lunes, 8 de septiembre de 2014

Asesinatos prosaicos



“Quid tam horribile, tam tetrum, quam hominis trucidatio?”
Lactancio, citado por Thomas de Quincey en el libro “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”


Nada justifica un asesinato. Por grave que sea la ofensa recibida jamás se debe ejercer la venganza privada, pues, mal que bien (más mal que bien), existe la justicia de los hombres; y cuando ésta no se aplica (lo cual sucede a menudo), nos queda el consuelo de la justicia divina y aun de la justicia poética. ¡Qué fácil es decirlo!, pero en la práctica, cuando somos víctimas de una afrenta, así sea pequeña, nos convertimos en presa fácil de la ira y con alguna frecuencia llegamos a lanzar expresiones como: ¡Yo lo mato! Por fortuna tales verbalizaciones casi nunca se llevan al terreno de los hechos y terminan simplemente en la anécdota.

Sin embargo, no son pocos los crímenes producto de la ira, la banalidad y la intolerancia. La crónica roja de los diarios vespertinos da buena cuenta de esta afirmación. Hace unos días visité en la Feria del Libro de Bogotá el stand de Fundalectura donde hallé exhibido, en el anaquel de las lecturas recomendadas para adolescentes, un libro de Max Aub titulado “Crímenes ejemplares”. Al hojear el libro quedé perplejo ya no digamos por el delicioso humor negro del autor (que ya conocía), sino por la recomendación del libro por parte de la Fundación de marras como lectura apta para adolescentes, que, como sabemos, son tan proclives a la ira y a la intolerancia. Con todo, me tranquilicé pensando que se trataba de una suerte de psicología inversa que pretendía sensibilizar a los muchachos sobre lo absurdo del asesinato, más aún por motivos tan fútiles como los citados en el libro. Ahora bien, no estoy seguro de las bondades terapéuticas que pueda conllevar la catarsis a través del “asesinato prosaico” (si se me permite el término), pues quien quita que termine uno cogiéndole gusto al asunto y decida llevarlo a la práctica.

He aquí una breve selección de los que he dado en llamar “asesinatos prosaicos” de Max Aub, (que no tienen nada que ver con los “asesinatos estéticos” incluidos en el famoso libro de Thomas de Quincey) extractados de su libro “Crímenes ejemplares”:

“Roncaba. Al que ronca, si es de la familia, se le perdona. Pero el roncador aquel ni siquiera sabía yo la cara que tenía. Su ronquido atravesaba las paredes. Me quejé al casero. Se rió. Fui a ver al autor de tan descomunales ruidos. Casi me echó: - Yo no tengo la culpa. Yo no ronco. Y si ronco, ¡qué le vamos a hacer!, tengo derecho. Cómprese algodón hidrófilo… Ya no podía dormir: si roncaba, por el ruido; si no, esperándolo. Pegando golpes en la pared callaba un momento… pero enseguida volvía a empezar. No tienen ustedes idea de lo que es ser centinela de un ruido……Y no me daba la gana cambiar de casa. ¿Dónde iba yo a pagar tan poco? El tiro se lo pegué con la escopeta de mi sobrino.”

“Hacía tres años que soñaba con ello: ¡estrenaba traje! Un traje clarito, como yo lo había deseado siempre. Había estado ahorrando, peso a peso, y, por fin, lo tenía. Con sus solapas nuevecitas, su pantalón bien planchado, sus valencianas sin deshilachar… Y aquel tío grande, sordo, asqueroso, quizá sin darse cuenta, dejó caer su colilla y me lo quemó: un agujero horrible, negro, con los bordes color café. Me lo eché con un tenedor. Tardó bastante en morirse.”

“Salimos a cazar patos silvestres. Me agazapé en el tollo. ¿Qué me empujó a apuntar a aquel hombre rechonchito y ridículo, con sombrero tirolés, con pluma y todo?”

“¡Tenía el cuello tan largo…!”

“Lo maté sin darme cuenta. No creo que fuera la primera vez”

“Era bizco y yo creí que me miraba feo. ¡Y me miraba feo! A poco aquí a cualquier desgraciado muertito lo llaman cadáver…”

“Me salpicó de arriba abajo. Eso, todavía, pase. Pero me mojó toditos los calcetines. Y eso no lo puedo consentir. Es algo que no resisto. Y, por una vez que un peatón mata a un desgraciado chofer, no vamos a poner el grito en el cielo.”



En fin, invito a los lectores de “la pata al suelo” a colaborar, si quieren, con la lista precedente de crímenes prosaicos; claro está, siempre y cuando esa catarsis les ayude a limpiar el alma de rencores y a morigerar sus instintos primarios, pues no quiero ser responsable del delito de apología del crimen.

Por mi parte contribuyo con el siguiente:

Al subir al bus, el chofer arrancó a toda velocidad sin darme tiempo para asirme a la barandilla, haciéndome golpear la cabeza con el pasamanos. Luego frenó violentamente y me estrellé contra el vidrio de la cabina. ¡Salvaje!, le grité. ¡Eso es para que se acomode!, me respondió riendo. El sujeto pataleó desesperadamente bajo el volante mientras lo ahorcaba con la correa de mi maletín.

créditos foto: www.flickr.com uno y punto

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