martes, 8 de enero de 2013

Justificación del oficio de peatón

(Peatón en Cartagena de Indias)


“Cada individuo tiene su ritmo para caminar, para trabajar y para amar….. Por el ritmo podrían clasificarse los hombres…”
Fernando González, “Viaje a pie”.


El peatón es un corazón con patas. Y lo de corazón se dice en sus dos acepciones: fisiológica y lírica, esto es, músculo cardíaco y motor del alma. Lo cierto es que para caminar provechosamente es necesario tener un estado físico aceptable y el alma dispuesta a la reflexión. Si no es así, es decir, si no se camina por gusto sino por necesidad, el individuo deja de ser peatón para convertirse en un pelagatos sin automóvil -pecado mortal en nuestra sociedad arribista- o lo que es peor, en un paria sin dinero ni para un pasaje de bus; en fin, un patirajado. No obstante, a juicio de algunos el peatón tiene necesariamente las dos condiciones subsiguientes: pelagatos y paria patirrajado. Sin embargo tales señalamientos dejaron de importarme hace más de un rato, de modo que disfruto plenamente la condición de peatón que me brinda el placer inefable de caminar.

El maestro Fernando González -mentor espiritual de los “Nadaistas”- se consideraba filósofo aficionado cuando emprendió su “Viaje a Pié” en compañía de Don Benjamín Correa. Y a decir verdad, el morador de “Otraparte” fue un extraordinario filósofo de lo cotidiano que escribió piezas magistrales de reflexión vernácula. Por mi parte yo jamás llegaré a ser ni siquiera filósofo aficionado; no faltaba más, eso sería muy pretencioso. Aun así, desde la fundación de la escuela Peripatética de Aristóteles mucho se ha especulado sobre la íntima relación que existe entre pensar y caminar, luego no tiene sentido insistir en el asunto. Con todo, el hecho de caminar por la vía pública me ha enseñado a pensar filosóficamente pese a que, a diferencia del maestro González, a mi me toca esquivar los vehículos para salvar la vida a la vez que me cuestiono el sentido de la existencia, mientras que él pudo gozar de un ámbito bucólico -más propicio para la reflexión-  durante sus caminatas filosóficas.

Tengo la impresión de que el peatón, en tanto observador, es a su manera un anacoreta contemplativo, un estilita(*) encaramado sobre el andén. Y he aquí que puedo desarrollar una hipótesis sobre la diferencia entre el viajero -así sea de a pie- y el peatón, desde el punto de vista metafísico: el primero es más universal y profundo; comprende lo rural y lo urbano, lo divino y lo humano. No en balde los grandes viajeros de la talla de Marco Polo lograron transmitirnos magistralmente su visión de universos desconocidos. En cambio el peatón es más pedestre, más vulgar, más llano, si se quiere. Su campo de acción se limita a la ciudad. Es el poeta de las situaciones que, por comunes, pasan desapercibidas. Es el cronista de los objetos modestos y de las cosas más materiales y diarias. Aprovechando estas virtudes menores, el peatón -con su pata al piso- aprovecha sus caminatas para descubrir los secretos de la ciudad y reconocerse en ella a través de sus calles, avenidas y barrios que le evocan los recuerdos de la infancia, el amor, (¿el pecado?), la dicha y la tristeza.

Ciertamente no alcanza el producto de estas reflexiones ciudadanas para escribir mamotretos filosóficos, pero tampoco se corre el riesgo de que los escritos inspirados en las divagaciones del peatón resulten condenados bajo pecado mortal por algún obispo, como le pasó al maestro Fernando González con su “Viaje a pie”. Además, el peatón siempre tiene algo que contar a sus seres queridos cuando llega al hogar y, salvo algún inesperado accidente de tránsito o una enfermedad respiratoria causada por el esmog, el ciudadano de a pié aleja de su vida al médico y al siquiatra por algunos años, lo cual conlleva enormes beneficios para el bolsillo y para el alma.

(*)Seguidor de San Simeón el Estilita. Este santo del siglo V pasó los últimos 37 años de su vida encaramado en una columna (stilos en griego) de 17 metros de altura, dedicado a la oración y a la penitencia. Sobra decir que su comparación con mi peatón resulta claramente herética.

Ahora bien, ya que nos atrevimos a cometer una "justificación del oficio de peatón", bien vale la pena sentar de una vez por todas nuestra declaración de principios con el siguiente

DECÁLOGO DEL PEATÓN

1. Este decálogo nunca será de forzoso cumplimiento. Prevalecerá siempre el sentido común del peatón.
2. Nadie estará obligado a seguir nuestra causa improbable, nuestras rutas aleatorias que conducen al reino del azar.
3. La ciudad entera es el ágora del peatón. Sus calles, semejantes a las venas de un desahuciado, son su espacio vital aunque suene paradójico.
4. Creer firmemente en la capacidad del ciudadano de a pie para sacar sus propias conclusiones.
5. El peatón no es tan estúpido como parece. Es capaz de encontrar caminos si sabe mirar, si escucha con atención y respeto la música olvidada de la sabiduría popular.
6. Es posible caminar sin creer que todo está perdido, equivocado o podrido. Hay todavía muchas cosas rescatables, existen aún principios que deben ser defendidos y mantenidos, ciertas flores silvestres que no conviene cortar, tales como la decencia, la empatía y la solidaridad.
7. Advertir a los peatones que vienen atrás sobre los escollos, sobre las trampas a flor de camino para que no se dejen engañar.
8. El peatón deberá caminar ligero de carga. Suficiente peso lleva con su matalotaje de angustias y esperanzas.
9. El buen humor, la sencillez y a veces el silencio, son más conmovedores y eficaces que la grandilocuencia y la circunspección.
10. El peatón no peleará jamás contra los automóviles. Siempre saldrá perdiendo a costa de su cuerpo (frágil carrocería), aunque le asista la razón. En Bogotá no sirve de mucho tener el derecho a la vía, menos aún estando bajo las ruedas de un autobus. Por simple cuestión de supervivencia deberá prevalecer, como en el primer "mandamiento", el sentido común del peatón.

9 comentarios:

  1. Estando la tardecita mas fresca acá estoy leyendote y mientras lo iba haciendo venian a mi memoria los recuerdos desde mi niñez "peatona"
    El peatonar cada vez que se viajaba dentro o fuera del pais.
    Absorber perfumes, aromas, colores formas, sentires se hace caminando.
    Me has transportado a hermosos recuerdo y te lo agradezco.
    Peatonar una practica que se ha dejado tal vez los montevideanos peatonen mucho por la costa que se sucede en una rambla interminable o lo hagan por prescripcion médica.
    En un grupo de asistencia de acompañantes realizan caminatas por la ciudad, me parece estupendo asi las personas de la tercera edad llendo acompañadas pueden disfrutar del entorno.

    Grata la foto con ambientacion española en su arquitectura.

    Cariños

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    1. Así es, querida Martha. Caminar es reconfortante. Y si se hace en buena compañía, todavía mejor. La foto es de nuestra Cartagena de Indias, ciudad que tu conoces, según creo. Besos.

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  2. Excelente. Me encantó.

    Ahora te comparto una poesía de Jaime Sabines titulada "El Peatón"

    http://www.youtube.com/watch?v=DoVYjJnV50Q

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    1. Querida Ella Yelithza: Gracias por tu visita y por la referencia del estupendo poeta Sabines que, de inmediato, procederé a conocer. Un fuerte abrazo.

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  3. creo que el décimo artículo es el punto flojo de todos los peatones....
    todo lo demás me gusta, no sabes querido amigo las caminatas que a mi edad y con mis ñañas hago, pero me cuesta, dejo mi abrazo Peaton

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    1. Querida Amalia: En todo caso,¡cómo disfrutarán tus "ñañas" las caminatas! Un abrazote, amiga.

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  4. creo que el décimo artículo es el punto flojo de todos los peatones....
    todo lo demás me gusta, no sabes querido amigo las caminatas que a mi edad y con mis ñañas hago, pero me cuesta, dejo mi abrazo Peaton

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  5. Darío: Con el consabido saludo de Año Nuevo y habiéndome despedido con pesar (pero también con alivio) de mi Jessy y su "Firarcito", me integro nuevamente al mundo irreal del internet y, dede luego a la nuestra muy real amistad.
    Ya alguna vez te dije que envidio a las personas que caminan con libertad por las calles, avenidas o cerros; ya que yo apenas y puedo caminar por las baldosas de mi pequeña casa.
    No obstante en estos días, milagrosamente, pude acompañar a mi nieta y su novio a museos, diversos paseos,a lugares de esparcimiento y hasta departí con muchos parientes, en una fiesta monumental con motivo de mis 70 primaveras. Aún a riesgo de morir en el intento y caer en la cama con el consiguiente cansancio extremo.
    Es extraño ver y sentir como en un momento dado puedes hacer cosas que parecían imposibles ,y levantarte al otro día creyendo que no puedes más y...sin embargo moverte.
    Pero ya ves, a pesar de todo ¡he sobrevivido!
    Recibe mi cariño. Tu mexicana tía: Doña Ku

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    1. Esa es la fuerza del amor, querida tía Ku. Con esas 70 primaveras estás en la flor de la vida que riegas con esa vitalidad interior que contagias a los que te queremos. Un besote, tía.

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