No fue hurto agravado, fue un rapto de amor

El mundo está necesitado de amor. Una verdad de Perogrullo que no tenemos
tiempo de asimilar por estar navegando en ese mar espeso e inefable de la
virtualidad. Pero cuando apagamos el dispositivo electrónico desaparece como
por arte de birlibirloque el grupo de WhatsApp. Y nos quedamos completamente
solos, sin amigos, sin un amor que nos comprenda como dice el bolero, es decir,
en esa soledad esotérica de la tercera acepción del diccionario RAE: “Pesar y melancolía que se siente por la ausencia
de alguien”. Ya no digamos
carentes del cariño paliativo de una mascota, no por falta de disposición sino
de espacio, en fin, huérfanos de afecto.
Son
muchas las razones para ser un marginado afectivo: ser pobre, feo, tímido, huraño, qué
sé yo, todos los anteriores. Y ante la imposibilidad de acceder al amparo de
una Teresa de Calcuta de los servicios sexuales que los provea por piedad (se
han dado casos de entrega caritativa dignos de encomio), sólo queda la posibilidad
de raptar una novia de hule para no llegar a la desesperación.
A
riesgo de teorizar sin fundamento, barrunto que tal fue el caso del australiano
que decidió hurtar una muñeca erótica en un negocio de Melbourne. Imagino que
el pobre hombre se enamoró de la muchacha elástica de la vitrina del sex shop (acaso fue amor a primera vista) y planeó su delito con más pasión que inteligencia, a juzgar por su burda incursión en la tienda “sexi land”
de donde hurtó a Dorothy, “la muñeca sexual más costosa y famosa de
Australia”, según señaló
el despacho noticioso. En efecto, los medios de comunicación informaron que el hombre forzó la puerta del local con una cizalla, entró, y en
menos de cinco minutos salió con la muchacha plástica en hombros, huyendo en
una camioneta blanca. El hecho en sí, el asunto más del corazón que del código penal (aquí no sirve la criminología), quedó registrado en las cámaras de seguridad del
sector, por lo que las autoridades esperan dar muy pronto con el amante
desesperado.
Yo,
francamente, espero que no den con él, al menos hasta que haya tenido la
oportunidad de conocer mejor a Dorothy, su adorada novia de hule. En todo caso,
si lo pillan, el hombre siempre podrá argüir a su favor, como atenuante, que no se
trató de un hurto sino de un rapto de amor, sentimiento que, como se sabe, no tiene
precio. Ni siquiera cuatro mil quinientos dólares australianos.
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