martes, 4 de julio de 2017

Tony, el gozque de la cuadra (ni siquiera hay foto)

Hoy tengo necesidad de hablar de Tony, un amigo de la infancia. Tony no es nombre de perro como tampoco lo es Trostky, pero la gente tiene sus mañas y se deja llevar por la moda. Cuando yo era pequeño estaba en boga nombrar Trotsky a los canes. Sólo hasta la adolescencia, en clase de historia, vine a saber que un político ruso fue bautizado con nombre de perro, un tal Trotsky. Pobre. Parece que el apelativo en cuestión determinó su sino fatal. El buen hombre fue perseguido y luego ultimado como un perro, en fin, una ironía de la vida o más bien de la muerte. Lo cierto es que Tony tampoco es nombre canino, como quedó dicho, pero estaba de moda y así fue bautizado por su amo original, el celador de una construcción cerca de mi casa que tuvo a bien abandonarlo cuando culminó la obra.

Librado a su suerte, Tony pasó la primera noche de abandono echado al pie de la caseta de vigilancia ya desierta. Mamá Sofía, mi abuela adorada, al verlo en indigencia se compadeció del perro y me mandó a llevarle algo de comida. La siguiente noche el animalito, agradecido, se acercó hasta el zaguán de mi casa donde mamá Sofía le tendió un pedazo de tapete para resguardarlo del frío bogotano. Así, gracias al amor al prójimo de mi abuela (porque ella me enseñó que los animales y las plantas son nuestros pares en la vida), comenzó el proceso  irregular de adopción de Tony. Hubo que lavarlo y desparasitarlo, cómo no, pero al mes siguiente nuestro perro, que ya formaba parte de la familia Gómez Ahumada, comía y dormía plácidamente bajo la cubierta del jardín interior. Sin embargo, durante el día cumplía con el rigor de una sentencia su oficio de perro callejero de la cuadra. Tony jugaba fútbol con mis amigos del barrio y caminaba conmigo hasta el colegio Calasanz, que estaba a veinte cuadras de la casa. Al principio tuve que tirarle piedras para que se devolviera, pero muy pronto se acostumbró. De suerte que cuando llegábamos hasta la autopista con la calle cien, yo atravesaba la vía para entrar al colegio y él sabía que debía retornar a la cuadra.

Lo que le faltaba a Tony de pedigrí le sobraba de corazón. Quiero recordarlo antes de que su imagen querida se diluya en mi mente, pues entre los recuerdos familiares no hay fotos de nuestro perro. De hecho hay pocas fotos mías entre los once y los dieciocho años. No se estilaba. La vida privada era asunto de uno mismo. Hoy se tiene una necesidad patológica de dejar registro mediático de todos los actos de la vida antes de la extinción inevitable.


No puedo decir que Tony fuera un perro hermoso. Era un gozque tan corriente como las decenas de “Tonys” que fueron abandonados en Santa Paula cuando terminaron las obras del barrio, al final de los años setentas. Tenía el pelo amarillo tostado, las patas cortas en relación con su cuerpo más bien alargado, ojos tristes de callejero y la cola erguida que le daba cierto toque de distinción.  Tampoco hablaré de su nobleza porque ese es un valor perruno por antonomasia. Sin embargo fue un quiltro sin igual hasta que tocó aplicarle la eutanasia para evitarle los dolores insoportables de la vejez. Lo dio todo sin esperar nada a cambio, sin avaricia, como hacen los verdaderos amigos. Corresponde ahora saldar mi deuda de gratitud con Tony. Vale.

2 comentarios:

  1. ¡Que precioso post! Por el personaje,Tony, ya que los perros suelen ser admirables en su conducta, por el contenido, y sobre todo por cómo lo cuentas, con esos incisos de reflexión paralela sobre situaciones tangentes. ¡Me ha gustado mucho!
    Un abrazo.

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    1. Gracias, Chela. En efecto, el universo de la infancia nos salva del sinsentido del presente.

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