lunes, 14 de abril de 2014

Lola, la almojabanera


(Mujer, Escultura de Fernando Botero, Museo de Antioquia, Foto de H. Darío Gómez A.)


¿Quién es esa mujer que repite cada día  el milagro de la multiplicación de los panes en una ínfima fracción del planeta?

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más alegre de toda la galería.

Con sus manos regordetas y tostadas, como almojábanas recién horneadas, acomoda en la precaria vitrina su mercancía.  Mientras me sirve un vaso de avena helada se le escapa un rizo cimarrón de la cofia. Ella se apresura a retirar de su frente el pelo montaraz con los nudillos de la otra mano y me obsequia, de ñapa,  una sonrisa.

La mujer, guapa, robusta y entrada en sazón, habla duro y madrea con ganas a los patanes de la plaza de mercado que la llaman solterona. Se pelea a gritos con la marchanta del líchigo por unos centímetros cuadrados de espacio, y asimismo con la muchacha de las flores por unos cuantos piropos manidos. Todo en ella es excesivo, hasta la belleza. 

Lola ha de tener en su cuartito de pensión (es una hipótesis) un reloj de cucú marca Jawaco, heredado de su padre, un caballito de peluche y un canario.  Congruo patrimonio que  merece todo su cariño. Y acaso un fauno perdonavidas que la espera de vez en cuando para aplacar su ímpetu de amazona.

Es Lola, la almojabanera, por buen nombre Dolores. Y a pesar de su gracia, el espíritu más libre de toda la galería.

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