martes, 6 de septiembre de 2011

Pequeñas narraciones intrascendentes XIX


¡Tanta alharaca por unas migajas!

El peatón cuenta que......


Pocos maridajes tan afortunados en la vida como el ponqué “Ramo” con leche. Si acaso se le acercan -y eso de lejos- la mogolla chicharrona con “Pony malta”, o el buñuelo con kumis. Quizá sean los recuerdos de la infancia que idealizan ciertas golosinas, pero lo cierto es que no cambiaría, pongamos por caso, un roscón caliente con gaseosa en la puerta de una panadería por un filete de congrio a las finas hierbas con vino blanco en “La mar”. ¡Ah!, pero el ponqué Ramo con leche…

Debo confesar que tengo gustos que resultan harto extraños a mi edad. Los viernes por la noche me gusta llegar a la casa, enfundarme en la cama para releer mi colección de cuentos de Tintín, provisto de un vaso de leche y un ponqué Ramo. No me canso de admirar los  dibujos perfectos de Hergé  donde el nivel de detalle de los objetos, sobre todo de los automóviles, es alucinante. ¿Qué me dicen del Buick Super 1.949 rojo conducido por el Doctor Müller -el maloso- en “Tintín en el país del oro negro“?. Extraordinario. Es como si levitara poderoso e ingrávido sobre el desierto. 

Otra maravilla para los sentidos es el ponqué “Ramo”, como quedó dicho. La tajada debe ser perfecta, consistente, sin que se desmorone al más leve contacto con la leche como sucede, por ejemplo, con las burdas imitaciones del “Éxito”.

El caso es que nadie -en mi casa- osa interrumpir esa licencia, esa pequeña satisfacción sensual que no dura más de media hora. Deferencia que me he ganado merced a mi escasa proclividad a otros excesos.

No obstante, el viernes pasado ocurrió una contingencia que afectó negativamente mi rito lácteo y banal. Sucedió esto: consciente de que se habían agotado mis existencias de ponqué Ramo, tuve la previsión de comprar dos unidades antes de abordar el Transmilenio con rumbo a la casa. Los adquirí en una tienda cercana a la oficina donde el dependiente, conocedor de mi “ponqueramodependencia”, me despachó los más frescos.

Sabido es que al finalizar la tarde resulta imposible viajar sentado en cualquier transporte urbano masivo. Sin embargo -eran las seis y cuarto-, aún estaba a tiempo para tomar el primer expreso de la noche que no viene tan lleno. De tal suerte, me apresté para ingresar entre el primer grupo de pasajeros de la estación y ganar así el nicho del bus donde se ubican los cochecitos de los bebés, espacio que está ni mandado hacer para contener mi enorme humanidad junto con su delicadísima carga de golosinas. Gané, en efecto, el nicho, y me acomodé de tal manera que la talega quedó a salvo de los apretones. Estaba satisfecho al saber mi tesoro indemne, porque como ya dije, no concibo un ponqué desmoronado. En tal circunstancia se echaría a perder, quedando útil sólo para alimento de los copetones que visitan mi antejardín. Reconozco que soy rígido en este sentido y un poco obsesivo, si se quiere. Cuando hago las compras en el supermercado, siempre le entrego al empacador los ponqués en último lugar, y le pido que no me los envuelva con los demás productos para evitar que se conviertan en harina al contacto con su dureza o su peso excesivo. Soy así, ¡qué le vamos a hacer!.

Pero volvamos al  Transmilenio. Me encontraba a mis anchas en el articulado, y estando a menos de media hora de la casa, ya me figuraba disfrutando ese manjar arrellanado en mi cama. Imaginé la leche escalando con lascivia las moléculas impolutas del ponqué exquisitamente horneado, y esa deliciosa impresión de ternura sempiterna en el paladar que sólo se consigue con una torta de tres leches bien hecha. Una fiesta de los sentidos. Mas todo sueño tiene su duro despertar, de manera que me espabilé cuando una dulce anciana que estaba sentada en la silla azul, al lado de mi refugio, se ofreció a llevarme el paquete.  Le dije que no, que muchas gracias, que así estaba bien, pero la viejecita insistió tanto, que me dio pena defraudar su necesidad de sentirse útil entre tanto trabajador cansado por la dura faena diaria.

Le entregué a regañadientes mis ponqués. Ella puso la talega en el regazo, lo cual me infundió algo de tranquilidad. Rodábamos por la avenida Caracas a la altura de Chapinero cuando el articulado frenó intempestivamente, de modo que la bolsa plástica se deslizó por la falda de la señora hasta quedar suspendida en la caída de sus piernas. Menos mal ella la tenía bien asida por las orejas. Suspiré. Con todo, mi alivio fue momentáneo porque la bolsa que colgaba entre las rodillas de la ancianita y el bastidor que separa el nicho -de las sillas azules-, comenzó a golpear el armazón con cada movimiento del vehículo. En este momento del viaje ya estaba  sudando por la ansiedad.

Hice un primer inventario de las pérdidas: a juzgar por el aspecto de la bolsa, era probable que uno de los ponqués, quizá el de chocolate, se hubiera estropeado en un 50%. Se trataba de una avería simple, aunque el riesgo era “inminente” -por utilizar la jerga técnica de los transportadores-. Sin embargo, todavía era posible salvar el resto de la carga.  De suerte que le pedí a mi “auxiliadora” el paquete -que en mala hora le encomendé-, haciendo una pequeña reverencia de agradecimiento. No obstante la mujer se negó con tozudez, aduciendo:

-       Pero señor, si aún no se puede bajar; este expreso sólo se detiene en “Alcalá”. Tranquilo que la bolsa no me estorba. Yo se la sigo llevando. - agregó contundente.

No fui capaz de insistir . Soy ante todo un caballero. Empero, la dama debió notar la inquietud en mi semblante porque de inmediato devolvió el paquete a su regazo y en seguida me miró. Yo aprobé su prevención con una sonrisa. Pensé -con más candor que sentido común- que si continuaban así las cosas no habría que temer otra circunstancia que pusiera en peligro mi preciada mercancía.

Pero en la estación de “Los Héroes” el vehículo hizo un giro inesperado que empujó a una muchacha que estaba de pie junto a la anciana, con tan mala suerte que la jovencita en cuestión fue a parar sobre las piernas de esta. Consideré que había llegado el fin. Sin embargo la viejita, haciendo gala de buenos reflejos, había alcanzado a hacerle el quite poniendo a salvo mi bolsa. La alzó victoriosa para mostrármela. Suspiré de nuevo.

Fui un tonto al pensar que allí acabarían las tribulaciones de mi viaje tan accidentado. Sucedió,  pues, que faltando unas cuadras para llegar a mi estación de destino –yo estaba satisfecho con mi salvamento-, la muchacha de marras reacomodó su mochila, que acaso le estorbaba mucho, conque la protectora de mi tesoro, muy acomedida, no tuvo ningún problema en recibirle el morral y descargarlo con todo su peso sobre mis ponqués, machacando hasta la última migaja.

Al llegar a la parada de Alcalá le recibí a la señora la talega macilenta en que había convertido mi encargo. Agradecí sinceramente su buena voluntad, y salí del bus sin atreverme a mirar el contenido.

Luego me senté en una banca del parque, junto a la estación, abrí con estoicismo los empaques y esparcí en el piso, para deleite de los pájaros, las moléculas de ponqué Ramo que nunca serían acariciadas por la leche tibia en mi paladar.

 créditos foto: de Elecktrampa, www.flickr.com

6 comentarios:

  1. ¡UUUYYY!, Darío, buenísimo ese "suspense" gastronómico.

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  2. jajajaja pobres ponques ramos, entiendo perfectamente el sentimiento de frustracion, sobre todo cuando ya te habias imaginado comiendote el ponque ramo con leche. Yo tambien tengo ese rito casi religioso donde todo debe ser perfecto "sino no" y es Gansito con papas de pollo y un jugo hit de mora "todo al tiempo" y el gansito por ningun motivo debe tener derretido el chocolate ni mostrar descaradamento el rojo y blanco de sus entresijos, supongo que las rarezas entre otros patrones geneticos son inebitablemente hereditarios

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  3. Dolores,lamentablemente el "suspense" tuvo un final trágico.

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  4. Angelita, eso de "Gansito" con papas de pollo y jugo Hit, todo al mismo tiempo, ¡hasta "pecao" será!

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  5. Darío: El "pecao" ha sido perderme tus deleitosas letras,ya que siempre me sorprendes con lecturas que son de mi absoluto gusto.
    Hasta me siento impelida a pedirte la receta para reponer esos ponqué (suena un poco al panqué de por acá) ramos que tuvo a mal asesinar la anciana del relato,¡no hay derecho!, diría Cantinflas.
    Mi nieto Manuel, que vino a cumplir sus diez años a México, fue agasajado dos veces por su cumpleaños. Una vez por su tío Alejandro y otra por una amiga de su mamá y sus hijos.
    Insistí que Manu cortara la primer rebanada de la torta, pues quise presumir de su destreza. Y, efectivamente, todos se quedaron asombrados de la exactitud con que lo hizo. Las dos veces cortó rebanadas perfectas, que sirvió prolijamente en los platos.Él está acostumbrado a rebanar los pasteles, pues su oma (abuelita alemana), hace pasteles por demás exquisitos tres veces a la semana.
    Mi cariño de siempre para mi sobrino:Doña Ku

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  6. Querida Tía Ku: Nuestro ponqué es, en rigor, un pastel dulce horneado. En Colombia la marca "RAMO" está asociada a la dulce infancia de los que, a estas alturas del partido, llegamos al medio siglo de vida. Por eso el "ponqué Ramo" es una institución nacional queridísima por todos mis compatriotas. Algún día de contaré la interesante historia de esta empresa pastelera. Lo cierto es que el colombiano que no haya llevado en su lonchera un ponquecito, un "Gansito" o un "Chocoramo", es porque no es realmente colombiano. Yo me imagino que en tu patria debe existir una marca o un producto similar. Besos, tía.

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