendo

El incidente, por fortuna, no causó daños que lamentar. El arma se disparó antes de lo previsto, impactando en el techo del pabellón. El soldado fue rápidamente controlado y luego sedado.  Al despertar, encontró en sus manos la siguiente nota:

“Soldado Oquendo:

 Si de algo le sirve, para mí, usted y yo somos frutos valiosos de esa señora desconocida a la que usted llama patria. Cuente con mis manos vigorosas como palmas de cera del Quindío para recibirlo al otro lado del trapecio. Ah, y recuerde que la palma de cera es nuestro árbol nacional.”

Teniente Amanda Soler

martes, 9 de julio de 2013

Entonces yo, señor, también soy acontista.



  (El peatón con su overol de letrado junto al acontista. Escultura de Roberto Gutierrez L. Foto de Guillermo Torres)

RELATO DE GUILLAUME DE LORGES


"Yo, señor, soy acontista.
Mi profesión es hacer disparos al aire.
Todavía no habré descendido la primera nube
Mas, la delicia está en curvar el arco
y en suponer la flecha donde la clava el ojo.
(...)
Yo, señor, soy acontista.
 Nada más. Nada menos.
(...)"
León de Greiff


He llegado a la conclusión, maestro De Greiff, que yo, al igual que su Guillaume de Lorges, también soy acontista. "Nada más. Nada menos".

jueves, 4 de julio de 2013

Pequeñas narraciones intrascendentes



(Foto de Fake Project, www.flickr.com)

Picapiedra

El peatón cuenta que…


Hace unos años un compañero del colegio se encontró con otro calasancio de la promoción del 79, quien le preguntó si continuaba viéndose con alguien del curso. Mi amigo le dijo que sí, que con uno (refiriéndose al suscrito). Como el otro no se acordaba de mí, entonces aquel le refirió (sin mencionar nombres) que yo era el grandulón ese, medio obeso y malgeniado pero noble, más bien escaso de seso, víctima de un jefe que lo saca de quicio frecuentemente (??? (1)), dueño de un perro baboso y torpe (Caruso (2)), casado con una muchacha hermosa, inteligente y de mejor familia (Doña Inés del alma mía (3)), y con una preciosísima hija que es la misma luz de sus ojos (Angela María (4)).


El otro no tuvo ningún reparo en responder: “Cierto es que estamos añosos, pero yo, francamente, no recuerdo que Pedro Picapiedra haya sido nuestro compañero de curso”.

Nota: para los más jóvenes que no recuerdan la caricatura
(1) El señor Rajuela
(2) Dino
(3) Vilma
(4) Pebbles